martes 26 de enero de 2010

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sábado 9 de enero de 2010

Siete razones para no escribir novelas y una sola para escribirlas, de JAVIER MARÍAS

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Se me ocurren las siguientes razones para no escribir novelas hoy en día:

Primera
Hay demasiadas y demasiada gente las escribe. No sólo siguen existiendo y pidiendo eternamente ser leídas las del pasado, sino que cada año millares de ellas, enteramente nuevas, aparecen en los catálogos de las editoriales y en las librerías de todo el mundo; y no sólo eso, sino que muchos millares más son rechazadas por los catálogos de las editoriales y no llegan a las librerías, pero no por ello dejan de existir también. Se trata, por tanto, de una actividad vulgar, en principio al alcance de cualquier persona que haya aprendido a escribir en la escuela, para la que no se requiere ningún tipo de estudios superiores ni de formación específica.

Segunda
Escribirlas no tiene mérito. La prueba de ello es que se trata de un género que, ocasionalmente o no, practica toda clase de individuo, sea cual sea su profesión, y que por lo tanto debe ser fácil y sin ningún misterio. No de otra forma se explica que lo puedan cultivar los poetas, los filósofos y los dramaturgos; los sociólogos, los lingüistas, los banqueros, los editores y los periodistas; los políticos, los cantantes, las presentadoras de televisión y los entrenadores de fútbol; los ingenieros los maestros de escuela, los diplomáticos (a cientos), los funcionarios y los actores de cine; los críticos, los aristócratas, los curas y las amas de casa; los psiquiatras, los profesores uni9versitarios y de instituto, los militares, los terroristas y los pastores de cabras. Esto hace pensar, sin embargo, que, dejando de lado su facilidad y su falta de mérito, la novela debe dar algo, o bien constituir un adorno. Pero ¿qué clase de adorno es ese que está al alcance de todas las profesiones, independientemente de su formación previa, prestigio y poder adquisitivo? ¿Qué es lo que da?

Tercera
La novela no da dinero, o, mejor dicho, sólo una de cada cien novelas publicadas – por aventurar un porcentaje optimista – da buen dinero a su autor. En el mejor de los casos son cantidades que no le cambian la vida a nadie, es decir, que no sirven para retirarse; además de eso, una novela de extensión regular y una mínima legibilidad, lleva meses, a veces años de trabajo. Invertir todo ese tiempo en una tarea que tiene un uno por ciento de posibilidades de resultar rentable es un disparate, sobre todo teniendo en cuenta que en principio nadie – ni siquiera los aristócratas o las amas de casa con servicio – disponen hoy en día de ese tiempo. (El Marqués de Sade y Jane Austen lo tenían, sus equivalentes de hoy no lo tienen, y lo que es peor, ni siquiera los aristócratas y las amas de casa que no escriben, pero leen, tienen tiempo de leer lo que escriben sus colegas escritores).

Cuarta
La novela no da fama, o, si la da, es pequeña y puede conseguirse por medios más rápidos y menos laboriosos. La verdadera fama, como todo el mundo sabe, la da hoy en día la televisión, en la cual es cada vez más raro que aparezca un novelista, a no ser que lo haga no en virtud del interés o excelencia de sus novelas, sino en su calidad de competente majadero o payaso, junto a otros payasos procedentes de otros campos, artísticos o no, eso resulta indiferente. Las novelas de ese novelista verdaderamente famoso – una celebridad televisiva – serán sólo el engorroso pretexto inicial y pronto olvidado de su popularidad, cuyo mantenimiento dependerá mucho más de su capacidad para manejar un bastón, enrollarse una bufanda al cuello, ladearse el peluquín, lucir camisas hawaianas o penosos chalecos, contar cómo se comunica con su Dios heterodoxo y su virgen ortodoxa o lo bien y auténticamente que se vive entre los moros (esto al menos en España), que de la bondad de sus futuras obras, que en realidad a nadie importan. Por otra parte, es un despropósito esforzarse en escribir novelas para ganar la fama (aunque sólo sea redactar de manera pedestre, eso lleva también su tiempo) cuando en la actualidad no se precisa nada de particular ni muy tangible para obtenerla: un matrimonio o un lío con la persona adecuada y la subsiguiente estela de conyugalidades y extra conyugalidades son mucho más eficaces. También es fácil el expediente de cometer algunas indecencias o barbaridades, siempre que no sean tan graves para llevarlo a uno a la cárcel durante demasiado tiempo.

Quinta
La novela no da la inmortalidad, entre otras razones porque esta ya apenas existe. Por no existir, ni siquiera parece existir la posteridad, entendiendo por tal la propia de cada individuo: todo el mundo es olvidado a dos meses de su muerte. El novelista que crea lo contrario es anticuadamente fatuo o anticuadamente ingenuo. Cuando los libros duran a lo sumo una temporada, no sólo porque los lectores y los críticos los olviden sino porque ni siquiera se los va a encontrar en las librerías a los pocos meses de un nacimiento ( tal vez ni siquiera haya ya librerías), es iluso pensar que una de nuestras obras será imperecedera. ¿Cómo van a ser imperecederas si la mayoría nacen ya perecidas o con la expectativa de vida de un insecto? Con la duración ya no puede contarse.

Sexta
Escribir novelas no halaga la vanidad, ni siquiera momentáneamente. A diferencia del director de cine o del pintor o del músico, que pueden observar la reacción de unos espectadores frente a sus obras e incluso oír sus aplausos, el novelista no ve a sus lectores leyendo su libro ni asiste a su aprobación, emoción o complacencia. Si tiene la suerte de vender muchos ejemplares, tal vez podrá consolarse con un número, despersonalizado y abstracto como todos los números por alto que sea, y además deberá saber que comparte ese tipo de cifra y consuelo con los siguientes autores: maîtres de cocina que divulgan sus recetas, biógrafos escandalosos de personalidades regias con la cabeza a pájaros, futurólogos con cadena, collares e incluso capa o chilaba, maldicientes hijas de actrices, columnistas fascistas que ven el fascismo por todas partes menos en sí mismos, palurdos gomosos que dan lecciones de modales y otras plumas así de eminentes. En cuanto al elogio posible dela crítica, es muy difícil que lo reciba; si lo recibe, es muy posible que se lo concedan perdonándole la vida y amenazándole para la ocasión siguiente; si no es así, es posible que él juzgue que su libros a gustado por razones equivocadas; y si nada de eso sucede y el elogio es abierto generoso e inteligente, lo más probable es que se enteren de ello cuatro gatos, lo cual, para una vez que se dan todas las circunstancias favorables, resultará de lo más desdichado y frustrante.

Séptima
Agrupo aquí todas aquellas razones inveteradas, tanto que resultan aburridas, tales como la soledad en que el novelista trabaja, lo mucho que sufre forcejeando con las palabras y sobre todo con la sintaxis, la angustia ante la página en blanco, el desgaste de su alma pateada por niños y paisajes y geografías y llantos, su descarnada relación con verdades como puños que le eligen a él y sólo a él para manifestarse, su perpetuo pulso con el poder, su ambigua relación con la realidad que puede llegar a hacerle confundir verdad con mentira, su titánica lucha con sus propios personajes que a veces cobran vida propia y hasta se le escapan (hace falta ser pusilánime), lo mucho que bebe, lo especial o directamente anormal que ha de ser por vivir como artista, y demás zarandajas que han seducido a las almas cándidas o directamente memas durante demasiado tiempo, haciéndoles creer que había mucha pasión y mucha tortura y mucho romanticismo en el más bien modesto y placentero arte de inventar y contar historias.

Y esto me lleva a la única razón que veo para escribir novelas, muy poca cosa comparada con las anteriores siete, y sin duda en contradicción con alguna de ellas:

Primera y última
Escribirlas permite al novelista vivir buena parte de su tiempo instalado en la ficción, seguramente el único lugar soportable, o el que lo es más. Esto quiere decir que le permite vivir en el reino de lo que pudo ser y nunca fue, por eso mismo en el territorio de lo que aún es posible, de lo que siempre estará por cumplirse, de lo que no está aún descartado por haber ya sucedido ni por que se sepa que nunca sucederá. El novelista realista o al que así se llama, aquel que al escribir sigue instalado y viviendo en el territorio de lo que es y sucede, ha confundido su actividad con la del cronista o el reportero o el documentalista. El novelista verdadero no refleja la realidad, sino más bien la irrealidad, entendiendo por esto último no lo inverosímil ni lo fantástico, sino simplemente lo que pudo darse y no se dio, lo contrario de los hechos, los acontecimientos, los datos y los sucesos, lo contrario de “lo que ocurre”. Lo que sólo es posible sigue siendo posible, eternamente posible en cualquier época y en cualquier lugar, y por eso se puede leer aún hoy el Quijote o Madame Bovary, se puede uno quedar a vivir una temporada con ellos dándoles crédito, esto es, no dándolos por imposibles ni por ya acaecidos, o lo que es lo mismo, por consabidos. La España de 1600 de lo que así se llama no existe, aunque es de suponer que se dio; como no existe ni cuenta más Francia de 1900 que la que Proust decidió incluir en su obra de ficción, la única que hoy conocemos. Antes he dicho que la ficción es el lugar más soportable. Lo es porque la diversión y consuelo a quienes lo frecuentan, pero también por algo más, a saber: porque además de ser eso, ficción presente, es también el futuro posible de la realidad. Y aunque nada tenga que ver con la inmortalidad personal, esto quiere decir que para cada novelista existe una posibilidad – infinitesimal, pero posibilidad – de que lo que escribe esté configurando y sea ese futuro que él nunca verá.

FUENTE: Crítica CL (AQUÍ)
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martes 29 de diciembre de 2009

Antidecálogo del escritor, de JORGE LUIS BORGES

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En literatura es preciso evitar:

1. Las interpretaciones demasiado inconformistas de obras o de personajes famosos. Por ejemplo, describir la misoginia de Don Juan, etc.

2. Las parejas de personajes groseramente disímiles o contradictorios, como por ejemplo Don Quijote y Sancho Panza, Sherlock Holmes y Watson.

3. La costumbre de caracterizar a los personajes por sus manías, como hace, por ejemplo, Dickens.

4. En el desarrollo de la trama, el recurso a juegos extravagantes con el tiempo o con el espacio, como hacen Faulkner, Borges y Bioy Casares.

5. En las poesías, situaciones o personajes con los que pueda identificarse el lector.

6. Los personajes susceptibles de convertirse en mitos.

7. Las frases, las escenas intencionadamente ligadas a determinado lugar o a determinada época; o sea, el ambiente local.

8. La enumeración caótica.

9. Las metáforas en general, y en particular las metáforas visuales. Más concretamente aún, las metáforas agrícolas, navales o bancarias. Ejemplo absolutamente desaconsejable: Proust.

10. El antropomorfismo.

11. La confección de novelas cuya trama argumental recuerde la de otro libro. Por ejemplo, el Ulysses de Joyce y la Odisea de Homero.

12. Escribir libros que parezcan menús, álbumes, itinerarios o conciertos.

13. Todo aquello que pueda ser ilustrado. Todo lo que pueda sugerir la idea de ser convertido en una película.

14. En los ensayos críticos, toda referencia histórica o biográfica. Evitar siempre las alusiones a la personalidad o a la vida privada de los autores estudiados. Sobre todo, evitar el psicoanálisis.

15. Las escenas domésticas en las novelas policíacas; las escenas dramáticas en los diálogos filosóficos. Y, en fin:

16. Evitar la vanidad, la modestia, la pederastia, la ausencia de pederastia, el suicidio.


FUENTE: Ciudad Seva (AQUÍ)
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Decálogo del perfecto cuentista - HORACIO QUIROGA

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I

Cree en un maestro -Poe, Maupassant, Kipling, Chejov- como en Dios mismo.

II

Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.

III

Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia

IV

Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.

V

No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.

VI

Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: "Desde el río soplaba el viento frío", no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.

VII

No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.

VIII

Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.

IX

No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino

X

No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento


FUENTE: Ciudad Seva (AQUÍ)

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¿Plagio o intertextualidad?: La polémica sobre el premio de poesía Aguascalientes 2009

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NOTA NEORRABIOSA: El poemario Tríptico del desierto, de Javier Sicilia, galardonado con el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2009, incluye varios versos sin entrecomillar de poetas célebres, hecho que motivó una polémica donde se debatió sobre el concepto de la originalidad. Se ofrecen a continuación varias reacciones y réplicas, entre ellas la de Evodio Escalante, que originó la polémica, la respuesta del autor Sicilia y también la de Luis Vicente Aguinaga, uno de los miembros del jurado.
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Sicilia y la apropiación como recurso poético - EVODIO ESCALANTE
Milenio, 16 de mayo de 2009



Desde que el escritor John Barth hizo circular la expresión “literatura del agotamiento” nos hemos resignado a considerar que no hay nada nuevo bajo el sol, que nos ha sido vedado el privilegio de inventar nuevas metáforas, y que, en dado caso, el oficio del escritor consiste en aderezar de nuevas maneras lo que ya ha sido asimilado por la tradición. La famosa frase de Alfonso Reyes, que indica que “todo lo sabemos entre todos”, es fácil adaptarla a esta reciente condición posmoderna diciendo que “todo lo escribimos entre todos”. Esta divertida consigna, que invita a la ligereza, no impide sin embargo que los miles de libros que cada año se publican tengan todos o casi todos un autor específico, ni impide que sigamos creyendo que Dante, Rilke, Eliot o Celan son algunos de los nombres que señalan una zona de excelencia en la creación literaria. Decir “zona” no es decir “coto cerrado”: nos apropiamos más o menos impunemente de los poemas de estos autores al leerlos, al descifrarlos, al interpretarlos; con ello los incorporamos de algún modo a nuestro patrimonio, si no vital, al menos cultural. No somos los mismos, o creemos que no somos los mismos, después de leer La divina comedia de Dante o las Elegías de Duino de Rilke. Tan poderosa es la lección de poesía que de ellos se desprende que erraríamos el tiro si tratáramos de ignorarlos. ¿Pero qué sucede cuando un escritor mexicano de nuestros días, sin mencionarlos, sin anotar sus versos en cursivas o ponerlos entre comillas, y sin acompañar la cita de una pertinente nota al pie de página, indicando la fuente, se apropia de pasajes enteros de lo que han escrito y publicado estos poetas más que eminentes?

Esta pregunta me surge ante la lectura del reciente libro de Javier Sicilia, Tríptico del desierto (México, Conaculta-Ediciones Era, 2009), que mereció por cierto el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes de este mismo año. ¿Se vale, me pregunto, tomar entero un poema de Paul Celan, modificarlo un poco acá y acullá, agregar por ejemplo “masticamos” donde ya el poema de Celan anotaba “bebimos”, y hacer de este texto el eje de toda una composición? ¿Es legítimo intercalar frases y versos completos de Eliot, de Rilke, de la Biblia, sin acompañar estos “préstamos” de algún recurso tipográfico que indique o sugiera al menos que no han brotado de la “inspiración” del autor cuyo libro tenemos entre las manos?

Abono mi desconcierto señalando los pasajes de Tríptico en el desierto en los que me ha sido posible detectar este tipo de apropiaciones, y sin ignorar que puede haber muchas más. Son sólo ilustraciones de algo que merecería meditarse, pues el asunto de la paráfrasis también incluye el tono general del poema, ciertas disposiciones estróficas y los asuntos abordados. Por ejemplo, donde el Eliot de El poema de amor de J. Alfred Prufrock habla de: “La neblina amarilla que frota su lomo contra el vidrio”, Sicilia repone: “A la hora del alba, / Cuando la amarillenta niebla lame las ventanas.” Donde el Eliot de La tierra baldía escribe: “Sólo / Hay sombra bajo esta roca roja. / (Ponte a la sombra de esta roca roja), / Voy a enseñarte algo diferente”, Sicilia repite y modifica: “Ponte a la sombra de esta roca roja, / como en la antigua cueva, pero de cara al fuego, / voy a enseñarte no lo diferente, / sino lo que es y ha sido una estría del tiempo.” Donde Eliot pregunta, famosamente: “¿Quién es ese tercero que va siempre a tu lado? (…) Deslizándose en su capa parda con capucha”, Sicilia anota en lenguaje llano y mimético: “a un tercero que iba a nuestro lado, / deslizándose siempre con su capa parda.” Donde el Eliot de los Cuatro cuartetos sentencia: “Y eso que no sabes es lo único que sabes / Y eso de lo que eres dueño es lo que no te pertenece / Y donde estás es donde no estás”; Sicilia condensa y aprovecha para agregar una nota reconfortante: “y eso que no eres es lo único que eres / y ahí donde no eres es posible la vida.” (?) Donde el Eliot de los Cuatro cuartetos indica: “Y el camino que sube es el camino que baja”, Sicilia replica con una inversión: “el camino que baja es el mismo que sube.” La nota erudita tendría que indicar que estos versos se remontan a Heráclito, tal y como lo reconoce de antemano Eliot en un epígrafe de su libro, que a la letra dice: “El camino hacia abajo y el camino hacia arriba es uno y el mismo.” (Diels: Die Fragmente der Vorsocratiker —Heráclito.)

Donde el Eliot más filosófico advierte “En mi principio está mi fin”, tema con el que juega durante una sección de los Cuatro cuartetos, al grado de escribir con buen aplomo metafísico: “El fin y el comienzo siempre estuvieron allí, / Antes del comienzo y después del fin”, Sicilia elabora una llana paráfrasis: “En el silencio está el principio / y en la palabra el fin y viceversa.” Donde este mismo Eliot anota: “Cuando el pasado es pura ilusión / Y el futuro no tiene porvenir, antes del cuarto de la madrugada, / Cuando el tiempo se pára y nunca acaba”, Sicilia precisa: “No estábamos ahora / —porque el pasado fue, el futuro no está / y el presente se pierde como se escurre el agua en nuestros dedos.” Agrego que el poema “Dolor” de Sicilia es todo él una nueva puesta en escena de la sección titulada “Una partida de ajedrez” de La tierra baldía, como lo puede comprobar quien compare los versos.

El Rilke de las Elegías de Duino también proporciona muchas líneas de concordancia. En la primera elegía encontramos estas líneas: “…los animales, sagaces, se dan cuenta ya / de que no nos encontramos muy seguros, no nos sentimos en casa / en el mundo interpretado.” Sicilia se prenda de la expresión mundo interpretado y la reitera al menos en seis ocasiones en diversos pasajes de su libro. Recurro, para resumir, a un ejemplo: “Hacia ellos, los muertos, que guardan la memoria / y saben que no estamos contentos en el mundo interpretado.”

Donde el Rilke de la octava elegía declara: “Con todos los ojos ve la criatura / lo Abierto. Sólo nuestros ojos están vueltos del revés, y puestos del todo en torno a ella, / cual trampas en torno a su libre salida”; Sicilia modifica: “Los amantes contemplan en el otro lo Abierto / —no la noche aparente que miramos nosotros con ojos invertidos / temerosos de entrar en sus abismos.” (¡Qué desagradable expresión: con ojos invertidos!)

