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NOTA NEORRABIOSA: El poemario Tríptico del desierto, de Javier Sicilia, galardonado con el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2009, incluye varios versos sin entrecomillar de poetas célebres, hecho que motivó una polémica donde se debatió sobre el concepto de la originalidad. Se ofrecen a continuación varias reacciones y réplicas, entre ellas la de Evodio Escalante, que originó la polémica, la respuesta del autor Sicilia y también la de Luis Vicente Aguinaga, uno de los miembros del jurado..
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Sicilia y la apropiación como recurso poético - EVODIO ESCALANTE
Milenio, 16 de mayo de 2009
Desde que el escritor John Barth hizo circular la expresión “literatura del agotamiento” nos hemos resignado a considerar que no hay nada nuevo bajo el sol, que nos ha sido vedado el privilegio de inventar nuevas metáforas, y que, en dado caso, el oficio del escritor consiste en aderezar de nuevas maneras lo que ya ha sido asimilado por la tradición. La famosa frase de Alfonso Reyes, que indica que “todo lo sabemos entre todos”, es fácil adaptarla a esta reciente condición posmoderna diciendo que “todo lo escribimos entre todos”. Esta divertida consigna, que invita a la ligereza, no impide sin embargo que los miles de libros que cada año se publican tengan todos o casi todos un autor específico, ni impide que sigamos creyendo que Dante, Rilke, Eliot o Celan son algunos de los nombres que señalan una zona de excelencia en la creación literaria. Decir “zona” no es decir “coto cerrado”: nos apropiamos más o menos impunemente de los poemas de estos autores al leerlos, al descifrarlos, al interpretarlos; con ello los incorporamos de algún modo a nuestro patrimonio, si no vital, al menos cultural. No somos los mismos, o creemos que no somos los mismos, después de leer La divina comedia de Dante o las Elegías de Duino de Rilke. Tan poderosa es la lección de poesía que de ellos se desprende que erraríamos el tiro si tratáramos de ignorarlos. ¿Pero qué sucede cuando un escritor mexicano de nuestros días, sin mencionarlos, sin anotar sus versos en cursivas o ponerlos entre comillas, y sin acompañar la cita de una pertinente nota al pie de página, indicando la fuente, se apropia de pasajes enteros de lo que han escrito y publicado estos poetas más que eminentes?
Esta pregunta me surge ante la lectura del reciente libro de Javier Sicilia, Tríptico del desierto (México, Conaculta-Ediciones Era, 2009), que mereció por cierto el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes de este mismo año. ¿Se vale, me pregunto, tomar entero un poema de Paul Celan, modificarlo un poco acá y acullá, agregar por ejemplo “masticamos” donde ya el poema de Celan anotaba “bebimos”, y hacer de este texto el eje de toda una composición? ¿Es legítimo intercalar frases y versos completos de Eliot, de Rilke, de la Biblia, sin acompañar estos “préstamos” de algún recurso tipográfico que indique o sugiera al menos que no han brotado de la “inspiración” del autor cuyo libro tenemos entre las manos?