“Estar aquí es magnífico”, sostiene Rilke en alguna estrofa de la sexta elegía. Donde el Rilke de la elegía novena retoma parecida expresión para decir: “Sino porque estar aquí es mucho, y porque parece que nos / necesita todo lo de aquí, esto que es efímero, que nos concierne extrañamente. A nosotros, los más efímeros…”; Sicilia borda la diferencia: “Estar aquí ya es bastante (…) / mas porque todo aquí extrañamente nos reclama como a sus mensajeros, / —a nosotros, más mortales que todas las criaturas…”

Cierto que en todo lo anterior se trata de destellos, de versos “encontrados”, de apropiaciones fragmentarias incrustadas en un discurso más amplio. En lo tocante a Paul Celan se asiste a un salto cualitativo: ahora la imitación concierne al poema entendido como un todo. Este procedimiento, a decir verdad, ya lo había practicado Sicilia en su recopilación La presencia desierta, que publicó en 2004 el Fondo de Cultura Económica. Ahí Sicilia acarreaba entero, sin cortes, un poema de Celan titulado “Tenebrae”. Debo hacer notar, sin embargo, que aunque no constan los créditos del autor, al menos su poema está dispuesto en cursivas, lo que de algún modo da a entender que se trata de un préstamo o de una cita textual. No ocurre así en Tríptico del desierto. Aquí Sicilia entra a saco en otro de los más famosos poemas de Celan, “Fuga de muerte”, y se lo apropia sin más, acaso agregando dos o tres sensibles modificaciones. No argumento. Me limito a copiar la primera estrofa del poema de Celan, que dice así (Véase Paul Celan, Obras completas. Madrid, Editorial Trotta, 1999, pp. 63 y 64):

Negra leche del alba la bebemos de tarde
la bebemos a mediodía de mañana la bebemos
[de noche
bebemos y bebemos
cavamos una fosa en el aire no se yace allí estrecho
Vive un hombre en la casa que juega con las
[serpientes que escribe
que escribe al oscurecer a Alemania tu pelo de oro
[Margarete
lo escribe y sale de la casa y brillan las estrellas
[silba a sus mastines
silba a sus judíos hace cavar una fosa en la tierra
nos ordena tocad a danzar

En efecto, se trata del conocido texto (asimilado a canción por Ute Lemper en su City of Strangers) en el que Celan sostiene como en un ritornello que “la muerte es un maestro Alemán”. Todos saben que este poema es una amarga, desolada y hasta vitriólica protesta contra el asesinato en masa realizado por los nazis contra el pueblo judío en los campos de concentración durante la pasada Guerra Mundial. “Silba a sus judíos” y les ordena bailar, asienta el sarcasmo de la letra. Sin mayor precaución interpretativa, Javier Sicilia “blanquea” esta denuncia específica (cristianizándola y banalizándola, de paso) en su texto de Tríptico del desierto, del que por razones de espacio sólo transcribo la estrofa inicial:

Te masticamos noche
todo el día bebemos y masticamos noche
como la negra leche del alba en Alemania bebemos
[masticamos
y no cavamos fosas en el aire donde no hay
[estreches (sic)
sino noche y más noche cavamos sin saberlo
la muerte que no duele
la muerte que maestra de Alemania ya es de todos
bebemos y bebemos
te masticamos noche

¿Se trata meramente de una paráfrasis? ¿O más bien de un pastiche? ¿Desde cuándo es válido tomar un poema de Celan, o de cualquier otro poeta conocido o por conocer, cambiar algunas palabras, introducir cambios al gusto y adobar pasajes, y firmarlo tan campante como si fuera propio? Lo que me toca decir es que me extraña que un tribunal poético formado por escritores todos ellos muy respetables haya decidido premiar un libro como éste en el que las citas textuales borradas en su calidad de citas son tan importantes o más que las supuestas aportaciones originales del autor. ¿Quiere acaso esto decir que una vez que se inventó la intertextualidad ha dejado de haber plagios? ¿Estamos en un mundo en el que “todo se vale”? De todo corazón, yo esperaría que no.


FUENTE: Suplemento Laberinto, Milenio (AQUÍ)





Respuesta a un pequeño burgués - JAVIER SICILIA
Milenio, 23 de mayo de 2009

Querido Evodio:

Cuando apareció tu artículo “Sicilia: la apropiación como recurso poético”, me había prohibido responderte. Las razones son simples: un autor nunca debe responder a un crítico, sobre todo si su argumentación es tan banal que no aporta nada ni a la obra del autor ni a la literatura. Sin embargo, rompiendo mi promesa, lo hago. Las razones son también simples. Primero, no me gusta ningunear, esa otra plaga mexicana que acompaña a la mezquindad y que ha hecho más daño a la cultura que toda la barbarie de los tecnócratas; segundo, tu artículo, en un mundo donde la mezquindad es la temperatura, daña a la poesía, a un premio que, desde que el año pasado se declaró absurdamente desierto, entró en crisis y a un jurado de espléndidos poetas que tu texto, al acusarme de plagio, califica de imbéciles. Así es que te respondo por higiene.

Me acusas de plagio, una acusación grave que compromete no sólo una sanción judicial, sino algo más interesante: la discusión sobre el concepto de autor que tu artículo, empecinado en denunciar, apenas si toca. Pero aceptemos ese concepto histórico que nació con la burguesía y la idea de individuo, y que hoy es un triste hábito de los pequeños burgueses que lavan sus conciencias delante de los noticieros y las telenovelas buscando la maldad del otro. ¿Soy realmente un plagiario? Un verdadero plagio sería, por ejemplo, que yo hubiera tomado los poemas de un oscuro u olvidado poeta y con él hubiera ganado un premio. Con ese acto estaría usurpando algo que a ese poeta, que nadie conoce, le pertenecía. Yo, en cambio, tomé poetas conocidísimos, algunos de ellos premios Nobel, tan conocidos, que tú mismo, Evodio, lo notaste. No se necesita ser un hombre de cultura superior —sino un buen lector de poesía, son los únicos que existen en esta rama de la literatura— para saber que cuando escribo “No sólo el río es un dios, sino la carne […]” o cuando digo “Agosto no es abril, es el verano […]” o bien “Hueco, hueco, hueco” (“Dark, dark, dark”, escribe el poeta norteamericano) o cuando me refiero a lo Abierto, o cuando escribo la paráfrasis de “Fuga de la muerte”, estoy haciendo una referencia clara a Eliot, a Rilke y a Celan. Evidenciarlo con cursivas y notas a pie de página habría sido no sólo redundante, sino suponer, como tú lo haces, que el lector es imbécil y que por lo tanto hay que darle de manera digerida lo que a la Tradición, con mayúscula, le pertenece. Así es que creyendo que sólo tú —un hombre de cultura superior— y el plagiario —un hombre semejante a ti, pero con fines aviesos— conocen lo que nadie conoce, sales a gritarle al mundo que descubriste el hilo negro, que Sicilia se chamaqueó a un jurado de ignorantes (Francisco Hernández, María Baranda y Luis Vicente de Aguinaga) e hizo pasar los poemas de grandes poetas como suyos. Si antes de escribir el artículo te hubieras tomado la molestia de leer el acta del premio, si, como el investigador que te precias ser, hubieras leído el artículo que Luis Vicente de Aguinaga escribió para Crítica (núm. 132, mayo-junio 2009) “Pronto llegará la noche. Tríptico del desierto” (y que puedes consultar en su blog), te habrías dado cuenta de que todos sabían que el hilo es negro, que lo que tú gritas como un descubrimiento genial para exhibir al delincuente, lo habían visto ellos con toda claridad. Sólo que a ellos les interesaba —atendiendo a una noción de autor que no sólo es anterior a las construcciones del liberalismo burgués sino que Eliot y Pound pusieron en crisis— lo que con ese hilo se tejió. Ellos vieron lo que tú viste y más: vieron el diálogo que ahí se teje con la Tradición —en mayúscula—, con la filosofía de Simone Weil, que retoma su sentido de la descreación —y nadie la ha acusado de plagio— del concepto de tsintsum de la tradición hispano hebrea, postulada por el cabalista Isaac Luria y con la tradición del budismo zen; vieron mi diálogo con los teólogos y fenomenólogos de la encarnación, como Iván Illich y Michel Henri; vieron mis relecturas de san Juan de la Cruz —ese güey que se chingó el Cantar de los cantares y para quien no hubo un Evodio que lo desenmascarara a tiempo— y la tradición mística epitalámica, mis referencias a la Biblia, en particular a los profetas y al libro de la Sabiduría; mis diálogos con el más reciente Bob Dylan —otro güey al que hay que cobrarle la factura por su deuda con el blues negro—; vieron cómo eso se tejió para explorar el misterio de Dios en un mundo que en su interpretación técnica lo ha velado. Pero eso a ti, que descubriste el hilo negro, te pasó desapercibido. Me extraña que el hombre formado en el marxismo, que se precia de haber leído a Deleuze y Guatari, en lugar de ponerse a explorar la construcción histórica del concepto de autor a través, no de mí, sino de la Tradición, se dedique a escandalizarse como una señora que repentinamente vio a su amiga que dejó de usar una crema que no estaba en su catálogo de belleza.

Desde que escribí Permanencia en los puertos y a lo largo de toda mi obra ese recurso ha estado presente. Los críticos que se han interesado en ella, han hablado de palimpsesto, de una reescritura sobre otras grafías. Yo mismo, a lo largo del tiempo, he declarado públicamente que pertenezco a una tradición muy antigua y a la vez muy moderna para la que la noción de autor no existe y a través de la cual el poeta, “la voz de la tribu”, decía Mallarmé, dialoga con la Tradición y la reactualiza para otros. Recuerda, sigamos con el descubrimiento del hilo negro, que Homero, al fijar la Iliada, hizo pasar las voces de muchos poetas en ella —eso sí, no conocidos—, que Virgilio dialogaba con él y lo retomaba al escribir la Eneida, que Dante hizo lo mismo no sólo con uno y otro sino con toda la tradición cristiana de Occidente cuando escribió la Comedia, que los poetas del Siglo de Oro estaban imitando a los clásicos, que san Juan de la Cruz tomó frases enteras del Cantar de los cantares y Santa Teresa de las canciones populares de su momento, que Rubén Darío fundó el Modernismo imitando en español los versos de Verlaine, que, después del burguesísimo sentido de autor, Eliot retomó de alguna manera esa tradición y tomó de todos lados para hacer sus dos grandes obras, Tierra baldía y los Cuatro cuartetos —las escasas notas que agregó a Tierra baldía fueron a instancias de su editor; él mismo escribe en Cuatro cuartetos, “In my beginning is my end”, que yo parafraseo en el canto II del “Tercer panel” de Tríptico del desierto así: “En el silencio está el principio” y que Eliot, que nunca lo entrecomilla, tomó de María Estuardo; lo mismo hace en ese mismo libro con una larga estrofa tomada de san Juan de la Cruz—; que Pound, para componer sus Cantos y dialogar e iluminar la Cultura, tomó versos, frases, dichos, que en ningún momento están anotados a pie de página. Podría seguir, la Tradición es larga, una Tradición para la que el poema, voz de la tribu, es, digámoslo en términos de Luis Vicente de Aguinaga, un dispositivo de actualización de los diferentes pasados literarios. Sin embargo, siguiendo tu criterio pequeño burgués, no sólo habría que tirar a la basura los Cantos de Pound, una buena parte de la mejor obra de Eliot, de Séferis, de Cavafis, de José Emilio Pacheco, etc., sino que yo, desde mi primer libro, debería estar en la cárcel. Pero tú sabes bien que ése no es el problema, el problema —que después de tantos años de conocerme y de conocer mi obra poética formulas hasta hoy— es que el libro que desató tu “erudita” ira ganó un premio y eso, en el país de la mezquindad, de la carrilla, del resentimiento, de la igualación, de la imbecilidad, no se perdona. Es lamentable, no sólo por ti, sino porque a partir de tus pequeñeces un lumpen que nada sabe de mí, que en su vida ha leído una línea mía, no ha dejado de insultarme: una tal Roberta Garza, en el propio Milenio del 19 de mayo, me califica de “deshonesto y corrupto”; otro, en el Círculo de Poetas, me trata de “Rata de sacristía”; enumerar la lista sería cansado. Tu tarea, querido Evodio, lamento tener que ser yo quien te lo recuerde, es iluminar la cultura. Si quieres desacreditar mi obra, intenta hacerlo, pero, para que la tradición poética gane, intenta hacerlo bien: tómala en conjunto, confróntala con esa Cultura, mide su ritmo, trata de ver si lo que digo a través de esa misma Cultura y de mi diálogo con otros poetas que retomo, ilumina nuestra época, historiza el concepto de autor, pero, por Dios, no incurras en la banalidad de acusarme de plagio y de desacreditar a un jurado respetabilísimo calificándolo de ignorante e imbécil. Los pequeños escándalos de la pequeña burguesía son el alimento del lumpen. Hace tiempo, enfrentado con un crítico semejante a ti le decía que habría que tomar en su sentido literal las palabras de Jesús de no tirar margaritas a los cerdos. Entonces creía que
ellos estaban en los partidos políticos, en las mafias, en los resentidos y en las periferias de la Cultura. Después de leerte, ya no creo lo mismo: los cerdos han colonizado ese territorio y se hacen pasar por descubridores del hilo negro y maestros de literatura. Cuando esto sucede, quizá sea tiempo de callar. Alguna vez Hölderlin se preguntaba en un poema —te lo cito entrecomillado para no herir tu susceptibilidad—: “¿Para qué sirven los poetas en tiempos de miseria?” Después de leerte habría que concluir que ya no sirven para nada, que la poesía deberá callar para dejar paso a los egos, a las autopoiesis y a la banalidad de una época que perdió el sentido y sólo tiene sitio para quienes pretenden ser más plenos que los otros rebajándolos y acusándolos de lo que nunca han sido. En un mundo técnico, donde la disolución de todas las formas tradicionales del sujeto —las del cuerpo social, las de las costumbres, las de la familia, las de la ciudad, las de la Tradición y la memoria— dejan al individuo desamparado y desnudo, sólo hay sitio para ese género de seres a quienes Sartre llamó, quizá haciéndose eco del Evangelio, “los cerdos” y que, para desgracia de la poesía en México y de la Tradición, has aprendido a representar bien.


FUENTE: Suplemento Laberinto, Milenio (AQUÍ)



Una semana de bondad - LUIS VICENTE AGUINAGA
22 de mayo de 2009

El pasado sábado 16 de mayo, en las páginas de Laberinto, suplemento cultural del diario Milenio, el poeta y crítico literario Evodio Escalante publicó un artículo que suscitó una preocupante reacción en cuestión de horas. El artículo, me apresuro a decirlo, ya era desconcertante de por sí, dado que se trataba de una falsa reseña de Tríptico del Desierto, poemario de Javier Sicilia que ganó este año el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes y acaba de ser publicado por Era. Falsa reseña, digo, porque no cumplía con las expectativas que despierta y que debiera satisfacer toda reseña, cosa que aparentaba ser dicho artículo: las de presentar, describir y, como mínimo, comentar en su conjunto la obra reseñada. El texto era más bien un artículo de opinión o, por mejor decir, un libelo encaminado a retratar a Sicilia como un plagiario y a su libro como una sucesión de citas encubiertas, literales en algunos casos, apenas modificadas en otros y condenables, por lo visto, en todos.

La mañana del mismo sábado, esto es: en sólo unas pocas horas, ya circulaba un mensaje de correo electrónico diligentemente preparado por el también poeta Mariano Flores Castro: mensaje dirigido a numerosos destinatarios “del medio”, como suele decirse. Flores Castro no dudaba en usar un imperativo: “Lean el texto de Evodio Escalante. Hace pensar”, y completaba su llamado a la reflexión con una copia electrónica del artículo de marras. Tantas ganas de hacer pensar a los colegas ya constituían por sí solas un espectáculo curioso. ¿Por qué Mariano Flores Castro no escribió, digamos: “Lean el Ion de Platón; hace pensar”, o incluso, con mayor audacia: “Lean el Tríptico del Desierto de Javier Sicilia, que por lo menos ya hizo pensar a Evodio Escalante”?

Al comenzar la nueva semana ya se había formado una pequeña bola de nieve. Mérito especial tuvieron los editores del blog llamado Círculo de Poesía ―donde la charla con argumentos y más o menos informada suele desfondarse bajo el peso del sensacionalismo y el insulto― y la columnista Roberta Garza, reconocible para quienes frecuenten los diarios del grupo Milenio. Los visitantes del Círculo de Poesía culparon a Sicilia de plagio y a los miembros del jurado que lo premió ―entre los cuales tengo el orgullo de contarme― de bochornosa ignorancia o de inaceptable complicidad, ratificando con ello una sospecha que ya deslizara Escalante al final de su artículo. Por su parte, Roberta Garza (que tampoco había leído el poemario de Sicilia) daba grandes pruebas de imparcialidad enalteciendo la “madriza” que le habían puesto al autor del Tríptico del Desierto y afirmando que los organizadores del premio deberían retirárselo al poeta ganador.

A estas alturas de la crónica, más de algún entusiasta se preguntará qué decía el artículo publicado por Evodio Escalante. Nada que no supiéramos los miembros de aquel jurado: que Javier Sicilia incorpora en sus poemas un volumen importante de citas que muchas veces no son presentadas como tales, esto es: que no aparecen entrecomilladas ni en letra cursiva ni son acreditadas a pie de página. Esto, que puede sonarle criticable o francamente digno de castigo a más de un advenedizo, en realidad es práctica no sólo común, sino plausible y legítima en el orbe de la poesía contemporánea. Siguiendo a muchos de los mayores poetas de la modernidad, Sicilia concibe la escritura como una crítica del sujeto, como un desmontaje del mito del autor y como una indagación en el concepto de originalidad, indagación que, más allá de la neurótica y habitual celebración de las peculiaridades, deriva en una exploración del origen por la vía de la tradición, que no le pertenece a nadie y pertenece a todos.

Tres o cuatro exaltados han persistido en ignorar esta evidencia. Roberta Garza, por correo electrónico, desdeñó mis primeros argumentos ―que yo le había presentado con acopio de referencias y ejemplos aclarativos― y me dirigió un mensaje refrendando su posición, desde luego carente de toda familiaridad con la poesía moderna. En cuanto a Evodio Escalante, lo correcto ―por ahora― es que le responda Javier Sicilia, cosa que sucederá mañana en Laberinto, según me han dicho. Por lo que se refiere a mí, he preferido escribir el epigrama de ilusoria latinidad con el que ahora concluyo:


Lucilio: para no tomarte
la molestia de comprenderlo,
tachas a Nevio de plagiario.
Y apenas dos horas más tarde
Pomponio y Floro, tus alumnos,
repiten, ágiles, tus juicios,
fulminan con tu rayo,
señalan con tu índice,
maestros, como tú, en el arte
de no tomarse la molestia.


FUENTE: Blog de Luis Vicente Aguinaga (AQUÍ)





Todos somos plagio - ROBERTA GARZA
19 de mayo de 2009


Qué madriza le puso Evodio Escalante a Javier Sicilia en el Laberinto de este pasado sábado. Escalante desmenuza sin piedad las páginas de Tríptico del desierto, libro que consiguió el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2009, demostrando que Sicilia maquilló párrafos de Elliot, Celan y Rilke para hacerlos pasar como propios. El descobije es tan irrefutable como el que Guillermo Sheridan le acomodó a Guadalupe Loaeza cuando la pescó con las manos en el plagio. En esa ocasión la articulista se justificó diciendo que estuvo enferma y que no pudo darle a la verdadera autora el crédito, evidenciando que es tan mala para plagiar como para excusarse. Falta ver qué ocurre con Sicilia y si, como debiera, Conaculta le retira el premio.

Falta ver. Porque México parece favorecer el cinismo y la deshonestidad: el corruptísimo amo de los señores de las ligas y de las fichas es para muchos un mártir del Estado; la guerrillera en ciernes es una pobre estudiante; el cardenal encubridor es un líder moral y cuando se le pide rigor y sustento a periodistas malhechos y voladores la respuesta habitual es un sentido grito de “censura”. Y a todos ellos, en vez de castigarles la falsedad, se les otorga una solidaridad utilitaria donde la crítica merece un linchamiento entre más virulento mejor, en aras de asumirnos todos como gente sensible y políticamente correcta.

Hace 26 años, en una escuela de un pequeño pueblo del sur de Alemania, entré al salón de clase para presentar el primer examen del año escolar que allí viví. El maestro repartió las preguntas, bostezó y dijo vengo, voy a comer; si necesitan algo estoy en el piso de arriba. Y salió del salón cerrando tras de sí la puerta. Asombrada miré a mi alrededor: mis compañeros todos se concentraron en sus reactivos y se acomodaron para el largo ejercicio. Nadie habló, nadie miró a los lados, nadie pidió que le pasaran el examen. Cuando todo acabó pregunté por qué nadie había copiado, y la respuesta fue unánime: ¿Estás loca? Me reviento la cabeza repasando el material, ¿crees que luego voy a regalárselo a algún huevón cuando a mí me costó tanto entenderlo? Si alguien me quiere copiar se la parto…

Pues sí. Cuando menos así es allá: acá, negarle el examen —o el moche, la coartada y la prebenda— al vecino zángano equivale a traición a la patria. Quizá por eso a Loaeza su diario no sólo le sigue pagando generosamente por hacer copy-paste sino que, encima, el PRD la postula para diputada federal. Sí… quizá por eso.


FUENTE: Suplemento Laberinto, Milenio (AQUÍ)



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Luis Vicente de Aguinaga, mensaje a Roberta Garza
19 de mayo de 2009


Roberta Garza:

Como lector y crítico de poesía, pero también como profesor de literatura y, no está de más decirlo, miembro del jurado del Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2009, quiero expresarle mi desagrado y franco repudio (una cosa o la otra, según el humor con que se mire) por el artículo que publicó usted el día de hoy en Milenio con el título de "Todos somos plagio".

Evodio Escalante, autor del artículo al que usted hace referencia, publicado el sábado pasado en Milenio, ciertamente manifestó un aspecto concreto de su lectura de Tríptico del Desierto, libro de Javier Sicilia que ganó el concurso arriba mencionado. Un único aspecto, quiero decir: el de la relación de algunos versos del Tríptico (versos, no "párrafos", como escribe usted) con otros de T. S. Eliot, Rainer Maria Rilke y Paul Celan. De forma un tanto extraña, ya que al parecer se trata de un poeta y crítico sensible a las diferentes modalidades de la poesía lírica, Escalante no señaló en su texto que la cita encubierta, la paráfrasis y el "saqueo" de materiales diversos forman parte del repertorio técnico del poeta contemporáneo, y esto desde hace décadas. Roberta: por extravagante que le parezca, en modo alguno puede hablarse de "plagio" tratándose del nuevo poemario de Javier Sicilia. Ni el collage ni la paráfrasis ni la cita encubierta son operaciones condenables desde la perspectiva de la poesía tal y como debe ser entendida hoy en día.

Tiene gracia que una de las presuntas víctimas de Javier Sicilia sea nada menos que T. S. Eliot, acaso el poeta del siglo XX que mayor inteligencia y empeño invirtió en estudiar, explicar y practicar eso que ahora y aquí se ha dado en llamar “plagio”. ¿Aparecen tipográficamente destacadas como citas las numerosísimas apropiaciones, absorciones, traducciones y hurtos de los Cuatro cuartetos? La respuesta es categórica: no. En los Cuatro cuartetos no hay comillas ni hay cursivas ni hay notas a pie de página. El poema, para Eliot -como para su maestro Pound-, es un dispositivo de actualización de los diferentes pasados literarios (no sólo del pasado de tal o cual idioma, no sólo del pasado de tal o cual género). Francamente da risa que a Evodio Escalante le dé por asegurar que aquello de “In my beginning is my end” sea original de T. S. Eliot y que Sicilia no haga sino copiarlo. En realidad se trata de la divisa de María Estuardo (María I de Escocia, para los íntimos): “En ma fin est mon commencement”. Es famoso este aforismo, Roberta: “Immature poets imitate; mature poets steal”. Traducción: “Los poetas inmaduros imitan; los maduros, roban”. ¿Quién lo dijo? Tal vez no me lo crea usted: ¡T. S. Eliot!

Hablando de traducción, tampoco estaría de más recordarle a Escalante y a usted misma que ni Rilke ni Eliot ni Celan escribieron poemas en castellano, de modo que los fragmentos “plagiados” por Sicilia primero tuvieron que ser traducidos al español. Y, como no se trata de poetas que hayan sido traducidos una única vez ni mucho menos, primero habría que determinar si el acusado reelaboró determinada traducción o si tradujo él mismo esos materiales, lo cual supondría problemas de interpretación divergentes.

Es preocupante que, fuera de un círculo restringidísimo de aficionados y especialistas, la poesía no interese a nadie, Roberta, como no sea precisamente a personas que, como usted, se forman ideas falsas a partir de juicios ajenos y no se toman la molestia de leer por su cuenta los poemarios hipotéticamente tramposos. Es obvio que presionar al CONACULTA sugiriendo que debe retirar el premio a Javier Sicilia es apenas un ademán de ignorante irresponsabilidad. Si usted, como tantos periodistas de nuestro tiempo, lo que busca es erigirse como fiscal en este caso, me temo que ha llegado tarde: su admirado Evodio Escalante ya lo hizo primero, y cometió un error al hacerlo.

Puede ser que le interese saberlo: yo mismo escribí para la revista Crítica (núm. 132, mayo-junio de 2009, pp. 3-7) un artículo sobre Tríptico del Desierto, y en él cito a Eliot y menciono a Rilke y a Celan. La revista, para mi fortuna, comenzó a circular a principios de mes, quince días antes de que apareciera el artículo del sábado pasado. (Puede usted consultar mi texto siguiendo esta dirección: http://aguinaga.blogspot.com/2009/05/pronto-llegara-la-noche-triptico-del.html.) Se lo digo para subrayar que los miembros del jurado que premió a Javier Sicilia tuvimos perfectamente claro desde un principio que Tríptico del Desierto era un libro rico en alusiones, referencias, montajes textuales y citas explícitas y encubiertas. Percibir en ello un delito equivale a declararse incompetente, sin más, en materia de poesía y de literatura en general.

En algo estamos de acuerdo, Roberta: Evodio Escalante "le puso" a Javier Sicilia una "madriza", como dice usted. Fue una madriza de callejón, artera y cobarde. Una madriza en regla y una incitación al más crudo linchamiento, que ya está sucediendo. La diferencia estriba, sin duda, en que yo no celebro ese tipo de conductas y usted sí.

Sin más por ahora,

Luis Vicente de Aguinaga.

FUENTE: Blog de Luis Vicente Aguinaga (AQUÍ)


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Respuesta de Roberta Garza a Luis Vicente Aguinaga
20 de mayo de 2009


Si bien la paráfrasis, la emulación y el guiño hacia poetas o escritores admirados es costumbre perfectamente admisible, no lo es –y menos en un texto que va a ser enviado a concurso— el omitir especificar la transcripción o el tributo al rígido modo académico –es decir, con la cita correspondiente al calce o con comillas— o, de manera más libre, a través de la coherencia y tono interno del texto que no debe dejar duda que la propuesta es, justo, una alusión; en Tríptico pocos, fuera de ese círculo de jurados que apunta, detectaron una cosa o la otra. El apuntar que las discrepancias se debieron a diferentes traducciones me parece francamente desesperada –no, no hay tantas, me sorprendería que hubiera más de una por autor, aunque bastaría que se especificara quién usó cuál para dirimir el punto-, pero concedo que su carta me puso a dudar sobre la premura de mi juicio –y confieso mi error de prosista al nombrar párrafos a versos- hasta recibir la respuesta del propio Sicilia que me atribuye haberle endilgado dos adjetivos –deshonesto y corrupto— que jamás use para él; en mi texto su caso ocupa apenas la entrada y allí apunto meramente que el autor cambió los poemas originales para hacerlos pasar como propios. Los adjetivos citados por Sicilia –que, aquí sí, transcribe con claras comillas— como pertenecientes a mi artículo nacen únicamente de su imaginario, y apuntalan mi impresión de que las observaciones de Escalante fueron atinadas e inequívocas.

Saludos…


FUENTE: Blog de Luis Vicente Aguinaga (AQUÍ)

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Luis Vicente de Aguinaga, segundo mensaje a Roberta Garza
20 de mayo de 2009


Roberta:

En este segundo mensaje, permítame simplificar lo que intento decirle. Usted no sabe de lo que habla. Eso es todo. Yo no estoy refiriéndome a paráfrasis; mucho menos a guiños o emulaciones. Estoy hablándole de lo que hace T. S. Eliot cuando, en los Cuatro cuartetos, escribe (sin comillas ni tipografía cursiva ni aclaraciones a pie de página):


Y el camino que sube es el camino que baja,


copiando en esa línea, textualmente, a Heráclito y a San Juan de la Cruz. También estoy hablándole de lo que hace José Ángel Valente cuando, en Material memoria, concluye un poema con esta estrofa, dentro de la cual hay una cita encubierta de verso y medio (usted probablemente no la identificará) que procede, una vez más, de San Juan de la Cruz:


El aire abría
la latitud total de la mañana
y extendía la luz, y la caballería
a vista de las aguas descendía.



Estoy hablándole de un poeta que usted conoce y admira, el mexicano Evodio Escalante, que hace algunos años publicó un libro titulado Todo signo es contrario, y en él un poema ("Dominación de Nefertiti") cuyo primer verso es éste:


Piramidal, funesta...


¿Le suena? Es de Sor Juana Inés de la Cruz, y Escalante no se vale ni de comillas ni de cursivas para incorporarlo en su propio poema.

En cuanto a las traducciones de Rilke, Celan y Eliot, mucho me temo que su ignorancia es todavía mayor. Dice usted que "[le] sorprendería que hubiera más de una [traducción] por autor". Sorpréndase, pues. Como el tiempo concedido a los mortales no es eterno, me limitaré a mencionar de memoria tres de cada poeta, publicadas todas ellas en tiempos recientes. De los Cuatro cuartetos de T. S. Eliot han aparecido, tan sólo en México, las traducciones de Ángel Flores (Premià), José Emilio Pacheco (Fondo de Cultura Económica) y José Luis Rivas (UAM). Libros de Paul Celan que contengan el poema "Fuga de muerte" o "Fuga de la muerte", traído a colación por Escalante a propósito de un poema de Javier Sicilia, los hay en traducción de Jesús Munárriz (Hiperión), José Luis Reina Palazón (Trotta) y José María Pérez Gay (UAM). En cuanto a Rainer Maria Rilke, han traducido las Elegías de Duino Juan Carvajal y Lorenza Fernández del Valle (UNAM), Hanni Ossot (Monte Ávila) y Eustaquio Barjau (Cátedra). Y no sólo ellos; créame que hay muchas otras versiones publicadas.

En cuanto a los adjetivos que le aplique a usted Javier Sicilia, déjeme asentar que la correspondencia entre ustedes dos no me incumbe ni ha sido hecha de mi conocimiento, de modo que no puedo emitir ninguna opinión. Exactamente lo mismo que tendría que haber hecho usted: reservarse cualquier opinión a propósito de un asunto que desconoce, una tradición que ignora y un arte que no es de su dominio.

Sin más que añadir,

Luis Vicente de Aguinaga.


FUENTE: Blog de Luis Vicente Aguinaga (AQUÍ)




Aportación de María Helena Noval
20 de mayo de 2009


1.
Conozco poco a Javier Sicilia y por lo tanto no voy a defenderlo por ser su cuata. Tampoco voy a ocuparme de su trabajo directamente porque no me dedico a la crítica literaria: voy, en cambio a recordar aquí, que la historia del arte como disciplina se basa en la noción de tradición y que la historiografía del arte incluye además otros conceptos con los que puede uno acercarse al trabajo de los creadores, si de comparar propuestas se trata.

Visitar el muy recomendable blogspot del poeta Luis Vicente de Aguinaga (uno de los miembros del jurado que le otorgó a Sicilia el máximo galardón en poesía, el Aguascalientes), resulta indispensable para enterarse de los pormenores del laberíntico asunto, por eso no repetiré detalles de la contienda, sólo destacaré que quienes acusan de plagio a Sicilia, operan a partir de una concepción romántica de la noción de autor. Para ellos, el mismo debe dar a luz un texto en el que la originalidad (entendida como peculiaridad) sea lo más importante; mientras que para quienes lo defienden –entre ellos el lúcido poeta y escritor Adolfo Echeverría--, el autor, cada autor, produce inserto en una tradición imborrable y riquísima a la cual se le puede añadir siempre algo más.

Es importante destacar que en Estética la tradición establece la unidad de estilo (diccionario especializado dixit), y que tal vez la intención de hacer un homenaje a otros autores vendría a complementar el quehacer de Sicilia: si se siente la presencia de Paul Celan, T. S. Elliot, Ezra Pound, San Juan de la Cruz y Góngora, todos ellos de “sabores insuperables”, es porque el hombre sabe leer, tiene buen gusto, es sensible y qué mejor para nosotros, lectores del siglo XXI, redescubrirlos a partir de la lectura de un morelense premiado. Yo creo que lo interesante es decir lo dicho de otra manera.



2.
¿Por qué no se ha resuelto el asunto por la vía de las nociones de influencia, tradición y homenaje? ¿Por qué se abocan a hablar de apropiaciones, citas, copias, paráfrasis y hasta plagio?

Resulta que la crítica del posmodernismo ha puesto de moda estos términos para reseñar trabajos en los cuales se comentan, de diversas maneras y con variadas intenciones, otras obras artísticas Y dado que se acepta que vivimos en una época historicista y de revisionismos (sobre esto se habló mucho en los años noventa), es muy fácil aplicar epítetos a las obras artísticas, dejando a un lado la noción de tradición de la cual aquí brevemente partimos.

Kirk Varnedoe (“A fine disregard”), crítico al que me gusta recurrir de vez en cuando, explica la historia del arte a partir de pequeñas diferencias de opinión con respecto a lo establecido con anterioridad (la traducción de disregard implicaría también la noción de “violación”), y quién no recuerda que grandes autores como Van Gogh y Picasso pasaron largas temporadas de su vida estudiando y aprendiendo –ellos sí citando “textualmente”-- de los grandes, sus antecesores, sin el menor asomo de vergüenza porque así se acostumbraba. Algunos teóricos dicen que la originalidad hoy en día reside en la elección que cada quien hace de otros autores y obras, en la mezcla final que resulta de haber seleccionado inspiraciones diversas.

Y he aquí otro término, el de inspiración, con el cual no me meteré ya, pero que valdría la pena analizar porque el contexto en el que nace --el religioso--, le cae muy bien a la poesía de orden místico, religioso de Javier Sicilia. Pero eso que lo hagan los expertos.


FUENTE: Blog de Luis Vicente Aguinaga (AQUÍ)
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lunes 28 de diciembre de 2009

Manifiesto, de PEDRO CASARIEGO CÓRDOBA

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Verdades a medias

Afeitarse todos los días puede ser un pecado terrible. Afeitarse todos los días es alejarse definitivamente del arrayán y del aire. Admiro a las secretarias que se afeitan cada mañana antes de ir en helicóptero a las oficinas del centro y de cristal. Esas pecadoras modernas irradian ternura y tienen una moral a prueba de bomba. Cuando cometen una falta de ortografía nace una flor. Cuando me miro en el espejo veo un hombre de un solo color, de un solo pantalón, de un solo disco, de una sola pieza, de 28 años: azul, tela eterna, Breezin', un rompecabezas, 28 años. Sólo me lavo a fondo cuando la vislumbro. Cuido con esmero el pequeño jardín de mis padres. Olvido los nombres de las plantas y de las flores. Bebo café entre los obreros y ya sólo invento horarios fijos: sólo soy un verdadero artista mientras vacío el lavaplatos. Mis gafas se me antojan tan crueles e indispensables como la risa de Dios.

Todos seremos pianistas si desaparecen los pianos.

Justo es reconocer que cuando me miro en el espejo veo un hombre acabado. Por ello me sorprende que se me haya brindado la oportunidad de acceder a estas páginas limpias y secas para hablar de mis palabras. La única razón que encuentro a esta convocatoria, pecado multiplicado por mi asentimiento a ella, es que quizá existiera en mí un buen principio, prolífico y asesino de lo verde como la hormiga. Lo aquí grabado corresponde a aquellos días azules. El color azul fue y es mi única excusa, mi primera y única coartada.

No puedo sino ceder inmediatamente a la tentación, que me atrae como si de tabaco se tratara, de difundir que suscribo todas las conclusiones que pueden y deben extraerse de la concienzuda lectura del ensayo de Manfred Kaltz titulado "El artista en cuanto ser inferior", manuscrito en época tan sospechosa como la que incluye el año de desgracias de 1939. Mando imprimir aquí, para corroborar mi dolorida sumisión a tal tratado, y para que sirva de prólogo y quizá de epílogo, el texto, siempre mutilado, de mi único manifiesto:

Manifiesto

Santificamos a Dios, hicimos de Él un Santo; caminábamos campos en pos del cielo, cerrábamos campos con Iglesias. Luego, misteriosamente, bajó la cotización de las acciones de Dios en la Bolsa inmaterial de las almas: adiós a la religión de Dios, un adiós dubitativo porque el pañuelo aún se agita. Desnudos buscábamos cobijo para ocultar lo que veíamos, no éramos capaces de regalar nuestras llagas a la muerte, llagas envueltas en papel de renuncia altiva. El boxeador se desangraba, y nos resistíamos a arrojar la toalla. El árbitro del combate, el eterno hombre que pastorea, nos miraba, y su retina nos cubría con reproches que herían. Inventamos entonces la religión del Hombre, bautizamos con cultura nuestra sagrada ignorancia, ignorancia sabia, la única herencia de Dios. ¡No sabíamos que sólo nuestra ignorancia, la brutalidad celeste, nos hacía semejantes a Él! ¡Sólo alejándonos de las falsedades eruditas podríamos enfrentarnos a Él con una espada limpia!

Desolada quedó la piedra de las iglesias, y los hombres, que seguían sin ser hombres, trasladaron a los museos lo más vacío del espíritu de Dios. ¡Lentamente los artistas, la cojera de los corazones, ascendieron a los altares empujados por un aliento de sensibilidad vacía! ¡Desconocíamos tantas verdades! Los impíos artistas exteriores tomaron el relevo y la antorcha, cargando así aún más nuestras resignadas espaldas, y sus esclavos, los esclavos de los artistas exteriores, hablaron de sus amos con sucias bocas de miel, ayudaron a la propagación de la enfermedad de la cultura visible, construyeron museos para albergar monstruos que sustituyeran con ventaja a los decrépitos dragones, dictaron conferencias para menopáusicos y menopáusicas, encendieron eléctricas luces para alumbrar fósiles miserias, cometieron el grandísimo pecado de teorizar teorías: quemaron la huida de las almas rebeldes.

Estúpidamente negábamos, ciegos negábamos lo evidente: sólo existe el artista interior, sólo se puede ser artista secreto, la comunión todo lo mancha. ¡Estábamos canonizando a los más débiles, nombrábamos doctores a los incapaces...!

¡El artista debe crear dentro de sí mismo!

Si un Médico tomara la temperatura a los que creen ser hombres, diría que todos ellos albergan vana y terrible fiebre de homenajes y adulaciones.

Inventemos un termómetro de audacia; convirtámonos en hombres, aunque sea para desaparecer: os propongo entonar conmigo, sin mí y en silencio, el primer y último canto, el canto de la digna y mortal soberbia.

Verdades a medias

Escribí este rosario de letras hace algún tiempo, justo antes de comer y sin haber desayunado: no hay mejor escuela que el hambre, incluso la efímera, como no hay mejor esposo que el monje, que Mallick. No se escribe una obra literaria: se incurre en una obra literaria. Manufacturarla significa, si no se trata de un fraude aún más grave, desnudarse, y yo "desprecio a los que se desnudan" (entiéndase metafóricamente).

Entono por tanto, al mismo tiempo que el canto sonoro y compulsivo de las palabras manchadas, un mea culpa tan sincero como el eco, tan sincero como Mallick, tan lejano como Wataksi, tan ajeno a nosotros como todos nuestros destinos, tan fugaz como la prostituta mulata que visita mi celda cada mes.

Convencer al Otro de algo, y os remito a uno de mis poemas más desconocidos, es el suicidio por excelencia, por cuanto sólo tenemos nuestros errores, y éstos son tan pocos que compartirlos no es de buen cristiano silencioso, sino de cura parlanchín anclado a la sequía del púlpito.

Esconded vuestras monedas místicas, y recordad que no es menester regarlas: ellas solas se propagan sin necesidad de amor con la ayuda de una boca muda y del rastrillo sin dientes de la noche. Aquellos de entre vosotros que desoigan y desobedezcan serán premiados, a ellos, por regar, basta una sola gota, su propio misticismo con sangre sabia, les otorgará la vida premios y mercedes innombrables.

Bendito sea el que no haga caso, el que se aparte del misticismo como de la serpiente, bendito sea mi maestro el impuro, bendito sea el feliz, porque le es lícito tener hijos que labren e hilen, bendito el que no lee y actúa, el que se aleja de las letras de cambio, que son todas, bendito el que elude el abrazo del calor, bendito el que ama el frío, benditos los corazones congelados y baratos.

¡Sólo os pido que atornilléis vuestros huesos a la brisa, hombres pobres, que talléis en piedra vuestros gestos, hombres sin esperanza, jueces el día del Juicio Final!

Sólo debéis reclamar aquello que ya tenéis, pues jamás ha sido vuestro. ¡No exijáis estrellas! ¡Exigid vuestra piel y vuestros ojos, la flor que no habéis pisado, el pájaro que todavía vuela!

Desangraos en la construcción de un caballero interior afín a la gloria y al vacío.... No me hagáis caso, sólo os requiero para que asumáis la defensa del bruto, del verdadero poeta, del leñador, del iletrado.

¿Qué edad teníais al nacer?

Y ahora, junto al tic tac del reloj que aflige, que exacerba el hambre de infinito, ahora o nunca, no puedo menos de exponer una de las obligaciones ineludibles del poeta de segunda, del poeta que escribe: este poeta condenado que a nada sobrevive ha de revelar la naturaleza de la gran tragedia, del precio de la piedra, del precio de cada pan, de cada lágrima, de cada rugido, de cada hombre. Como un gran número, en torpes números redondos la tiranía del Altísimo, del Jugador de Baloncesto que ve un aro en cada luna y en cada nube, se desmenuza en precios pequeñísimos, en decimales como moscas que nos ahogan y nos miden y nos pesan y exigen que adelgacemos, que añadamos músculo al trigo, que hablemos de lo que está arriba y de lo que echamos de menos, de las limitaciones que se nos han impuesto.

¡Llevamos la semilla de la insatisfacción, y Dios, campesino en sus horas libres, manda brillar al sol, caer a la lluvia, morir sin nacer a la helada y al granizo! ¡Jardinero en lo azul, ¿cuánto vales Tú?, nos has hecho saber el precio de la lágrima y sentir el ansia de infinito! ¡Redímenos ahora de esta miseria en la sombra, de esta sombra que vibra aun en la noche más oscura...! ¡Colma todos nuestros bolsillos de billetes de Banco o, si no hay suficientes billetes allá arriba, baja los precios del espíritu y haz que nos contentemos con esta nada!

Hoy se ha fundido la bombilla de las flores. Hoy los monos intermitentes ya no nos hacen gracia.

Hoy las cabezas de los mendigos han perdido su chistera.

Hoy los chistes los cuentan los dentistas para sacarnos los dientes.

¡Pero también hoy hay una ----- muy misteriosa que me mira con las manos y me busca con los ojos! Salpicado de bailes por -----,
pierdo la regla de cálculo
y soy casi
misterioso



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viernes 25 de diciembre de 2009

Google y las musas del escritor, de RAÚL DEL POZO

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Un poeta subido en un borrucho dijo que no escribe bien el que escribe como se escribe, y un tal Ramón pensó que el buen escritor no sabe nunca si es buen escritor; tampoco lo van a descubrir los críticos, que son los cornudos que guardan el cementerio. Hubo otro listo que, al oficio de crear novelas, poemas o dramas, expresar ideas con letras, crear personajes, descubrir y analizar la actualidad, lo llamó la comedia de escribir. Yo pienso, al contrario, que escribir no es una comedia, sino, en muchas ocasiones, un drama y hasta un suplicio. Ante el papel blanco, en algunos momentos, el escritor, el periodista, enmudece, se le colapsa la ideación y el ritmo de la prosa. Una vez le pedí consejo a mi amigo Camilo José Cela, diciéndole: “Hay momentos que estoy escribiendo y no se me ocurre nada. ¿Qué hay que hacer en este caso?”. “Pues seguir esperando ante la cuartilla hasta que se te ocurra algo, coño”. Todos los oficios son duros, y peor es trabajar.

La profesión de escritor o periodista es fácil si te limitas a colocar un párrafo detrás de otro como suelen hacer innumerables colegas, pero si aspiras a dejar tu propia manera de respirar en el mundo, a emplear el vocablo con su adjetivo exacto, al ir componiendo la prosa con ritmo, precisión, claridad y alguna belleza, si pretendes no aleccionar, no aburrir, no sermonear, no dormir al lector, teniendo en cuenta que muchas veces la escritura se usa como somnífero, el trabajo de escribir es difícil, intrépido, casi sobrenatural. El dejar en cada párrafo tu manera de ser y de ver el mundo exige esfuerzo, imaginación, estar en posesión de cierto aparato verbal.

A todo eso se le suele llamar estilo, arte, maestría. El estilo es el aroma y el compás propio, tal vez el duende, como se atrevió a definir Federico García Lorca, a tener voz propia, poder misterioso, esa pequeña llama que sube por dentro desde la planta de los pies. Lorca a eso le llamaba ángel, y otros con más modestia le llaman estilo.

Lyndon B. Johnson preguntó una vez a Hugo Sydey, escritor de la revista Time, su opinión sobre “la camarilla de Georgetown”, refiriéndose a los periodistas de The Washington Post que habían investigado a Richard Nixon. “¿Por qué cuando yo digo algo suena a mierda y cuando lo dicen ellos suena a Channel número 5?”, insistió el mandatario. Esta anécdota fue recordada tiempo después por el propio director de The Washington Post, Ben Bradlee, a la postre uno de los responsables del descubrimiento del Watergate, el Cantar de Mio Cid del periodismo moderno. He ahí una definición del estilo, aroma que desprende el pistilo, he ahí el ángel, la música de la palabra. Los vocablos pueden oler a mierda o a salmo, depende del estilo.

Lo demás es trabajo, porque ya no hay musas. Escribe Borges que la doctrina romántica de una musa que inspira a los poetas fue la que profesaron los clásicos. Más tarde, para los románticos, la musa fue una querida sin chales en los pechos y flojo el cinturón; luego, la musa pasó a llamarse inconsciente y, por último, las musas se extinguieron, se electrificaron, volvieron al infinito y sólo pueden ser invocadas por Google. Yo no creo en la inspiración, sino en el oficio. Antes se creía que la del escritor era una misión superior, relacionada con los dioses, la ocupación del escriba, la del señor de las palabras, la del mago, el profeta, el evangelista, el bardo. Dice Manuel Vázquez Montalbán que el hombre que conocía el arte de escribir era superior a los demás por ese simple hecho y eso no puede decirse de otros trabajos en la Corte o en la Iglesia. Ahora, el que escribe está a la intemperie, se echa a sí mismo a los cocodrilos en los blogs, a las preferencias de los lectores que se miden en encuestas, a la presión política y a la propia línea del periódico o la editorial: eso ocurre si no trabaja en EL MUNDO, donde sólo te corrigen las erratas, no las temeridades o las transgresiones.

El oficio de escribir puede enseñarte a no hincharte como una rana porque cada día revela tus límites. Pero, de todas formas, es hedónico dejarse llevar por la música de las palabras, que unas empujen a las otras sobre el texto y ver que al final se logra armonía y se llega a expresar lo que no estaba previsto. Lo más importante es no dejarte llevar por lo ya pensado por otros, cosa casi imposible, e insisto, hay que tener un estilo. Las ideas vendrán después y, si no vienen, no pasa nada; se puede sobrevivir en este trabajo solo con estilo.

Yo creo, tal vez equivocadamente, que el secreto de llegar al corazón del lector no está en ser profundo y oscuro, sino en decir con claridad las cosas más enrevesadas, huir de los tópicos, de las frases hechas, de los lugares comunes. Y frente a lo que piensan algunos, yo no creo que escribir sea una tarea de neuróticos o zumbados, sino de personas inteligentes. A veces surgen los monstruos, los genios, y entonces el lector se vuelve creyente, adorador o maniaco. El lector no siempre necesita genios para leer después de la tostada, sino hallar el texto de alguien que le cuente lo que pasa con claridad y, si es posible, con ritmo, buen lenguaje y belleza. El secreto, la rehostia, lo sublime, sería lograr aquella que Sartre pondera en Camus: el giro de los razonamientos, la claridad de las ideas, el corte del estilo de ensayista, sin dejar de ser poético y mediterráneo, ese equilibrio entre la evidencia y el lirismo que puede permitirnos tener acceso al mismo tiempo a la emoción y a la claridad.


FUENTE: El Mundo, 4 de noviembre de 2009, pág. 8
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jueves 24 de diciembre de 2009

El integrado, el apocalíptico, de ANTONIO MUÑOZ MOLINA

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Los escritores de vez en cuando enuncian las leyes universales de la literatura, las cuales suelen corresponderse con el caso particular de cada uno. A los escritores, en las mesas redondas o en las entrevistas, les entra a veces un curioso afán legislador: explican que la literatura ha de ser de una cierta manera y no de otra y apelan para demostrarlo al ejemplo de algunos grandes nombres, que casualmente son los modelos que a ellos los inspiran. No te engañes, me avisa la presencia querida: cuando un escritor dice admirar mucho a un maestro lo que está haciendo es admirarse y vindicarse por su mediación a sí mismo; ¿no te has dado cuenta de que sólo admiran a los que creen parecerse?

Estaría bien admirar a aquellos de cuyas virtudes carecemos. Leer los cuentos de Chéjov, los de Bernard Malamud, los de Rulfo, los de Alice Munro o Raymond Carver si tenemos una tendencia excesiva a las amplitudes de la prosa; incluso, para mayor disciplina, frecuentar la poesía más estricta. Cuando de manera casi automática nos inclinemos por las tramas laboriosas y cerradas, haríamos bien en fijarnos en los maestros de lo insinuado, de lo dicho a medias, porque a la ficción le pedimos que nos cuente un cuento y que nos cuente el mundo, que transmita la experiencia en el estado más puro posible y a la vez que le dé forma, y entre esos dos polos magnéticos andamos a tientas buscando el punto inseguro de equilibrio. Algunas veces, por pudor o por cobardía, o por miedo al exceso, o por no molestar, nos sometemos con demasiada mansedumbre al decoro: entonces está bien que admiremos a los grandes desvergonzados, a los que han llamado a las cosas por sus nombres más crudos, atreviéndose a contar lo que siempre se calla, con el júbilo del niño que repite palabras obscenas atragantándose con sus propias carcajadas. El gusto cambia, modificado en parte por el influjo de las obras más innovadoras: lo muy minoritario puede hacerse masivo, lo abrumadoramente popular desaparece sin rastro, lo que fue distinguido y exquisito se queda fósil, lo desdeñado por vulgar resulta ser lo más sofisticado con el paso del tiempo.

Por eso cansan tanto los axiomas de los escritores, que cuando se repiten mucho revelan una herida que no quiere mostrarse. En los mismos días y en este mismo periódico se entrecruzan dos voces, la de Juan Goytisolo y la de Carlos Ruiz Zafón, y aunque parece que no tienen nada en común uno reconoce al escucharlas ese tono del escritor que se vindica a sí mismo convirtiendo en ley la circunstancia personal, anticipándose a mostrar su desdén precisamente hacia lo que cree que sin justicia se le niega. Ruiz Zafón vende a toda velocidad no sé cuántos millones de libros, y considera que la literatura ha de contar historias claras y directas, que los personajes, igual que en una buena película o en una serie de televisión, "deben definirse a través de sus acciones y de sus palabras, no echando un rollo patatero en un párrafo inmenso". Zafón celebra la cultura de masas y detesta los "mundillos literarios" españoles, habitados por críticos rancios y por novelistas tristemente obsoletos que escriben -escribimos- rollos patateros en párrafos inmensos, alimentando un resentimiento disfrazado de superioridad hacia quienes sí conectan con el público.

Juan Goytisolo también se ve a sí mismo como un forastero en el mundo literario español, que le parece tan desolador como a Ruiz Zafón, pero por razones distintas: salvo él, Goytisolo, y alguno más, los escritores están entregados a la comercialidad más baja, a los caprichos del mercado, a la fabricación de groseros bestsellers escritos en una prosa que él mismo parodiaba hace poco en estas mismas páginas con sus conocidas dotes humorísticas. Juan Goytisolo viene repitiendo desde hace tiempo las siguientes leyes de la literatura universal: los grandes escritores -el Arcipreste de Hita, Blanco White, Jean Genet, el propio Goytisolo, por poner unos cuantos ejemplos- son heterodoxos y renegados que sufren persecución por su rebeldía, y que escriben obras tan rompedoras, tan arriesgadas, tan radicales, que no hay sitio para ellas en sociedades literarias regidas por el borreguismo y por la venalidad comercial, y que por lo tanto sólo son apreciadas plenamente por una minoría exquisita de lectores. Goytisolo es generoso: juzga que está bien que existan escritores de masas como Carlos Ruiz Zafón, ya que gracias a los beneficios económicos que producen sus libros las editoriales pueden costearse el privilegio de publicarlo a él.

En los términos inventados por Umberto Eco, Goytisolo sería un apocalíptico, y Ruiz Zafón un integrado. Para el uno, la maestría y la popularidad son incompatibles; el éxito de una obra es su argumento definitivo contra ella. Al otro no le basta haber vendido más de cien millones de libros con sus historias claras, de párrafos bien medidos y personajes que se definen por sus palabras y sus actos: quiere que esa sea la vara de medir la literatura. En el caso de Zafón, la prueba irrefutable de su talento sería que lo lee todo el mundo; en el de Goytisolo, que no lo lee casi nadie. Goytisolo prefiere no acordarse de la extraordinaria popularidad que disfrutaron casi instantáneamente muchas obras maestras, prolongada a lo largo de los siglos, resistente a la ignorancia y a las malas traducciones, incluso a la desaparición de la cultura en la que fueron originadas. Un novelista puede ser grande y tener mucho éxito, incluso impúdicamente ambicionarlo: Balzac, Dickens. Otro igual de grande puede no tener ninguno, al menos en vida: Stendhal. Con mucha frecuencia hay más gente que lee una novela infame que una novela magnífica. Pero también hay novelas magníficas que seducen a millones de lectores -Lolita, Vida y destino, Bella del Señor, Anna Karenina- y su número no es inferior al de las novelas infames que fracasan.

Historias transparentes que se leen en unos minutos pueden tener profundidades y matices que no agota ninguna lectura; otras parece que sólo se nos entregan después de un largo asedio, exigiéndonos una atención obstinada y ferviente, revelándose de pronto en su intensidad cegadora. Los muertos se lee en un viaje corto con una placidez estremecida de melancolía: El ruido y la furia sólo empieza a penetrarse después de leerla dos veces. Una requiere claridad y sugerencia: la otra tinieblas, arrebato y delirio. Que una obra de arte tenga mucho éxito dice tan poco sobre ella como que no tenga ninguno. John Coltrane urdió algunas de sus improvisaciones más desaforadas sobre un vals tan inmensamente popular como My favorite things. Bajo el volcán estuvo una o dos semanas en la lista de los libros más vendidos del New York Times.

Que cada uno haga su trabajo, pues, según pedía Camus, como sepa o como pueda, porque más allá de la página y del gusto o el desaliento de escribir no hay nada seguro, ni la calidad de lo que hacemos, ni la resonancia que tendrá. Sólo dos cosas son ciertas para casi todos los que nos dedicamos a este oficio: nunca venderemos ni una ínfima parte de lo que vende Ruiz Zafón; nunca nos consagrarán tantas tesis doctorales, congresos, homenajes, como a Juan Goytisolo.


FUENTE: El País, 7 de junio de 2008
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martes 22 de diciembre de 2009

Manifiesto - NICANOR PARRA

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Señoras y señores
Esta es nuestra última palabra.
-Nuestra primera y última palabra-
Los poetas bajaron del Olimpo.

Para nuestros mayores
La poesía fue un objeto de lujo
Pero para nosotros
Es un artículo de primera necesidad:
No podemos vivir sin poesía.

A diferencia de nuestros mayores
-Y esto lo digo con todo respeto-
Nosotros sostenemos
Que el poeta no es un alquimista
El poeta es un hombre como todos
Un albañil que construye su muro:
Un constructor de puertas y ventanas.

Nosotros conversamos
En el lenguaje de todos los días
No creemos en signos cabalísticos.

Además una cosa:
El poeta está ahí
Para que el árbol no crezca torcido.

Este es nuestro mensaje.
Nosotros denunciamos al poeta demiurgo
Al poeta Barata
Al poeta Ratón de Biblioteca.
Todos estos señores
-Y esto lo digo con mucho respeto-
Deben ser procesados y juzgados
Por construir castillos en el aire
Por malgastar el espacio y el tiempo
Redactando sonetos a la luna
Por agrupar palabras al azar
A la última moda de París.
Para nosotros no:
El pensamiento no nace en la boca
Nace en el corazón del corazón.

Nosotros repudiamos
La poesía de gafas oscuras
La poesía de capa y espada
La poesía de sombrero alón.
Propiciamos en cambio
La poesía a ojo desnudo
La poesía a pecho descubierto
La poesía a cabeza desnuda.

No creemos en ninfas ni tritones.
La poesía tiene que ser esto:
Una muchacha rodeada de espigas
O no ser absolutamente nada.

Ahora bien, en el plano político
Ellos, nuestros abuelos inmediatos,
¡Nuestros buenos abuelos inmediatos!
Se refractaron y se dispersaron
Al pasar por el prisma de cristal.
Unos pocos se hicieron comunistas.
Yo no sé si lo fueron realmente.
Supongamos que fueron comunistas,
Lo que sé es otra cosa:
Que no fueron poetas populares,
Fueron unos reverendos poetas burgueses.

Hay que decir las cosas como son:
Sólo uno que otro
Supo llegar al corazón del pueblo.
Cada vez que pudieron
Se declararon de palabra y de hecho
Contra la poesía dirigida
Contra la poesía del presente
Contra la poesía proletaria.

Aceptemos que fueron comunistas
Pero la poesía fue un desastre
Surrealismo de segunda mano
Decadentismo de tercera mano
Tablas viejas devueltas por el mar.
Poesía adjetiva
Poesía nasal y gutural
Poesía arbitraria
Poesía copiada de los libros
Poesía basada
En la revolución de la palabra
En circunstancias de que debe fundarse
En la revolución de las ideas.
Poesía de círculo vicioso
Para media docena de elegidos:
«Libertad absoluta de expresión».

Hoy nos hacemos cruces preguntando
Para qué escribían esas cosas
¿Para asustar al pequeño burgués?
¡Tiempo perdido miserablemente!
El pequeño burgués no reacciona
Sino cuando se trata del estómago.

¡Qué lo van a asustar con poesías!

La situación es ésta:
Mientras ellos estaban
Por una poesía del crepúsculo
Por una poesía de la noche
Nosotros propugnamos
La poesía del amanecer.
Este es nuestro mensaje,
Los resplandores de la poesía
Deben llegar a todos por igual
La poesía alcanza para todos.

Nada más, compañeros
Nosotros condenamos
-Y esto sí que lo digo con respeto-
La poesía de pequeño dios
La poesía de vaca sagrada
La poesía de toro furioso.

Contra la poesía de las nubes
Nosotros oponemos
La poesía de la tierra firme
-Cabeza fría, corazón caliente
Somos tierrafirmistas decididos-
Contra la poesía de café
La poesía de la naturaleza
Contra la poesía de salón
La poesía de la plaza pública
La poesía de protesta social.

Los poetas bajaron del Olimpo.


FUENTE: Antisitio de Parra, Biblioredes
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domingo 20 de diciembre de 2009

Lo mejor de AMANDO DE MIGUEL (8): Desde el 29 de septiembre al 22 de octubre de 2004

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71. El habla popular, 29 de septiembre de 2004

Hemos tratado varias veces el asunto del género de los árboles, si son masculinos o femeninos. Alfredo Barra (Huesca) me dice que en Huesca se dice “la manzanera” por el manzano. Yo también he oído decir en Aragón “la perera” o “la mengranera” (el granado).

Hacía tiempo que no comentábamos las cretineces que se propagan a costa del dichoso género de las palabras. Lo mejor es tomárselo a broma. Reproduzco una festiva versión del poema de Miguel Hernández. La envía Miguel Sánchez (Granada).

Andaluzas y andaluces de Jaén,
aceituneros y aceituneras altivos y altivas,
¿podéis vosotros y vosotras decirme
de quién son aquellos olivos y aquellas olivas?

A propósito del homomonio, José Vázquez propone que mejor sería androgamia o ginecogamia. La razón, dice, es que los neologismos no deben mezclar voces latinas y griegas en el mismo vocablo. En teoría puede que sí, pero esa caprichosa norma se conculca todos los días. Sin ir más lejos, Sociología está formada por una voz latina y otra griega. Nadie protesta.

Rafael Martín Cantos me dice que utiliza mucho la voz zangolotino aplicado a sus hijos, quiero entender que cariñosamente. Me pide que cuál sería el antónimo. Zangolotino es una palabra muy expresiva, quizá por los sonidos que recoge. Se aplica a los mozalbetes que se han desarrollado físicamente pero son todavía niños. Lo contrario sería un zagal hecho y derecho. Zangolotinos pueden ser esos mocetones desgarbados, con los pantalones caídos, que se pasan la tarde jugando, silenciosos, con el tablero de ruedas o como se llame.

¿No será una extraña supervivencia del “Arriba España”? Como es sabido, el origen de esa expresión de verticalidad, de levantarse, está en el vasco. Gora no quiere decir “viva” sino “arriba”. Recordemos el Glorioso Alzamiento de 1936. Ahora el fútbol ha vuelto a ensalzar lo que acontece “arriba” (el campo contrario).


72. Informaciones útiles, 1 de octubre de 2004

Pedro Espinosa (Murcia) matiza mi alusión al ábrego, como un viento húmedo. Él sostiene que la humedad no pasa de Andalucía Occidental. Más arriba ─me corrige─ es un viento seco. No diría yo tanto. En Madrid, cuando sopla el ábrego, del sudoeste, suele traer lluvia. Pocas veces tenemos esa suerte los madrileños, pues la lluvia es vida. El que llega seco a Madrid es el Levante. Hay que releer a Séneca para darnos cuenta de la importancia de los vientos en el discurrir cotidiano. Es lástima que se haya perdido ese saber tradicional.

Bueno, creo que me he metido en un berenjenal. Como es sabido en el berenjenal uno se pincha por todas partes. Socorro.


73. España y sus regiones, 4 de octubre de 2004

José Galbete (Pamplona) aporta el término tontico que se utiliza mucho en su tierra para señalar a una persona con algún tipo de retraso mental. Me indica que el término “es entre cariñoso y paternalista; en ningún caso oculta un sentido despreciativo”. Me parece una maravilla del lenguaje popular. Ese sufijo “ico” es un hallazgo. Una amiga mía me dice que “no es lo mismo pedir media docenica de ostras que media docena de ostricas”, esto en Zaragoza. Sutilezas del idioma.


74. La riqueza del español, 6 de octubre de 2004

Alberto Pardina (Huesca) me pide una explicación sobre la palabra almuerzo. ¿Es la comida principal del mediodía o la accesoria de media mañana? Pues las dos cosas. O quizá las tres, pues el almuerzo puede ser también el desayuno, esto eso, “dejar de ayunar” a primera hora de la mañana. He ahí otro ejemplo de vacilación léxica que hace tan estimulante el habla. Para mí el almuerzo es más bien la comida de media mañana. Los vascos dicen amaiketako (lo de las 11). Me resulta un tanto cursi llamar almuerzo a la comida principal que se hace a eso de las dos o las tres post meridiem. Pero reconozco que la gente elegante o con posibles así lo entiende. En latín llamaban prandium a ese almuerzo de media mañana, pero la palabreja quedó como genérico para comer a cualquier hora. En castellano clásico se llamaba “pasto” a esa comida genérica. La cena está emparentada con “comunidad” porque era tradicionalmente la comida en familia. Almuerzo se compone del al arábigo (el artículo el) y una derivación del latín morsus, bocado. En mi tierra zamorana dicen “muerdo” y está bien dicho. De bocado vino bocadillo y luego bocata. Ya se ve que lo de comer es cosa principalísima, pues necesitamos unas cuantas palabras para describir esa acción.

Para don Luis la conciencia se refiere a la parte ética, al deber ser. En cambio, la consciencia equivale a darse cuenta, al conocimiento.

Marcos González-Cuevas, entro otros muchos, insiste en que “el reflejo de las luces en el mar” es rielar mejor que reverberar. Pensándolo bien, creo que yo nunca he conjugado el verbo rielar, excepto para recordar el famoso poema de Espronceda. Es como lo de gualda, que siempre decimos “amarillo” y todos nos entendemos mejor. Algunas palabras son necesarias para el lenguaje poético, para rimar.


75. El lenguaje de los medios, 8 de octubre de 2008

En los distintos medios, al hablar de incendios o de otros accidentes, ya no hay cuerpos, plantas, casas o vehículos que se queman. Ahora quedan calcinados, es decir, abrasados por completo. Realmente la más de las veces se queman o se carbonizan, pero es igual, la noticia es que aparecen calcinados. Lesmes García Caballero (Sevilla) se queja de esa reiteración en los medios. Tiene razón; resulta cansina. Peor es cuando dicen que se ha producido una deflagración, dando a entender que ha sido una intensa explosión. Como es sabido, la deflagración quiere decir realmente que ha habido llamarada sin explosión.

En un programa informativo, al comentar un accidente de tráfico, el periodista señaló que “no hubo que lamentar víctimas, aunque sí tres heridos graves”. La contradicción no se le escapó a Manuel (ilegible). Recuerdo que víctima es cualquier persona (o animal) que recibe un daño por un accidente, una calamidad, un suceso violento. A veces se dice “víctima” (mortal) para no tener que decir “muerto”.


76. Cantando la palinodia, 11 de octubre de 2004

Luis Álvaro Rubio detecta un leísmo incorrecto cuando yo digo: “A una persona en un cargo no le cesan”. Don Luis advierte que sería mejor “A una persona en un cargo no la cesan”. Tiene razón. Yo soy más bien loísta, pero el leísmo nos invade; a mí, también. Don Luis critica a no sé qué telediario por llamar “ciclones” a los “huracanes” del Caribe. Él sostiene que los ciclones asiáticos se llaman “monzones”. Mi opinión es que ciclón es el genérico, una especie de gran borrasca con vientos fortísimos y lluvias intensas. En las Antillas (mejor Antillas que Caribe) los ciclones se llaman huracanes. En Asia y el Pacífico esos ciclones son designados como tifones, pero son la misma cosa. Los monzones son algo distinto: vientos regulares, muy húmedos, que soplan en el Océano Índico. Pueden traer un exceso de lluvia, pero por lo general son benéficos.

Pues bien, al leer un emilio sobre el particular, se me trabucaron las palabras y escribí la “arteria aorta” en lugar de la “arteria carótida”. Las palabras se parecen para un profano, pero la carótida va para arriba y la aorta para abajo (después de subir un poco). En realidad, yo quería referirme a la imagen más corriente de la “vena yugular”.

Marco de Benito me rebate con una larga serie de citas literarias. Por ejemplo, “antes que el tiempo muera” de la Epístola Moral a Fabio. Suena bien, es cierto. Pero cabría la opción prosaica de “antes de que muera el tiempo”. Bueno, me siento hecho un lío. Estoy dispuesto a desdecirme. El “antes que” es más lícito y bello de lo que yo creía. Una cosa más que he aprendido.


77. En el principio era el verbo, 13 de octubre de 2004

Jesús María Ruiz-Ayúcar me recuerda la norma que muchos no siguen: el verbo adecuar se conjuga como averiguar o fraguar. Es decir, se debe decir “se adecua” y no se adecúa. Le doy la razón.

Decía yo que “el reflejo de las luces en el mar” era reverberar. Francisco Pérez Martín, Luis García Arranz, Ignacio Aguirre, Mario Bravo y Juan Curado ─de forma independiente─ me señalan que el verbo más apto sería rielar. Tienen razón. La luz reverbera sobre cualquier superficie, pero parece que lo de rielar es más propio del reverbero sobre la lámina del agua. Juan Curado especifica que es un verbo que utilizan los marineros.


78. Sentido y forma de las palabras, 15 de octubre de 2004

Javier Carrasco Garrido (Madrid) ─presumo que filólogo, pero mucho más docto que el lendakari de Extremadura─ me acompaña una completísima lección sobre el uso del lo, la, le. Resumo: (1) Lo y la se utilizan como objeto directo del verbo, sea persona, animal o cosa. (2) Le es para el objeto indirecto del verbo, también con independencia del sexo o de la especie. Por ejemplo, “¿Has visto a Pedro?” ─ Sí, lo encontré y le dije que te llamara─ ¿Y a María? ─ No, no la he visto y le han dado unas vacaciones”. Estupenda lección.

Precisamente un edificio alto oscila, se mueve, y gracias a eso, normalmente no se derrumba. Si la estructura no oscilara un poquitín, entonces es cuando se derrumbaría al menor soplo de un ventarrón. Vea usted las palmeras cómo resisten los huracanes: moviéndose, vacilando. En cambio, en esas condiciones el vidrio de un ventanal oscila poco y se rompe. Hágame caso, seor filólogo, vacilemos lo justo para no tener que bacilar o bacigalupar demasiado.


79. Sobre las batallas lingüisticas, 18 de octubre de 2004

Rafael Agüera Lizaso me coge en una falta que cometo por doquier. Escribía yo: “Con lo fácil que hubiera sido decir”. Don Rafael, con buen tino, me advierte que lo correcto debe ser: “Con lo fácil que habría sido decir”. Tiene toda la razón. Solo puedo decir en mi descargo que hice el bachillerato en San Sebastián y desde entonces tengo dentro algunos vasquismos que no logro erradicar. Por ejemplo, ese de confundir el pluscuamperfecto con el condicional. Me consuela un poco que un donostiarra de pro (y para mí el mejor novelista del siglo XX), Pío Baroja, también incurría en la misma vacilación. Trataré de enmendarme, aunque los errorcillos de origen geográfico no los considero graves.


80. Significados, 22 de octubre de 2004

Antonio García (Salamanca) quiere saber si el superlativo de “pobre” es “paupérrimo” o “pobrísimo”. Los dos valen. “Paupérrimo” es un cultismo, está bien para escritos más o menos literarios. “Pobrísimo” es como lo dice el pueblo llano y bien dicho está. Un caso parecido es el superlativo de “bueno”, que en lenguaje culto es “óptimo”, pero vale también “bonísimo” y, todavía mejor, “buenísimo”. Está por ver que, ante un apetitoso plato de cocochas, uno diga que son “óptimas”, cuando realmente están “buenísimas”.

Salvador Fontán se pregunta qué quería decir el presidente Ibarreche con lo de “no esconder la patita”, como conducta reprensible por parte del Gobierno de la nación en el asunto de los astilleros. Dice don Salvador que quizá se refiera a la conducta de los avestruces. Más bien sería de las grullas, y otras aves acuáticas, que se apoyan sobre una pata. Francamente, ignoro el sentido de la expresión en el lenguaje de Ibarreche.

Por último, don Enrique quiere saber si los apellidos que se refieren a un gentilicio (como Gallego, Aragonés, etc.) revelan una posible ascendencia judía. Es cierto que muchas familias judías en España llevan apellidos que son gentilicios, pero la correspondencia no es total. Hay otros indicios: los nombres del Antiguo Testamento, los apellidos de oficios. Lo de la sangre judía está muy mezclada en España, por fortuna. Lo nuestro es el mestizaje.


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miércoles 16 de diciembre de 2009

Lo mejor de CRÍTICA POÉTICA Y CONTRACRÍTICA (10): Desde el 12 al 19 de mayo de 2008

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74. Poesía escogida, de Mahmud Darwix, y Hombres en sus horas libres, de Anne Carson, 12 de mayo de 2008

Addison de Witt: Este libro de Mahmud Darwix, de cuya traducción no podemos opinar aunque tenemos la impresión de que la famosa musicalidad de Darwix se pierde en cualquier caso, es una buena muestra de uno de los mejores poetas árabes del momento (sólo Adonis pensamos que estaría en un nivel superior). Además, es Darwix un poeta capaz de transmitir ideas políticas y sociales sin portar ninguna pancarta y sin abandonar el lenguaje poético.

Addison de Witt: Auténtico melting pot el de Anne Carson en este libro. Acude por una parte al ya antiguo oficio de cambiar de espacio-tiempo a los mitos grecolatinos, a la intertextualidad, salvaje en ocasiones, neologismos, irracionalismos, pura posmodernidad. Una parte importante del texto difícilmente entraría en la categoría de poesía por su acentuado prosaísmo incluyendo géneros tan dispares como el cuento o el ensayo. Pero es en los momentos verdaderamente poéticos, de una clara naturaleza fragmentaria y yuxtapuesta, poemas fracturados a propósito, desubicados de su semántica y sintaxis en cada giro, en donde Carson logra los mejores momentos de su libro. En el peor de los casos, Anne Carson hace pensar, aunque no sea poesía. En casi ningún momento encontraran los lectores un ritmo poético, ni siquiera dodecafónico. Pero es de agradecer el enorme riesgo que Anne asume en cada libro.

Anonimito: Creo que cuando Obama o Hillary sean los "amos del mundo", a Adonis y Darwix se les despejará el camino al Nóbel, quizá el premio más político que existe.

Isla: Esto de publicar libros de una persona que acaba de fallecer me lleva siempre a una pregunta. ¿Quería Ángel González que esos poemas fueran publicados? Porque él dejó claro cuál era su último poemario. Me gustaría que la editorial dejara claro esto, porque quizás Ángel, como hacemos muchos poetas, escribió esos poemas para él, y no para ser publicados. Y por favor que no nos vendan el rollito homenaje cuando va a salir en la edición más cara de poesía de España. Que hay negocio importante. Y que si quisieran que de verdad fuera un homenaje lo sacarían en una edición accesible a todos los bolsillos.

Joan: Atención a la participación de poetas españoles en el festival de poesía del califato de Granada. Para los perezosos: Almudena Grandes, su esposo Luis García Montero, su amigo Benjamín Prado, su amigo Javier Rioyo, su amigo Francisco Brines, su amigo Carlos Marzal, su amigo Vicente Gallego, Chus Visor en una foto sin desperdicio, Yolanda Castaño en otra foto idem, el redactor del Ideal... Sólo faltan los reyes católicos poniendo un poco de orden.

Montse: A mí Yolanda Castaño me parece un chica muy guapa. A la vez me parece una belleza demasiado maquillada, y no porque el maquillaje sea transgresor precisamente, sino porque parece recien sacado del barrio de Salamanca. Tampoco soy experta en photoshop pero la foto podría llevar un filtro. Así lo parece al menos. Yo también uso a veces tacones y maquillaje pero no entiendo estas poses. Le quitan credibilidad a la poeta por lo artificioso. Que vaya desnuda o no, no importa porque no se ve, y tampoco sería la primera poeta que se desnuda. Pero ha habido desnudos de poetas que eran genuínos. Éste sería de laboratorio. A parte de ser chica Visor y de que no me gusta nada su poesía, no sé que hace esta mujer ahí. Pero Visor ya la llevó a un festival de poesía fuera de España. Hay poetas guapas que también son poetas buenas. Aquí se queda en lo primero, y encima resalta tanto que todavía hacer palidecer más lo segundo.

Anónimo: Discrepo con la crítica. Creo que cuando Mahmud se acerca a Lorca o a los clásicos árabes, estamos cerca del mejor Mahmud. Además creo que como poeta está muy por encima de Adonis, que se repite libro tras libro.

Anonimito: Sólo hay que ver lo que ha pasado con el control de ERC en los medios audiovisuales catalanes; la punta del iceberg fue la expulsión de la narradora (y poeta) Cristina Peri Rossi de una tertulia en la que participaba desde hacía veinte años. Hay por ahí una carta abierta con firmas de escritores, intelectuales, etc. en la que han firmado muchos de los poetas de este país (de muy diversa tendencia política, además). Lo gracioso es que he encontrado algún blog nacionalista en el que algunos piden que se vete a esos autores (la lista llevaba por entonces cientos de firmas, casi mil, si no recuerdo mal), no comprando sus obras. Es decir, el veto del PP a los productos catalanes pero al revés, con "productos culturales".

Anónimo: Los poetas variados (los grandes poetas han solido serlo), que no se repiten, que exploran siempre, no se entienden bien en España. También coincido con el compañero que opina que Darwix está muy por encima del siempre bien publicitado vendedor de incienso de nombre efébico, un poeta monocorde, repetitivo, pero que tiene un buen tenderete de productos “espirituales”.

Helena: Oiga anónimo, decir que Adonis es monocorde y repetitivo es lo más absurdo que he leído en mucho tiempo. Si en un sólo poemario tiene más voces distintas que el coro de la catedral de Burgos.

Anonimito: Anoche, conferencia de Gamoneda en el Caixaforum, Barcelona. El tema: San Juan de la Cruz. Muy buena, Gamoneda dominó la puesta en escena e hizo gala de una gran intensidad expresiva y de contenido. La tesis era que San Juan "se equivocaba al hablar de experiencia mística", que no había tal, que la confundía con la experiencia poética. Disentir de San Juan y aun corregirlo requiere humildad y ser, ante todo, un gran poeta. Frase célebre: "Soy un poeta mediano, un crítico malo y un perfecto sordo", en referencia a que había llegado tarde porque se le descolgó del oído la "máquina de escuchar" y no oyó las alarmas en la siesta. Hizo una velada referencia a ciertos ataques que ha recibido por su concepción de la poesía y por acuñar términos como "cultura de la pobreza", etc, y no perdió la oportunidad de clavar las banderillas en varias ocasiones, de manera elegante, a la poesía de la experiencia, esa "experiencia del realismo, ahora ya declinante, que ciertos poetas actuales, decimoctavos y decimonónicos, comparten".

Luego aguardé mi turno para tener las obras reunidas firmadas, que me hacía ilusión: "Para anonimito, con gratitud y amistad". :) Me sorprendió que en la fila había gente que le quería entregar sus libros (autoediciones) y manuscritos. El que había delante le pidió su dirección para enviarle sus poemas por correo. Había alguna que otra ave de rapiña entre el fervor sincero. Hombre entrañable y admirable. Salud.

Anonimito: Incluso El País decía que Zapatero se sabe de memoria poemas enteros de Gamoneda, por la amistad de este último con su padre, el presi ha crecido con Gamoneda como referente. De haber estado la derecha en el poder, es un Cervantes que Gamoneda no habría logrado, esto es un secreto a voces.


75. Chantal Maillard en Poesía en el aire, 19 de mayo de 2008

Anonimito: En la entrevista (o más bien conversación) que le han hecho en Sopa de poetes, dice Maillard: "Me dicen que soy poeta, y se equivocan".

Dlotiw: A mi modo de ver, Chantal coquetea con la disolución del género, es más, con la propia disolución del artefacto estético. Lo que pasa es que publica en editoriales de poesía y está de moda en los cotarros del género sudoroso antes conocido como Prince, perdón, poesía -si Bourdieu levantara la cabeza-. La poesía haciéndose el harakiri vende mogollón. Además, Maillard "suena" a lo que convencionalmente se espera de la poesía, y es perfecta para dar en clase.

Anonimito: En la línea tarkovskiana, ensayaré otra definición de poesía: "lenguaje que piensa y recrea el mundo desde varios estratos de lo senti-mental" (entendiendo que lo sentimental es mental y lo mental-racional también es una categoría de la emoción. vg: razón poética o estética, etc).

Helena: Realmente lo que menos me ha gustado, y que nadie ha comentado, es mezclar Visor con Tusquets. Tusquets tiene un nivel medio alto. Por supuesto que de vez en cuando publican cosas infumables (y no publican cosas que deberían de publicar porque no asumen ni un sólo riesgo con poetas más jóvenes, a pesar del dineral que tienen). Visor para mí es justo lo contrario. Hace muchísimo tiempo que no leo nada bueno suyo en lo que a poesía española se refiere. Hace un par de días vi a don Chus en una presentación en la que participaba Montero. Y allí salieron los dos cuando acabó, Visor como si fuera el guardaespaldas de Montero, y se fueron claro, hacia la nada, la nada de otro premio, o de otro palabra de honor, nombre que me hace esbozar una ligera sonrisa. Es una impresión subjetiva, pero la forma de hablar bajo entre ellos, la forma de mirarse, de salir, a esta sensible mujer, le daba un poco de miedo.


76. Fernando Beltrán, Mujeres encontradas, 19 de mayo de 2008

Addison de Witt: Fernando Beltrán es un poeta de talento, y aunque la prosa poética no sea el terreno en el que mejor se desenvuelve, y tenga libros muy superiores a éste, "Mujeres Encontradas" se lee con interés y está lleno de poesía en los lugares más insospechados

Anónimo: Beltrán debería de haber ganado el premio Adonais con "Aquelarre en Madrid" cuando lo ganó Garcia Montero. Tan sólo le dejaron ser accésit.

Helena: Bueno, cuando ganó Montero el Adonáis en el 82 por "El jardín extranjero", ya era una persona poderosa y con influencias celestiales (está siendo un reinado largo, y lo que nos queda). Aquelarre, sin embargo, tuvo más fama, al menos en Madrid, donde formó parte, o así me lo han contado, de la movida. Yo lo leo ahora y la verdad es que está lleno de lo que para mí son fallos, también hay enormes aciertos, pero sin duda representó una oleada de aire nuevo en la poesía española, un camino arriesgado que desgraciadamente el poeta no ha seguido manteniendo en sus siguientes poemarios, demasiado afectados por un donjuanismo que en mi caso produce cierto rechazo, o una poesía social que el poeta no domina del todo. Creo que donde mejor se mueve el autor es, curiosamente, en el dolor. Pero Aquelarre es un libro importante para entender la poesía española de los 90, sin duda.

Ana: Hay algo que diferencia a Fernando de otros poetas de su generación. Salvo por el Adonáis, nunca más volvió a querer saber nada de premios. Incluso ha publicado en Hiperión varias veces y jamás se ha metido en rollos de premios. Es tan buen poeta como buena gente y su actitud ética le honra.


FUENTE: Crítica poética y contracrítica
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miércoles 9 de diciembre de 2009

Carta de Rodez - ANTONIN ARTAUD

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Rodez, 22 de septiembre de 1945

Al señor Henri Parisot.

Querido amigo,

No he traducido a Jabberwocky. He tratado de traducir un fragmento pero me aburrió. No me ha gustado nunca ese poema que me pareció siempre de un infantilismo afectado; me gustan los poemas que han brotado y no los lenguajes buscados. Yo quiero, cuando escribo o leo, sentir estirarse mi alma como en la Carroña, la Mártir o el Viaje a Citerea de Baudelaire. No me gustan los poemas o los lenguajes de superficie y que respiran felices ocios y logros del intelecto, apoyándose éste sobre el ano pero sin poner en ello alma o corazón. El ano es siempre terror, y yo no admito que se pierda un excremento sin desgarrarse por perder en ello también el alma, y no hay alma en Jabberwocky. Todo lo que no es un tétano del alma o no viene de un tétano del alma como los poemas de Baudelaire y de Edgar Poe no es verdadero y no puede ser recibido en la poesía. Jabberwocky es la obra de un castrado, de una especie de mestizo híbrido que ha triturado la conciencia para hacer salir de ella algo escrito, allí donde Baudelaire ha hecho salir escaras de afasia o de paraplejia y Edgar Poe mucosas ácidas como ácido prúsico, como ácido de la alcoholía, y eso hasta el envenenamiento y la locura. Porque si Edgar Poe fue encontrado muerto una mañana al borde de una vereda en Baltimore, no es en una crisis de delirium tremens debida al alcohol, sino porque algunos soeces que odiaban su genio y no querían su poesía lo han envenenado para impedirle vivir y manifestar lo insólito, horrífico dictamen que se manifiesta en sus versos. Uno puede inventarse su lengua y hacer hablar la lengua pura con un sentido fuera de lo gramatical pero es necesario que ese sentido sea válido en sí, es decir que venga del pavor — pavor esa vieja sierva de pena, ese sexo de cepo enterrado que saca sus versos de su enfermedad: el ser, y no soporta que se lo olvide. Jabberwocky es la obra de un aprovechador que ha querido intelectualmente alimentarse, él, harto de un convite bien servido, alimentarse del dolor de los otros. Y eso no se ha visto nunca en su poema y nadie lo ha dicho nunca. Pero yo lo digo porque lo he sentido. Cuando se cava la caca del ser y de su lenguaje, es necesario que el poema huela mal, y Jabberwocky es un poema que su autor se ha guardado bien de mantener en el ser uterino del sufrimiento donde todo gran poeta se ha mojado y donde, acostándose, él huele mal. Hay en Jabberwocky pasajes de fecalidad, pero es la fecalidad de un snob inglés, que riza en él lo obsceno como bucles en tenacillas calientes, como de una suerte de explorador de lo obsceno que se guarda bien de ser obsceno, él, como Baudelaire en su afasia terminal o como Edgar Poe sobre su boca de cloaca la mañana en que fue encontrado muerto de una apoplejía de ácido prúsico o de cianuro de potasio. Jabberwocky es la obra de un flojo que no ha querido sufrir su obra antes de escribirla, y eso se ve. Es la obra de un hombre que comía bien, y eso se siente en su escrito. Me gustan los poemas de los hambrientos, de los enfermos, de los parias, de los envenenados: François Villon, Charles Baudelaire, Edgar Poe, Gérard de Nerval, y los poemas de los supliciados del lenguaje que están en pérdida en sus escritos, y no de aquellos que se afectan perdidos para instalar mejor su conciencia y su ciencia y la pérdida y lo escrito. Los perdidos no lo saben, balan o braman de dolor y de horror. Abandonar el lenguaje y sus leyes para retorcerlos y pelar la carne sexual de la glotis de donde surgen las acritudes seminales del alma y los lamentos del inconsciente está muy bien, pero a condición de que el sexo se sienta como un orgasmo de insurgente, perdido, desnudo, uterino, lastimoso también, inocente, asombrado de que se lo repruebe, y que no aparezca, ese trabajo, como el éxito de una carencia donde el estilo hiede en cada ángulo de sus discordancias los olores a rancio de un espíritu harto, porque el hombre se ha hartado bien, aún cuando su carencia como en Jabberwocky es provocada como un alimento fortificante de más. Me gustan los poemas que hieden a carencia y no las comidas bien preparadas. Y tengo contra Jabberwocky alguna cosa más. Es que yo he tenido desde hace bastantes años una idea de la consunción, de la consumación interna de la lengua, por exhumación de yo no sé qué torpes y crapulosas necesidades. Y he, en 1934, escrito todo un libro en ese sentido, en una lengua que no era el francés, pero que todo el mundo podía leer, cualquiera fuese la nacionalidad a que perteneciera. Ese libro desgraciadamente ha sido perdido. Fue impreso en muy pocos ejemplares, pero influencias abominables de personas de la administración, de la iglesia o de la policía se han interpuesto para hacerlo desaparecer, y no quedó más que un ejemplar que yo no tengo pero que quedó entre las manos de una de mis hijas. Catherine Chile. Ella era enfermera en 1934 en el hospital Saint-Jacques, donde preparaba su título de medicina. Yo la veo sin cesar alrededor mío y sé que ella hace en este momento lo imposible para llegar a Rodez, pero no sé ya exactamente dónde está, quiero decir donde está de ese viaje hacia mí. Yo no creo que todo eso pueda parecerle novela ahora que usted ha visto las hordas de espíritus asesinos que remolinean alrededor mío para impedirme trabajar, y de usted, para impedirle ser.

Le pido que publique esta carta que André Bretón hubiera publicado, seguramente, hace veinticinco años, con alegría, en la Revolución Surrealista. Hoy, ella no hará ya tanto escándalo, pero hay muchos maleficios flotando en el aire a través de todas las conciencias para insinuar que sus ideas son débiles y que se necesita un crítico de otro temperamento que yo para tocar a Jabberwocky. Pero estoy seguro de que un lector de mis obras postumas (piense, hombre!) dentro de algunos años la comprenderá — porque es necesario el retroceso del tiempo o las bombas para juzgar la situación como conviene.

Habiendo escrito un libro como Letura d'Eprahi Talli Tetr Fendi Photia O Fotre Indi, no puedo soportar que la sociedad actual que no cesa usted de sufrir como yo, no me deje ya más que la latitud de traducir otro hecho a su imitación. Porque Jabberwocky no es más que un plagio edulcorado y sin acento de una obra escrita por mí y que han hecho desaparecer de tal suerte que yo mismo sé apenas lo que hay adentro.

He aquí algunos ensayos de lenguaje a los cuales el lenguaje de ese libro antiguo debía parecerse. Pero no se los puede leer sino escandidos, sobre un ritmo que el lector mismo debe encontrar para comprender y para pensar:


rutara ratara ratara
atara tatara rana

otara otara katara
otara ratara kana

ortura ortura konara
kokona kokona koma

kurbura kurbura kurbura
kurbata kurbata keyna

pesti anti pestantum putara
pest anti pestantum putra


pero esto no es válido si no surge de un golpe; buscando sílaba a sílaba no vale más nada, escrito aquí eso no dice nada y no es más que ceniza; para que eso pueda vivir escrito es necesario otro elemento que está en ese libro que se ha perdido.

Los próximos acontecimientos volverán a poner todo eso a punto.



Antonin Artaud (Francia, Marsella, 1896 - Ivry-sur-Seine, 1948)
(Traducción de Rodolfo Alonso)



Nota: "Jabberwocky" es un poema sin sentido escrito por el británico Lewis Carroll, quien lo incluyó en su obra "Alicia a través del espejo", en 1872. Jabberwocky es generalmente considerado como uno de los mejores poemas sin sentido escritos en idioma inglés.


FUENTE: Biblioteca Marcelo Leites, 16 de octubre de 2008
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lunes 7 de diciembre de 2009

La muy crítica crítica, de JAVIER MARÍAS

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En varias ocasiones, más en entrevistas que por escrito, me he referido al lamentable o crítico estado de la crítica literaria en España, aunque los adjetivos deberían hacerse extensivos a la cinematográfica y puede que a otras que leo poco. He solido recibir por ello reproches e imprecaciones de críticos, de subcríticos y de colegas escritores, apoyados siempre en la argumentación más taimada y a la vez ramplona que darse pueda, a saber: ¿Cómo se atreve a criticar a la crítica un autor que en general ha sido muy bien tratado por ella? Se delataban así mis amonestadores, que sólo parecen concebir que un escritor hable de lo que atañe a todos según le vaya a él en la feria. Precisamente porque la crítica ha sido más bien generosa con mis libros me he permitido calificar de lamentable y crítico su actual estado. De haberles sido más bien adversa, me habría abstenido, no fuera a tacharse mi opinión entonces de agraviada y vengativa. Lo cierto es que así sigo pensando de la crítica o de los críticos -el matiz es irrelevante-, con cuantas excepciones se quieran; y por eso me aventuro ahora a exponer unas "reglas del juego" que afectarían tanto a los escritores o artistas como a sus jueces públicos. No pretendo, desde luego, que nadie las respete ni las tome siquiera en cuenta, ni otorgarles más valor del que pudieran merecer las que expusiera cualquier otro, es decir, más valor que el subjetivo. Son tan sólo las que creo que deberían observarse; algunas tan elementales que sería fácil acusarme de descubrir mediterráneos. Si hay que hablar de ellas y enumerarlas -eso es lo grave-, es porque rara vez se cumplen. Lo más probable es que yo mismo haya incumplido algunas, pero eso no sería óbice para propugnarlas. Como siempre en estos casos, esas reglas se formulan más como prohibiciones o disuasiones que como obligaciones, esto es: por la vía negativa.

1. Un novelista no debería hacer nunca crítica de novela, ni un poeta de poesía, sobre todo de las de sus compatriotas. Juzgar públicamente la labor de otros cuando también es la propia presupone que si uno es capaz de señalar los defectos y talentos ajenos, posee la llave para no incurrir en los primeros y saber que cuanto da a la imprenta encierra de los segundos. Es por tanto un acto de soberbia, dejando la inelegancia aparte. Que en la mayoría de países se dé esta práctica -que en los Estados Unidos escriban críticas Updike o Barth o Sontag; en Francia Dominique Fernández o Angelo Rinaldi- no la hace justificable, sino que muestra tan sólo que lo indebido ocurre en todas partes.

2. Por si no bastara este argumento, cabe añadir que esa costumbre propicia dos tentaciones por igual indeseables: la alabanza o favor mutuos; la represalia, el ojo por ojo, la venganza.

3. Si quien es sólo crítico pase un día, como sin cesar sucede, a ser poeta o novelista publicado, debe abandonar al instante el ejercicio de la crítica y no regresar a él más que si renuncia a sus novelas o poesías, y no temporalmente -sería alternar ventajas-, sino para siempre.

4. Si un crítico publica libros, del género que sean, en una editorial determinada, a partir de ese momento debe abstenerse de reseñar obras que su editorial publique. Con ello no sólo evitará parecer lo que parecen tantos -agentes de promoción de algunas casas-, sino que se ahorrará problemas con su editor si, honrado, se atreviera a denostar un producto suyo.

5. Los críticos no deberían tratar a los autores, menos aún a los editores. Menos probabilidades de que los primeros "compren" a sus jueces -o así parezca-, ya que la inversión sería muy alta por proteger unos cuantos libros, los que escriben. La inversión de los segundos sería más plausible y más rentable, pues protegerían centenares de títulos, los que editan. Lo mismo sería aplicable, en cine, a directores y productores.

6. Los críticos han de ser sinceros. Ésta es sin duda la mayor obviedad de todas, también la más incumplida. Han de tener bien presente que fingir gusto por lo despreciado, o reprobación hacia lo estimado, es extremadamente difícil, hay que ser un verdadero artista para lograrlo. Dicho de otro modo, han de saber que el elogio insincero se percibe insincero, como la condena esforzada se percibe forzada. El placer o el fastidio que procuran una película o un libro -a lo largo de un mínimo de dos horas- son demasiado agudos para que no se trasluzcan a través de las traicioneras palabras. Hay críticas sembradas de elogios que el lector sabe rutinarios y huecos, "dictados", y las hay llenas de denuestos que el lector nota impostados o inducidos, "sobrevenidos" y aun ordenados. Esas críticas no son sólo corruptas, sino sobre todo inútiles. Un crítico puede o no estar preparado, acertar o equivocarse, ser un lince o un mendrugo. Pero necesita decir lo que piensa, porque si esto falla -y falla tan a menudo que resulta un escándalo-, su crítica no interesa, ni tan siquiera engaña, y nace muerta.

7. Los motivos posibles para esa insinceridad o corrupción no son pocos. Un crítico debe ocuparse de la obra, no del autor de la obra. Los de nuestro país no osan reconocer casi nunca que es horrible, o floja, la nueva novela o película de quien las hizo buenas o goza de prestigiosa bula y de vasallaje, si son muy desfachatados, hablarán de una nueva obra maestra. Si no tanto, escamotearán su negativo o tibio juicio rememorando pasadas proezas y atravesando de puntillas el recentísimo adefesio. Asimismo callarán las virtudes de quien esté mal visto o merezca ser "castigado". Y el crítico debe siempre exponer su verdad, tan educada y respetuosamente como le convenga.

8. Práctica muy habitual en España es defenestrar a un autor para complacer o halagar o rendir pleitesía a otro, enemigo del primero. El crítico sabe que si elogia al escritor A, a quien el autor B tiene tirria o juzga pésimo, B no sólo va a burlarse de él o a reprochárselo, sino quizá a echárselo en cara como si lo hubiera ofendido personalmente. Es éste un país desleal en el que mucha gente exige lealtades descabelladas. Y un crítico no debería jamás ceder a semejantes exigencias, ni al ataque ni a la loa por asimilación ni "contagio".

9. Si un crítico ha tenido un encontronazo o polémica con un escritor, sólo le cabe abstenerse en el futuro de reseñar sus libros. Porque si los pone mal, parecerá venganza. Y si bien, que quiere reconciliarse o hacerse perdonar o congraciarse. Si además de la apariencia se diera el hecho, ese crítico sería un corrupto que aprovecharía su poder efímero para ajustar cuentas personales.

10. Un crítico no debe aceptar indicaciones ni imposiciones del medio para el que escribe. Si un autor publica artículos en un periódico, es probable que los de la competencia maltraten sus libros por sistema, o les hagan caso omiso. De la misma manera, es común que los de los columnistas propios sean invariable y monográficamente ensalzados. Esto ocurre sin rubor ni pausa, más en unos diarios que en otros, o en unos con mayor descaro.

11. Un escritor no debe responder jamás públicamente al crítico de su obra. En privado, sólo si se da la circunstancia de que lo conoce de antemano y lo hace a título personal (dar escuetamente las gracias es otra cosa). Al publicar su novela o su poesía o su ensayo, el autor los expone por su voluntad a la opinión ajena y, por inepta o injusta que le parezca la de un crítico, ha de callar públicamente (en su casa puede hacerle vudú si quiere). Cualquiera, no sólo el reseñista, está en su derecho a opinar lo que se le antoje sobre lo que le fue ofrecido. El artista puede enfadarse, y se enfadará de hecho, pero en su estudio o en la tertulia. Porque no está facultado para discutir con objetividad y ante testigos sobre lo que ha creado.

12. El escritor no debe mencionar por su nombre a ningún crítico, ni para alabarlo ni para maldecirlo. Si hace lo primero, dará la impresión de que le está agradeciendo un favor pasado o trabajándose uno futuro. Si lo segundo, parecerá que se está resarciendo de algún varapalo.

13. Sólo hay dos excepciones a esta regla. Si el crítico, en vez de analizar la obra, se ha dedicado a la disección del autor y a soltar sobre él falsedades, éste tendrá tanto derecho a responderle y desmentirle como si el calumniador no fuera un crítico o supuesto crítico. Esta excepción podría darse con frecuencia en España, donde se leen numerosas invectivas, ad hominem, que ni merecen el nombre de críticas.

14. La segunda excepción es legítima cuando un crítico acusa erróneamente a un autor de cometer un error concreto. Por ejemplo, un tal Senabre culpó una vez a mi escritura de un despropósito suyo de lectura, creyendo que un hijo hipotético e inexistente del narrador era el mismo niño que un hermano muerto de éste, una falta de atención imperdonable que descalifica al crítico por partida doble, por leer mal y por acusar en falso; y así es permitido rebatirle su injusticia. No lo sería nunca, en cambio, discutir o desautorizar su juicio de valor, por negativo que fuera.

15. Un crítico no debe rebajarse a señalar en detalle supuestas incorrecciones o faltas del autor, como si en vez de ejercer su alto oficio estuviera corrigiendo exámenes de párvulos con lápiz rojo. En primer lugar, porque quienes lo hacen yerran con demasiada frecuencia. En segundo, porque en literatura es difícil saber qué es una incorrección y qué una transgresión, una opción estética deliberada (para algunos de esos vigías no existirían la hipérbole ni la metáfora, no habría erotesis ni aposiópesis ni catacresis ni hipálage, no habría literatura). Y en tercero, porque, perdiéndose en esas minucias, producen una impresión de absoluta impotencia, como si no tuvieran ni una idea con qué llenar la página (uno de ellos dedicó catorce líneas una vez, catorce, a reprocharme un desliz léxico).

16. Si los escritores no son gremiales ni solidarios, los críticos sí lo son, lo cual acentúa la diferencia entre unos y otros que los segundos a menudo quieren negar, considerándose tan "creadores" como los primeros. Los críticos, así pues, no deberían reaccionar corporativamente si un escritor los enjuicia de manera negativa en su conjunto. Sería alarmante que muchos se dieran por aludidos, como ha ocurrido otras veces, cuando uno se está refiriendo tan sólo a bastantes. Insisto en que estas "reglas" son subjetivas y elementales. Pero quien lea suplementos y revistas literarias o cinematográficas, quien vea programas librescos y frecuente la crítica universitaria, quien asista a cursos de verano y a presentaciones de libros y fallos de premios y a festivales y estrenos de teatro y cine, será capaz de responderse si alguna de ellas se cumple.

17. Olvidaba una última que se expresa como duda: un escritor, probablemente, no debe exponer "reglas del juego" entre críticos y criticados. Si esto fuera cierto, deberían arrojar de inmediato este artículo a la papelera.


FUENTE: JAVIER MARÍAS, Literatura y fantasma, Alfaguara, Madrid, 2001, págs. 223-229
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viernes 27 de noviembre de 2009

Marsé, vestido de pingüino, de ARTURO PÉREZ-REVERTE

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Hace unas semanas, como ustedes saben, Juan Marsé recibió el premio Cervantes. Zanjaba así la cultura española una deuda, largo tiempo aplazada, con uno de los dos clásicos de la Literatura que todavía nos quedan vivos -el otro es Miguel Delibes, y ya lo tenía-. No asistí al acto de Alcalá de Henares porque nunca lo hago. Allí no pinto nada, y me ahorro estrechar ciertas manos. Pero me gustó ver, en las fotos y el telediario, al viejo león, con su cara de boxeador curtido, peripuesto de chaqué, corbata, chaleco y pantalón rayado. En el discurso y las declaraciones, por supuesto, siguió fiel a sí mismo: independiente, bravo y un punto chuleta, sin cortarse un pelo ante los expertos en mamadas profesionales, los oportunistas y los cantamañanas de guardia. El indumento no hace al cortesano. Con premio Cervantes o sin él, Marsé sigue siendo Marsé. Por eso admiro y respeto tanto, además de por sus novelas inmensas, a ese duro cabrón.

Pero mi satisfacción tenía también otras causas. Por primera vez desde hace tiempo, el Cervantes se ha concedido de forma limpia, irreprochable y justa. Es una novedad como para tirar cohetes. Y eso hago hoy. Esto no quiere decir que todos los premiados en los últimos diez o quince años fuesen indignos de él. Ojo. Pero es cierto que esa distinción, la más alta de las letras hispanas, se había convertido, con irritante frecuencia, en instrumento de los sucesivos ministerios de Cultura y sus correspondientes Gobiernos -lo mismo del Pesoe que del Pepé- para otorgar mercedes según los intereses políticos de cada cual, amiguetes de presidentes incluidos, montando paripés y enjuagues descarados con candidatos que eran ganadores designados de antemano. La estructura del jurado, ocho de cuyos once miembros nombraba el Gobierno, daba a éste la decisión final. Así se explica que el nombre de Juan Marsé estuviera siempre entre los finalistas y no saliera nunca; que Francisco Umbral -como novelista era inexistente, pero como hombre de letras su magisterio fue indiscutible- tardase muchos años en conseguir el premio; que Javier Marías, otro eterno y más joven finalista, no lo tenga todavía, y que algunos nombres de escritores mediocres, más cercanos a la oportunidad política que al prestigio literario, figuren en la nómina de premiados junto a otros de prestigio incontestable.

Nada de esto lo sé de oídas. Hace algunos años, en un momento más ingenuo de mi vida, fui dos veces jurado del Cervantes. Las dos voté por Marsé. Las dos asistí, desconcertado e impotente, a manipulaciones vergonzosas y falsas deliberaciones sobre ganadores decididos de antemano. Y juré no volver más. De cualquier modo, conmigo o sin mí, todo habría seguido igual de no ser porque la Real Academia Española, que preside oficialmente el jurado y avala el premio con su prestigio a ambas orillas de la lengua española, se plantó la última vez, negándose a seguir dando cobertura a semejante golfería. El entonces ministro de Cultura, César Antonio Molina, estuvo de acuerdo; y uno de sus primeros y dignos actos administrativos fue modificar la composición del jurado del Cervantes, con objeto de que la elección fuese limpia y libre de sospecha. El resultado está a la vista: en la primera votación con jurado independiente salió elegido Marsé, que siempre caía en la final, a veces -no todas, insisto- ante nombres que no cito aquí, pero que no puedo evitar me den mucha risa. Tía Felisa.

Es una pena que al ministro Molina lo hayan fumigado sin darle tiempo a meter mano, también, a otra aberración manifiesta: los Premios Nacionales de Literatura, cuyas deliberaciones anuales responden -no siempre, pero sí a menudo- a criterios de política territorial, reparto y satisfacción de poderes autonómicos, más que a elementos objetivos. A intereses de bloques periféricos frente a criterios literarios realmente nacionales. Pero en el turbio mundo de las honras y premios hispanos, sean institucionales o privados, algo es algo. El Cervantes, al menos, discurre ahora por senderos de justicia. Juan Marsé vestido de pingüino en Alcalá y codeándose, a regañadientes pero sin remedio, con la realeza y la política -esa ministra de Cultura hablando de lectores y lectoras, y tuteándolo en el discurso oficial como si fueran compadres de toda la vida- es evidente prueba de ello. Ser un clásico vivo, como dije antes, tiene sus inconvenientes. Pero en cualquier caso, ya era hora. Recuerdo que, cuando le concedieron por fin el premio, le puse al viejo luchador un telegrama con estas palabras: "Enhorabuena, maestro. Todo llega al fin, incluso en este país de hijos de puta". Quise enviarlo por teléfono, pero la empleada se negó a aceptarlo. No podemos, dijo, aceptar telegramas telefónicos con palabras malsonantes. De nada me sirvió argumentar que no se puede calificar de malsonante el término que con mayor precisión histórica y social define, más o menos, a media España. La chica se mantuvo firme. Así que tuve que salir a la calle y buscar una oficina de Telégrafos.

FUENTE: Lanacion.com, 6 de junio de 2009
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miércoles 25 de noviembre de 2009

Onomatopeyas españolas (1): De la palabra a la onomatopeya

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abejas, Zumbido de zzzzzzzz
aceleración de motocicleta ¡brrrum, brrrum!
agua, Burbujas del ¡glu, glu, glu!
agua, Golpe contra el ¡paf!; ¡zas!
agua, Gota de ¡ploc!
ajeo de la perdiz ¡aj, aj, aj!
ambulancia, Sirena de ¡uuuuh, uuuuh!; ¡niinoo, niinoo!
ametralladora ¡ra-ta-ta-ta!, ¡ra-ta-ta-ta!
aplausos ¡plas, plas!
asco ¡aj!; ¡puaj!
aullido del lobo ¡auuu!
aullido del perro ¡auuu!
balido de la oveja ¡beee!
bebé, Llanto de un ¡bua, bua!
beso chuic; ¡muá!
bofetada ¡zas!; ¡paf!
bomberos ¡uuuuh, uuuuh!; ¡niinoo, niinoo!
buey, Mugido del ¡muuu, muuu!
burbujas del agua ¡glu, glu, glu!
caballo, Relincho del ¡hiiii, hiiii, hiiii!
caída ¡catapumba!; ¡pumba!
campana ¡talán, talán!; ¡tolón, tolón!; ¡tan, tan!
campanas, Repique de ¡din don dan!, ¡din don dan!
campanilla ¡tilín, tilín!; ¡tintín, tintín!
canto de los pájaros y pollitos ¡pío, pío, pío!
canto del gallo ¡quiquiriquí!
cañón, Disparo de ¡pum!; ¡buuum!
cañonazo ¡pum!; ¡buuum!
carcajada ¡ja, ja, ja!; ¡je, je, je!; ¡ji, ji, ji!; ¡jo, jo, jo!
carraspeo ¡ejem, ejem!
castañuelas, Redoble de ¡ria-pitá!
cencerro ¡tolón, tolón!
cerdo, Gruñido del ¡oenc, oenc!; ¡oinc, oinc!
chapoteo ¡chap, chap!; ¡chop, chop!
chasquido ¡chas!; ¡zas!
claxon ¡piiii!, ¡piiii!
cloquear de la gallina ¡cloc, cloc!
coche policial ¡uuuuh, uuuuh!; ¡niinoo, niinoo!
comer ñam, ñam, ñam
conversación ininteligible bla, bla, bla
corneta ¡tururú!
cornetín de órdenes ¡tararí!
cristal contra cristal ¡chin-chin!; ¡tintín!
cuco o cuclillo ¡cu-cu, cu-cu!
desperezarse ¡oaaa, oaaa!
disparo de cañón ¡buuum!; ¡pum!
disparo de escopeta ¡pum!
disparo de fusil ¡pum!
disparo de pistola ¡bang!; ¡pam, pam!
dolor, Grito de ¡ay!
dormir zzz, zzz, zzz
escopeta, Disparo de ¡pum!
espadas que entrechocan ¡chis, chas!; ¡chischás!
estallido fuerte ¡buuum!
estallido pequeño ¡tric!; ¡tris!
estornudo ¡achís!
explosión ¡buuum!; ¡pum!
fusil, Disparo de ¡pum!
gallina co, co, co
gallina, Cloquear de la ¡cloc, cloc!
gallo, Canto del ¡quiquiriquí!
ganso on, on
gato, Maullido del ¡miau, miau!
gato, Ronroneo del rrr rrr rrr
golpe (en general) ¡cataplam!, ¡cataplán!; ¡cataplum!, ¡cataplún!, ¡catapum!; ¡plum!; ¡pum!
golpe contra el agua ¡paf!; ¡zas!
golpe en la puerta ¡toc, toc!; ¡tras, tras!; ¡pon, pon!
golpe contra el suelo ¡plaf!; ¡clonc!
golpe sobre el yunque ¡tan, tan!
golpes repetidos ¡zis, zas!
gota de agua ¡ploc!
grillo ¡cri, cri!
grito de dolor ¡ay!
gruñido ¡gr...!
gruñido del cerdo ¡oenc, oenc!, ¡oinc, oinc!
hipo ¡hip!
ladrido del perro ¡guau, guau!
líquido, Trasiego de ¡glu, glu, glu!
llanto de un bebé ¡bua, bua!
lluvia suave plic, plic
lobo, Aullido del ¡auuu!
maullido del gato ¡miau, miau!
motocicleta, Aceleración de ¡brrrum, brrrum!
muelles del colchón ¡ñeeec, ñeeec!
mugido de vaca o buey ¡muuu, muuu!
objetos, Rotura de ¡crag!
oca on, on
oveja, Balido de la ¡beee!
pajarito ¡pío, pío!, ¡pío, pío!
pájaros, Canto de los ¡pío, pío, pío!
pato, Parpeo del ¡cua, cua, cua!
pavo ¡gluglú!
péndulo del reloj tic-tac, tic-tac, tic-tac
perdiz, Ajeo de la ¡aj, aj, aj!
perro, Aullido del ¡auuu!
perro, Ladrido del ¡guau, guau!
pistola, Disparo de ¡bang!
pito ¡piiii!, ¡piiii!
pollitos, Canto de los ¡pío, pío, pío!
puerta, Golpes en la ¡toc, toc!; ¡tras, tras!
puñetazo ¡zas!
rama que se quiebra ¡crac!
rana ¡croac!
rasgadura ¡ris ras!; ¡tris!
ratón (de ordenador) clic
rebuzno ¡hiaaa, hiaaa!
redoble de castañuelas ¡ria-pitá!
relincho del caballo ¡hiiii, hiiii, hiiii!
reloj, Péndulo del tic-tac, tic-tac, tic-tac
repugnancia ¡aj!
risa abierta ¡ja, ja!
risa astuta ¡je, je!
risa contenida ¡ji, ji!
risa socarrona ¡jo, jo!
roce de seda contra seda frufrú
ronquido rrrrrrrrr
ronroneo del gato rrr rrr rrr
rotura de objetos ¡crag!
seda contra seda frufrú
silencio ¡chist!; ¡chiss!; ¡chsss!
sirena de la ambulancia ¡uuuuh, uuuuh!
somier, Muelles del ¡ñeec, ñeec!
suelo, Golpe contra el ¡plaf!; ¡clonc!
tambor ran rataplán; tantarán; tantarantán
teléfono ¡riiin, riiin!
timbre ¡rin, rin!
toque de trompeta ¡tarara!; ¡tarará!; ¡tararí!; ¡tururú!; ¡turututú!; ¡tuturutú!
trasiego de líquido ¡glu, glu, glu!
vaca, Mugido de la ¡muuu, muuu!
viento sss sss sss
yunque, Golpe sobre el ¡tan, tan!
zumbido de abejas zzzzzzzz .
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FUENTE: JOSÉ MARTÍNEZ DE SOUSA, Manual de estilo de la lengua española, Ediciones Trea, 2001, Gijón, pág. 442-443

lunes 23 de noviembre de 2009

Fragmentos (1) de LA LITERATURA COMO BLUFF, de JULIEN GRACQ

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Francia, que desconfió durante tanto tiempo de los billetes de banco, es en literatura el país dilecto de los valores fiduciarios. Los franceses, a quienes les cuesta muchísimo imaginarse a sus líderes políticos como no sea con la forma de la hilera de cabezas de un pimpampum, creen a pies juntillas, fiándose de palabras de honor, en sus grandes escritores. Los han leído poco. Pero les dijeron que eran grandes, se lo enseñaron en la escuela: y decidieron sin más apelación ir a saciar a otra parte sus curiosidades insidiosas. Leen poco, aunque saben que la esencia de su país reside en ser grande por obra y gracia de las creaciones del intelecto. Saben que siempre hubo en ese país grandes escritores, tal y como supieron hasta 1940 que el ejército francés era invencible.

Una sensación de desvalimiento, de incertidumbre, de distancia entre ellos y el público va despuntando en muchos escritores, y algo así como la desagradable impresión de caminar por un tablón podrido (¿cuántos, de entre los más conocidos, considerarían hoy en día, sin que cierta angustia les oprimiera el corazón, la posibilidad de ese experimento que les proponía tiempo ha Paul Morand, el de convocar un buen día a sus fieles lectores a las ocho de la mañana en la plaza de la Concorde?).

Diríase que en la retina del crítico moderno han aumentado muchísimo los puntos ciegos: allí donde a un colega del otro bando lo deslumbra una luz cegadora, él no ve nada la mayor parte de las veces, literalmente nada. Por un lado, Gide, Claudel, Breton, Sartre, Malraux o Camus; por el otro, Aragon, Elsa Triolet, Guillevic, Laffitte, Madeleine Riffaut, Simone Téry, Kanapa: disensiones tan continuas y tan graves está claro que no dependen ya de la distancia normal entre las piernas del compás del gusto individual, sino únicamente de la transfiguración de la fe.

La producción de extrema izquierda se ha replegado en la actualidad, le guste o no, hacia una de esas formas marginales (como la apologética) de las que la literatura no debe hacer caso omiso por completo, pero que, puesto que dejan de lado cualquier desvelo estético en provecho de la exaltación de la fe, no pueden ser, hablando con propiedad, parte de la ya citada literatura.

Es posible que nunca haya estado el regazo innúmero del público tan devotamente presto de antemano a acoger el primer vagido sagrado como lo estuvo en 1944. No obstante, el arca apenas se abría; sólo estábamos en la etapa de los relámpagos precursores; había que esperar –por si las moscas, las revistas montaban, en las inmediaciones de los Santos Lugares, más y más tenderetes nuevos, hacían gala de amplitud de miras y organizaban colectas– y la gente se equipaba como si hubiera que alojar a la estirpe de los dientes del dragón entera. Pasaron los meses y los años; llegó el cansancio y se pasó la borrachera; nos frotamos los ojos: teníamos delante un espectáculo burlesco: unos jockeys del Gran Premio subidos en unas babosas.

El francés se cataloga por la forma que tenga de hablar de literatura y es éste un tema en el que no tolera que lo pillen de improviso: hay nombres que, cuando aparecen en una conversación, se supone que tienen que desencadenar en él una reacción automática, como si le preguntasen por la salud o por los asuntos personales –tan vivamente lo siente–; nota a la perfección que se trata de temas en los cuales es inconcebible que no tenga algo que decir. Con lo cual sucede que la literatura en Francia se escribe y se critica con un fondo sonoro que sólo a ella caracteriza y del que seguramente es imposible separarla del todo: el runrún de una muchedumbre sobreexcitada e inestable, y algo así como el murmullo febril de una Bolsa de valores perpetua.

Cuando el escritor francés empieza a publicar, ya no deja nunca de escribir, como tampoco el actor deja de interpretar mientras pueda evitarlo; todavía no ha dejado este país de quedarse con la boca abierta ante el escándalo Rimbaud, mientras que, por el contrario, en Norteamérica no hay nada más frecuente que ver a un escritor cambiar de ocupación.

Si empiezo por decir (y eso es lo que hago), aduciendo una preferencia en bruto y visceral, que daría casi toda la literatura de los diez últimos años a cambio del único y casi desconocido libro de Ernst Jünger Sobre los acantilados de mármol, o que la única novela francesa que me interesó desde la Liberación es una obra ignorada de Robert Margerit, Mont Dragon, no por ello deja de ser cierto que me canso enseguida de repetirlo: la gente puede tolerar una vez o dos que me divierta o que “provoque”; pero si insistiera, me tomarían por persona atrabiliaria.

Al final, acabamos por ceder; existen, en literatura, plazas envidiables que se reparten lo mismo que esas carteras ministeriales que van a dar a manos de candidatos que no tienen más méritos para ello que el hecho de “estar siempre ahí”.

Nuestra literatura de hoy, tal y como la ve espontáneamente el lector medio, se parece más bien a esos pueblos del sur de Francia que se descubren desde lo alto de una colina, aún en estado decente y con buena pinta: si nos metemos por sus calles, en la mitad de las casas no vive nadie desde hace veinte años, pero en Francia estamos acostumbrados a mirar las cosas de forma tal que volvemos a colocar instintivamente a alguien solvente detrás de cada gablete; y, por lo demás, a veces, en esos pueblos, se ve cómo se vuelven a abrir los postigos. No hay ningún otro país en donde toda una carrera pueda aguantar sólo con la velocidad adquirida de un primer libro: y es que hay muchísimos disparos que no cuentan, todos los que no dan en el blanco; Francia es, me parece, el único lugar en donde se conserva durante diez años seguidos el beneficio económico de hacer aprobado una vez algunas oposiciones y, de igual forma, nada se opone a que, en nuestra literatura, se siga siendo una “esperanza” perpetua: nadie se echará encima la responsabilidad de poner una cruz sobre esa virtualidad fallecida a corta edad; parecería que es algo que merma los fondos nacionales y que las cumbres de nuestra literatura, igual que las administraciones bien llevadas, sólo pueden prosperar en una gruesa capa de mantillo compuesta por trabajadores en prácticas, en donde regularmente el crítico mete con reverencia la laya, con la sensación de no haber hecho nunca tanto por la literatura de la Francia eterna como cuando asciende a un fantasma nuevo a su limbo, lleno ya a rebosar de una legión de “probos artesanos de las letras”.

Ya no se halla atrapado en esa red de rumores, de charlas, de regateos, de especulaciones, de cotilleos, de agios y de calumnias que lo mantenía a flote, que lo emparejaba sutilmente con la temperatura del momento y con los gustos del día, que le hacía las veces de sustituto y le ponía a diario un forro nuevo de la misma forma que una empalizada está forrada de carteles.

En pocas palabras, un escritor francés disfruta, en su relación con el público, de dos especificaciones que a veces son diferentes a más no poder: tiene una posición y tiene una audiencia: esto le puede quedar claro a todo el mundo si decimos que, por ejemplo, Georges Duhamel tiene más bien una posición y Henri Michaux tiene más bien una audiencia. Tal es el hecho de civilización de un país en el que se lee relativamente poco, pero en donde la literatura, para cualquiera que no sea analfabeto, ha ocupado siempre un lugar de primera importancia entre esos “temas de conversación” en los que no queda más remedio que intervenir y zanjar si se pretende quedar bien. El desfase entre la reputación de que goza un autor y la cantidad de fervor real e ilustrado que inspira, es sencillamente la plasmación, por decirlo de alguna manera, de algo que sucede con gran frecuencia, a saber, que en Francia, en cuanto se trata de literatura, hay más personas que en otras partes dispuestas a “decir de carrerilla el periódico”. Mientras ese desfase no supere determinados límites, sería un error tomárselo a mal; es señal, en fin de cuentas, de que la literatura goza de buena salud, algo así como un partido que ve aumentar la tirada de su diario y crecer su nimbo de simpatizantes: por ejemplo, ningún gran escritor pensó nunca, en el fondo, que el respeto que siente el público por la Academia le hiciera de menos a él. En cambio, las perspectivas son más sombrías cuando, como sucede a mediados de este siglo, la circulación fiduciaria de los “valores literarios” empieza a superar de forma exagerada el saldo de caja, es decir, cuando las opiniones que se expresan (o que se repiten) acerca de las obras fruto de la inteligencia no se basan ya en el contacto directo e íntimo con la obra sino en una mínima proporción.

Desde hace, digamos, medio siglo el volumen de conocimientos humanos adquiridos en casi todos los ámbitos ha crecido, como es más o menos sabido, más allá de cuanto decirse pueda; hace ya mucho que un cerebro de condiciones normales no puede ni pensar en tener archivados esos conocimientos, ni en tener una idea remota de ellos más que mediante vulgarizaciones no ya de segunda, sino de tercera o cuarta mano.


FUENTE: JULIEN GRACQ (Saint-Florent-le-Vieil, 1910-Angers, 2007), La literatura como bluff, Nortesur 1950, Barcelona, 2009, págs. 7-51. Traducción del francés de María Teresa Gallego Urrutia
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viernes 20 de noviembre de 2009

Nombres de los conjuntos de animales

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abejas enjambres, jabardos, escamochos
animales de carga recuas
animales pequeños colonias
asnos asnerías, burradas, manadas
avecillas jabardillos
aves alcahazadas, averíos, bandas, bandadas, volaterías
avestruces manadas
avispas avisperos, enjambres, paninos (México)
ballenas manadas
borregos borregadas
borricos borricadas
bueyes boyadas, sueltas
burros burradas
caballerías recuas
caballos caballadas, manadas
cabestros cabestrajes
cabezas de ganado cabañas, dulas, hatajos, hatos
cabras cabradas, cabríos, manadas, rebaños, ruteles
camellos manadas
cánidos jaurías, mutas
carneros carneradas
cerdos manadas, piaras, varas
corderos enfermizos chicadas
elefantes manadas, rebaños
ganado hatos, rebaños, ganadería, cabañas, veceras, vecerías
ganado cabrío cabradas, cabríos, machadas, rebaños, ruteles
ganado lanar majadas (América), realas, rehalas, ruteles
hormigas marabunta (Suramérica)
insectos jabardillos jabardos
insectos nubes
lobos jaurías manadas mutas
moscas mosquerío, mosquero (Suramérica)
mosquitos nubes
mulas muladas, muletadas, piaras
mulos muladas, muletadas
novillos novilladas
ovejas mayoralías, rebaños, realas, rehalas
pájaros bandadas, pajarerías
pavos manadas
peces arribazones, ribazones, bancos, bandadas, bandos, cardumes, cardúmenes, majales, manchas, manjúas
perros perrerías
perros de caza jaurías, mutas, realas, rehalas
piojos piojeras, piojerías
potros potradas
reses rebaños
toros manadas, toradas
vacas manadas, minadas, vacadas, vaquerías
yeguas piaras yeguadas
zopilotes zopiloteras


FUENTE: JOSÉ MARTÍNEZ DE SOUSA, Manual de estilo de la lengua española, Ediciones Trea, 2001, Gijón, pág. 644
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jueves 19 de noviembre de 2009

Lo mejor de CRÍTICA POÉTICA Y CONTRACRÍTICA (9): Desde el 20 de abril al 3 de mayo de 2008

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71. Mundar, de Juan Gelman, Navegando a solas por la habitación, de Billy Collins, y Una oscuridad brillando en la claridad que la claridad no logra comprender, de Carlos Fonseca, 20 de abril de 2008

Addison de Witt: A nivel estilístico, a parte de lo dicho a nivel prosódico, Gelman hace una demostración de atrevimiento lingüístico y de manejo del lenguaje. La sintaxis es retorcida a su antojo, se verbalizan adjetivos y sustantivos, se sustantivan verbos. Como él mismo expresa, haciendo referencia a los límites del lenguaje: "El envión de la palabra la/ lleva al borde que no/puede cruzar".

Addison de Witt: Billy Collins no tiene buena prensa entre sus colegas. Vende demasiados libros para ellos y es muy claro en su poesía. Lo cierto es que es tan claro como difícil de imitar. Lorca o Alberti también fueron poetas populares que escribieron unos cuantos poemas al alcance de un lector normal de poesía, y eso no significa que el poeta sea menos poeta. Tan buen poeta es Billy Collins como Jorie Graham. Y el que no sepa disfrutar de ambos se está perdiendo una poesía muy buena.

Addison de Witt: Los errores de Fonseca se fundamentan en sus lecturas, mal digeridas posiblemente por la edad, y que llevan a que a casi cada verso le podamos poner la cara de un poeta. No hay voz propio ni original sino un curioso "melting pot" que resulta más o menos acertado dependiendo del momento, pero que casi nunca pasa de allí.

Addison de Witt: Uno de los puntos comunes de algunos de los ganadores senior del Loewe es el preocupante amaneramiento de su lirismo.

Addison de Witt: No sabemos qué lugar ocupará Carlos Fonseca en la poesía en castellano dentro de 30 años. Pero a día de hoy, tiene mucho que leer, mucho que romper, y sin duda la concesión del Loewe joven no va a ayudarle demasiado. Poesía post-adolescente, sin originalidad en la forma, ni en el contenido, antigua, lastrada por un amaneramiento grave, nuestra valoración no puede ser nada positiva

Anonimito: Mi teoría personal, y que nadie se escandalice por esta simplificación (que lo es), es que, al igual que hay dos Españas políticas, hay dos Españas poéticas: una absolutamente retrógrada, aun en la prosodia, y otra que avanza, con sus aciertos y errores, con sus luces y sus sombras, pero avanza, en este caso poéticamente, lucha por encontrar nuevos caminos de expresión que son torpedeados por la España retrógrada. Algunos de los debates incendiarios de este blog demuestran que mi diagnóstico, aunque maniqueo y simplista, no es del todo desacertado. Y os digo una cosa: a esa España retrógrada no le gusta un pelo que usurpen su corona, sus espacios y su poder. No le gusta y eso se traduce en todos los niveles. Además, denigra lo que no comprende y se niega a avanzar porque para ella aún no existe la teoría de la relatividad ni la física de las partículas subatómicas (que deberían ser los parámetros exegéticos que rigieran la poesía, y no la escolástica de saldo). Para esa parte, las verdades son eternas y tienen bula papal.

Joan: Y el libro de Hinostroza que estás leyendo es una prueba más de que Visor juega a todas las cartas a la hora de publicar, aunque se alía con el lado más conservador de la poesía a la hora de premiar. Si bien entre los años 60 y principios de los 80 uno podía confiar en la calidad de los premiados, y de ellos han salido grandes nombres, en la actualidad estamos en una situación casi diametralmente opuesta. Libro premiado, libro que decepciona en todos sus aspectos (con alguna pequeña excepción).

Anonimito: En mi opinión, Medel tiene recorrido mediático, pero no el que importa: el espiritual, el creativo. A mi entender en esta "chica del sur" hay algo que no está ni en Medel ni en pijeríos al estilo de Yolanda Castaño; sólo esperemos que no sucumba a ciertos "magisterios" y que no la fagociten las tribus y las modas, o como dices la ambición... el tiempo dirá si me equivoco.

Jordi: Sólo encuentro zafones por todos los lados anonimito. Creo que he pisado alguno, no sé si a propósito o inconscientemente. Si veo a alguien con un Neruda, le doy un abrazo, y si es Residencia en la Tierra, lo beso directamente. De verdad, no veo a la gente comprar poesía. Pero por favor no comparemos a Benedetti con Neruda. Aunque tal y como están las cosas, hasta me haría ilusión ver a alguien con un Benedetti. Seguro que Gelman también vende algo. A 18 eurazos un poemario. Olé señor Visor.

Jaula Abdul: El libro de Sharon Olds me pareció, quizá, demasiado periodístico. Retratista y poco "procesado", no muy poético, de intensidad facilona en algunos puntos incluso. Es una lástima que a veces se confunda la calidad poética con la intensidad emocional. No es lo mismo. Aún así, reconozco que ésta es sólo una opinión personal.

Pepo Paz: Sharon Olds: los dos poemarios que hemos editado de ella, "El padre" y "Los muertos y los vivos" han concitado, y todavía concitan, grandes elogios de sus escasos lectores. Os puedo contar como anécdota, ahora que el tiempo ha pasado, que un responsable de un suplemento cultural semanal me dijo al leer el segundo "habéis editado el mejor libro de poesía de 2006". Por supuesto, no publicaron ninguna crítica del libro. Así que, entre unas cosas y otras, ambos fueron un fracaso en ventas aunque para el catálogo hayan significado mucho. Para esta edición de La Noche de Los Libros se intentó traerla a Madrid pero Olds nos emplazó al 2010...

Jordi: Muy recomendable también "Satán dice" de Sharon Olds, por Igitur. También aparece en la antología "la diferencia entre pepsi y coca-cola" que premiasteis hace un mes. Y creo que en ningún sitio más, a parte de las dos ediciones de Bartleby. Para mí, una diosa de la poesía confesional. Buenísima. Excepcional. Atrevida como pocas. Brillante. Y recita como un ángel maldito.

Jordi: El otro día alguien preguntaba por Anne Sexton. Icaria tiene reeditada una antología titulada "El asesino y otros poemas". A mí me gusta menos que Sharon Olds pero tiene más leyenda por su extraordinaria biografía. Recomiendo la biografía que escribió su hija "contra" la madre. Es bestial. No sé si está traducida.

Anónimo: “No te preocupes que si un libro es bueno terminará publicándose”, me dijo hace ya bastante tiempo –mucho, diría yo- Félix Grande en una leve conversación que pude tener con él aprovechando el barullo tras una conferencia suya.

Anonimito: Tampoco creo que Elena Medel y Yolanda Castaño, a las que enlazas en tu blog, sean el camino. Esa poesía mediática y esa pose continua, el vanguardismo pueril, tienen, creo, un escaso recorrido poético.

Anónimo: Me gusta mucho Paco Brines como poeta pero, joder, ¿todos los años que toca español tiene que caer el premio Federico García Lorca en un amigo de Montero? Que es dinero público, coño. 50.000 eurazos para un señor que además no los necesita precisamente. ¿Por qué no pone Luis la pasta y la tiene que pagar mi Ayuntamiento? Secretario del jurado: Juan García Montero, concejal de cultura del PP en el Ayuntamiento de Granada. ¿Alguien sabe la composición completa del resto del jurado?

Elcorobarrutia: La vida es así de injusta... recapacitemos; ¿alguien se hubiera leído/comprado el libro de "chica del sur" si no tuviese como amigas a Elena Medel o Ana Gorría (entre otras) que le han firmado diferentes críticas y le han servido para darse cierta publicidad? Creo que no o quizá mucha menos gente sabría de su existencia. No seamos tan mezquinos, los textos hablan por sí solos pero los amigos construyen las escaleras hasta los pulpitos. Un consejo: quien no tiene padrino no se confirma.

Anónimo: Hay poetas que nunca caen del árbol y hay otros que poseen intuiciones asesinas desde muy temprano. A priori, la edad, el primer libro, el segundo libro, son datos o excusas que no creo que sirvan para nada.

Helena: No es de extrañar que algunos de los jóvenes de los que más se oye hablar no sólo tengan una conducta en cierta manera imitativa de sus mayores, sino hasta que tengan relaciones directas de amistad con ellos. En este sentido, Montero mismo considera a Carlos Pardo y a Elena Medel como amigos íntimos.

Anónimo: A Tomás Navarro Tomás (entre otros) me remito. ¿Conocéis a Navarro Tomás? El que no lo conozca y se cree poeta ya puede ir dudando de dicha condición.

Shelley: No creo que haya nada malo en citar en la última página del libro a poetas que le han ayudado a uno en su camino interminable, ni creo que podamos reprochárselo a nadie. El problema es que se convierta en un vicio, y 'Tara' podría ser un ejemplo de cómo "quedar bien" con decenas y decenas de poetas. Una cosa es ser agradecidos, y otra citar a alguien para que tenga algo que agradecerte. Son dos cosas distintas, ché.


72. Los campos de Dios, de Rosa Díaz, 28 de abril de 2008

Addison de Witt: Esta semana El Cultural viene con su artículo semanal sobre un libro de Visor, uno más de Bukowski, acompañado de otro libro homenaje a Bukowski. Como no somos mitómanos, como nos cansa el seguimiento empecinado a Visor por parte de El Cultural, como ya está todo dicho de Bukowski y nos aburre, como nos produce urticaria la forma de escribir reseñas de Ainhoa Sáenz de Zaitegui y nos enerva el falso e impostado malditismo de algunos que, en cuanto pueden, terminan en Alfaguara o DVD a la primera de cambio, hasta aquí llega lo que tenemos que decir esta semana del que se está convirtiendo, en nuestra subjetiva opinión, en el peor suplemento cultural de la llamada prensa nacional, al menos en lo que a poesía se refiere.

Addison de Witt: Los campos de Dios, de Rosa Díaz, es uno de los mejores libros de prosa poética que hemos leído últimamente y de ahí que lo hayamos escogido para nuestra sección de "Secretos de poesía". El secreto de este poemario en concreto está quizás en su capacidad para sumergirnos en un universo propio y personal, a la vez sagrado y diabólico, tan poético como actual, capaz de denunciar sin necesidad de pancartas, y elegante a la vez.

Helena: Sobre Hank Over, tengo una opinión distinta, porque es un grupo muy heterogéneo y hay de todo, pero reconozco que no soy objetiva porque tengo amigos.

Anónimo: Con ánimo de echar más leña al fuego, me he encontrado este texto de Michelet: "La prosa es la forma última del pensamiento...lo más próximo a la acción. El paso de la poesía a la prosa es un progreso en la igualdad de las luces; un nivelamiento intelectual".

Anonimito: En un muy ameno programa de radio escucho un fragmento de entrevista a Carlos Marzal: marmóreo, previsible, "buen rollito", está acorde con sus versos. No deja de citar a sus amigos: Benjamín Prado, Benítez Reyes, Vicente Gallego, Brines, etc. Que quede claro a qué tribu se pertenece, por si hay algún oyente desnortado. Pero flipo cuando el locutor le lee unas declaraciones que sobre el presente ha hecho Elena Medel: "Un poeta de los grandes, de los que mis hijos leerán en el bachillerato, y un tipo de los grandes ante el que hay que santiguarse [...] Bendito señor Marzal, ¿cómo no vamos a quererle y a venerarle?"

El Otro: Un poquito de leña al fuego no os vendrá un poco mal, la verdad: ¿alguien se ha parado a contar cuál es la editorial "independiente" con más reseñas por suplemento en los últimos meses en Babelia, de Don País: no perdáis el tiempo. La respuesta es la cacereña Periférica. ¿Quién dirije los destinos de esta editorial? Julián Rodríguez. Nada sospechoso si no se le añade el segundo apellido: Marcos. ¿Os suena un tal Javier Rodríguez Marcos? Pues a los que añoramos la presencia de la poesía en el suplemento de cultura semanal de El País nos suena y mucho. Es decir: trato de guante blanco para la editorial de uno de los que coordinan dicho suplemento. Resultados a la vista. Toma castaña. Viva la independencia y la objetividad. Por cierto, Julián Rodríguez Marcos es uno de los entrevistados en el artículo sobre editoriales independientes que publicó el viernes pasado, en mitad del puente, el diario El País.

Joan: Mi mayor problema con Rubén Darío es que buena parte de su obra está tan influenciada por el post-romanticismo y por los parnasianos, que la mayoría de sus poemas suenan antigua y falsamente bellos. A pesar de leer a Verlaine o a Whitman, jamás consiguió superarlos. Fundamentalmente se quedó en un post-parnasiano, una versión muy mejorada de lo que sigue escribiendo García-Posada 120 años después de él. Es verdad que métricamente, y sobre todo prosódicamente, fue un poeta más atrevido, pero hoy leo su poesía y lo único que anhelo es que alguien, por favor, degüelle al maldito cisne.


73. Siempre todavía, de Tomás Segovia, y Nanas para dormir desperdicios, de Francisca Aguirre, 3 de mayo de 2008

Addison de Witt: En conclusión, Siempre todavía es un poemario que rebosa oficio y sabiduría, con algunos poemas excelentes, en el que el Tomás Segovia apenas comete errores ni cae en el sentimentalismo más sencillo ni en el también fácil nihilismo al que hace propensa la edad. Uno de los mejores libros de lo que llevamos de año, y anticipamos que uno de los mejores del año. No sabemos si Tomás conserva su nacionalidad española, pero si la conserva, debería ser candidato al premio Nacional.

Addison de Witt: Aún así, Francisca Aguirre es una poeta con una larga trayectoria, ninguneada por la crítica en sus mejores momentos, como en su excelente primer poemario: Ítaca. En este sentido recordamos que la poesía completa de Francisca está recogida hasta el año 2000 en el libro editado por Calambur "Ensayo General". Otro libro destacable de la poeta es "Herida absurda", publicado por Bartleby en 2006.

Jordi: Para mi Tomás Segovia es uno de los mejores poetas vivos en lengua española. Me parece un señor tan modesto como alucinante. No debería haber perdido la nacionalidad, porque es un niño de la guerra, pero en todos los sitios pone que es poeta mejicano. Como nacido en España y exiliado por la guerra, en el caso dudoso de que no la tuviera, podría solicitarla y se la concederían de inmediato. Una cosa curiosa. ¿Os habéis fijado que en todo su libro no hay ni una sola dedicatoria? Ni una. El libro de Francisca Aguirre o el de Baena están llenitos. ¿Por qué los españoles somos tan españoles?

Helena: Sí, estuvimos hablando por aquí de ese macrohomenaje que le organizó Rafael Morales Jr. ¿Qué tal es como profesor? Porque como antologista da un poco de miedo. Es muy partidista. Por cierto, que comentan que dijo públicamente que García Montero estaba poco premiado. ¿Qué más quiere que le den? ¿El Cervantes a los 50? Tiene el Adonais, el Loewe, el Nacional.

Viktor Gómez “Valentinos”: Tomás Segovia además de excelente poeta y traductor es un buen crítico y pensador cultural. Y no he leído mejor poesía erótica que sus sonetos votivos ni he leído poesía de sentimentalidad no aborregada más luminosa que su "DIA TRAS DIA".

Ana: Creo que en cuanto a premios, en los últimos 20 años, se ha producida una discriminación "positiva" hacia poetas homosexuales, una discriminación muy intensa. Han formado una especie de camarilla, se protegen, se valoran en jurados, se premian. Tengo amigos poetas homosexuales que están completamente de acuerdo en esto. O sea que espero que no se me tache de homófoba, con la cantidad de amigos que tengo entre ellos. Y las más perjudicadas no son las mujeres, que creo que también hemos sido tratadas de manera condescendiente por algunas editoriales, Hiperión sin ir más lejos, y premios. El problema realmente lo tenéis los chicos heterosexuales. Vais a tener que empezar a ser una especie a proteger.


FUENTE: Crítica poética y contracrítica
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martes 17 de noviembre de 2009

Las voces de los animales

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abeja zumba
águila gañe, grazna
asno ornea, rebuzna, rozna
autillo ulula
ave gañe, grazna, habla, parla, pía
becerro berrea
buey muge
búho ulula
burro rebuzna
caballo bufa, rebufa, relincha
cabra bala, balita, balitea
cabrito chozpa
cánido hotila
cerdo gruñe, guarrea
chacal aúlla
chicharra canta, chirrea, chirría
ciervo bala, balita, balitea, berrea, brama, grajea, grazna, gazna, rebrama, ronca, urajea
cigarra chirrea, chirría
cigüeña crotora
cochinillo guañe
conejo chilla
coquí canta
cordero bala, balita, balitea, chozpa
cotorra carretea
coyote aúlla
cuervo crascita, croaja, crocita, croscita, grajea, grazna, gazna, urajea, vozna
elefante barrita, berrea
gallina cacarea
gallina clueca cloca, cloquea
gallo cacarea, canta
gamo agamita, bala, balita, balitea, gamita, ronca
ganso grajea, grazna, gazna, urajea, vozna
gato bufa, fufa, marramiza, maúlla, maya, miaña, mía, ronronea
golondrina trisa, canta, chirría
grajo crascita, croaja, crocita, croscita, grajea, grazna, gazna grillo canta, chirrea, chirría grilla
grulla gruye
insecto canta
jabalí arrúa, gruñe, guarrea, rebudia
lechuza grazna
león ruge
liebre chilla
lobo aúlla, guarrea, otila, ulula, carretea, garre
mochuelo ulula
mono chilla
murciélago chilla
onza himpla
oso gruñe
oveja bala, balita, balitea
pájaro canta, chirlea, chirrea, chirría, gorgorita, gorjea, pía, piola, trina
paloma arrulla, cantalea, zurea
pantera himpla
pato grajea, grazna, gazna, grita, parpa, urajea
pavo gluglutea, tita
perdiz ajea, cuchichia, glutea, serra, totea
perdiz macho castañetea, piñonea
perro aúlla, gañe, gruñe, ladra, late, regaña, regañe, ulula
pollito pía
pollo (de ave) pía, piola, pipía, piula
rana charlea, croa, groa
ratón chilla
rinoceronte barrita
ruiseñor trina
sapo canta
serpiente silba
tigre ruge
toro aturnea, berrea, brama, bufa, muge, rebufa
tórtola arrulla
vaca brama, muge, remudia
zorra ladra, tautea
zorro aúlla, guarrea, tautea


FUENTE: JOSÉ MARTÍNEZ DE SOUSA, Manual de estilo de la lengua española, Ediciones Tres, 2001, pág. 643
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domingo 15 de noviembre de 2009

Aparta de mí estos vocales, de CÉSAR HILDEBRANDT

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A mí lo que me parece atroz es que usen a Vallejo como pretexto para irse a París a cuenta de una entidad cien veces litigada por no pagar beneficios sociales a sus despedidos.

Que una universidad se llame Alas Peruanas ya es extravagante. Pero que dos vocales supremos se vayan a París para hablar del poeta a cuenta de la universidad de los cien juicios –y que viajen con sus esposas- es simplemente pícaro.

Pobre Vallejo, qué tendrá que ver con estos sinvergüenzas.

Vallejo fue una de las más típicas víctimas del Perú.

Acusado de provocar un incendio durante unas jornadas de lucha social en Santiago de Chuco, su tierra natal, es encarcelado por lo menos tres meses en una cárcel de Trujillo.

Después de publicar, ante la indiferencia general o la hostilidad manifiesta de la crítica, “Los heraldos negros”, “Trilce”, “Escalas melografiadas” y “Fabla salvaje”, se va a París en 1923. Jamás regresará. Ni muerto.
No es que la pasara muy bien en París. La miseria –ese perro rabioso- lo perseguirá siempre.
En 1924, un año después de llegar a París, Vallejo enferma gravemente y tiene que ser operado. Una hemorragia intestinal ha estado a punto de matarlo.

Le escribe entonces, desde un hospital de la caridad, una carta a su gran amigo Pablo Abril de Vivero:

“Hay Pablo en la vida horas amargas, de una negrura negra y cerrada a todo consuelo. Hay horas mucho más siniestras que la propia tumba. Yo no las he conocido antes. Este hospital me las ha presentado y yo no las olvidaré...”

Negado para toda ambición, para todo sentido práctico de la vida y para todo asomo de autobombo, Vallejo se instalará en la bancarrota permanente igual que otros se acomodan en un chalé.

Alguna vez Gerardo Diego, su amigo, contará que Vallejo no tenía ni para el metro. Y Juan Larrea abundará en conmovedores detalles sobre ese estado de pobre vocacional y romántico sin concesiones.

Suficiente ha tenido Vallejo en el norte del Perú trabajando, como empleado administrativo, en la esclavista hacienda azucarera “Roma”, donde aprendió a compadecerse. Allí se le terminó la breve dosis de pragmatismo con que vino al mundo.

Vive de cachuelos, de traducciones ocasionales, de colaboraciones mal y tardíamente pagadas, de éxitos editoriales –como el de “Rusia en 1931”- que no dan dinero. No hay premios que lo socorran ni negocios que lo llamen. Vive al límite.

Encima, en ese mismo año de 1931, la policía política francesa lo señala como agente comunista y ordena su expulsión.

Se va a España con Georgette Phillippart. Allí asiste al nacimiento de la segunda República española. Se inscribe en el Partido Comunista de España. Ha roto con el Apra para siempre.
En 1932 regresa a París en secreto. Las cosas están tan duras que Georgette vende lo único que tiene –su pequeño piso de la rue Moliere-. A partir de ese momento la pareja vivirá en hoteles cada vez más sombríos.

Escribe y publica en revistas mayores y menores. Pero un intento de publicar su obra poética resulta fallido.

La agresión fascista en contra de la República española lo sacude en 1936. Y en 1937 ya está en Valencia, en el Congreso de Escritores que se pronuncia en contra de esa corriente que ha encumbrado a Hitler en Alemania, a Mussolini en Italia, al militarismo chauvinista en Japón y que está a punto de entregar España a las fauces falangistas.

Ese es el año en que termina “Poemas Humanos” y “España, aparta de mí este cáliz”.
En 1938, el día de viernes santo, Vallejo muere a los 46 años. Todo ha empezado con una fatiga banal. El médico que lo atiende en la clínica Villa Arago, adonde lo han llevado funcionarios de la embajada peruana en París, no sabe qué decir.

Vallejo morirá sin causa aparente. Los tantos años de pobreza han hecho también su trabajo. Sólo después, muchos años después, Georgette hablará de un paludismo rebrotado -diagnóstico que más parece un pretexto para escamotearnos la verdad: Vallejo pasaba hambre y su organismo estaba muy debilitado cuando lo internaron-.

Lo entierran en el cementerio de Montrouge. Sólo en 1970, sus huesos irán a parar adonde él había querido: a Montparnasse.

De modo que esta es, simplificada casi hasta la impertinencia, la dura vida de Vallejo en París.

Por eso es que una ira veteada de desprecio me sube a la cabeza y al corazón cuando pienso que un par de buscones van a París, con toga e impostura, a hablar de quien no saben y a citar a quien no debieran ni rozar.


FUENTE: César Hildebrandt. Blogger
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