Abono mi desconcierto señalando los pasajes de Tríptico en el desierto en los que me ha sido posible detectar este tipo de apropiaciones, y sin ignorar que puede haber muchas más. Son sólo ilustraciones de algo que merecería meditarse, pues el asunto de la paráfrasis también incluye el tono general del poema, ciertas disposiciones estróficas y los asuntos abordados. Por ejemplo, donde el Eliot de El poema de amor de J. Alfred Prufrock habla de: “La neblina amarilla que frota su lomo contra el vidrio”, Sicilia repone: “A la hora del alba, / Cuando la amarillenta niebla lame las ventanas.” Donde el Eliot de La tierra baldía escribe: “Sólo / Hay sombra bajo esta roca roja. / (Ponte a la sombra de esta roca roja), / Voy a enseñarte algo diferente”, Sicilia repite y modifica: “Ponte a la sombra de esta roca roja, / como en la antigua cueva, pero de cara al fuego, / voy a enseñarte no lo diferente, / sino lo que es y ha sido una estría del tiempo.” Donde Eliot pregunta, famosamente: “¿Quién es ese tercero que va siempre a tu lado? (…) Deslizándose en su capa parda con capucha”, Sicilia anota en lenguaje llano y mimético: “a un tercero que iba a nuestro lado, / deslizándose siempre con su capa parda.” Donde el Eliot de los Cuatro cuartetos sentencia: “Y eso que no sabes es lo único que sabes / Y eso de lo que eres dueño es lo que no te pertenece / Y donde estás es donde no estás”; Sicilia condensa y aprovecha para agregar una nota reconfortante: “y eso que no eres es lo único que eres / y ahí donde no eres es posible la vida.” (?) Donde el Eliot de los Cuatro cuartetos indica: “Y el camino que sube es el camino que baja”, Sicilia replica con una inversión: “el camino que baja es el mismo que sube.” La nota erudita tendría que indicar que estos versos se remontan a Heráclito, tal y como lo reconoce de antemano Eliot en un epígrafe de su libro, que a la letra dice: “El camino hacia abajo y el camino hacia arriba es uno y el mismo.” (Diels: Die Fragmente der Vorsocratiker —Heráclito.)
Donde el Eliot más filosófico advierte “En mi principio está mi fin”, tema con el que juega durante una sección de los Cuatro cuartetos, al grado de escribir con buen aplomo metafísico: “El fin y el comienzo siempre estuvieron allí, / Antes del comienzo y después del fin”, Sicilia elabora una llana paráfrasis: “En el silencio está el principio / y en la palabra el fin y viceversa.” Donde este mismo Eliot anota: “Cuando el pasado es pura ilusión / Y el futuro no tiene porvenir, antes del cuarto de la madrugada, / Cuando el tiempo se pára y nunca acaba”, Sicilia precisa: “No estábamos ahora / —porque el pasado fue, el futuro no está / y el presente se pierde como se escurre el agua en nuestros dedos.” Agrego que el poema “Dolor” de Sicilia es todo él una nueva puesta en escena de la sección titulada “Una partida de ajedrez” de La tierra baldía, como lo puede comprobar quien compare los versos.
El Rilke de las Elegías de Duino también proporciona muchas líneas de concordancia. En la primera elegía encontramos estas líneas: “…los animales, sagaces, se dan cuenta ya / de que no nos encontramos muy seguros, no nos sentimos en casa / en el mundo interpretado.” Sicilia se prenda de la expresión mundo interpretado y la reitera al menos en seis ocasiones en diversos pasajes de su libro. Recurro, para resumir, a un ejemplo: “Hacia ellos, los muertos, que guardan la memoria / y saben que no estamos contentos en el mundo interpretado.”
Donde el Rilke de la octava elegía declara: “Con todos los ojos ve la criatura / lo Abierto. Sólo nuestros ojos están vueltos del revés, y puestos del todo en torno a ella, / cual trampas en torno a su libre salida”; Sicilia modifica: “Los amantes contemplan en el otro lo Abierto / —no la noche aparente que miramos nosotros con ojos invertidos / temerosos de entrar en sus abismos.” (¡Qué desagradable expresión: con ojos invertidos!)
“Estar aquí es magnífico”, sostiene Rilke en alguna estrofa de la sexta elegía. Donde el Rilke de la elegía novena retoma parecida expresión para decir: “Sino porque estar aquí es mucho, y porque parece que nos / necesita todo lo de aquí, esto que es efímero, que nos concierne extrañamente. A nosotros, los más efímeros…”; Sicilia borda la diferencia: “Estar aquí ya es bastante (…) / mas porque todo aquí extrañamente nos reclama como a sus mensajeros, / —a nosotros, más mortales que todas las criaturas…”
Cierto que en todo lo anterior se trata de destellos, de versos “encontrados”, de apropiaciones fragmentarias incrustadas en un discurso más amplio. En lo tocante a Paul Celan se asiste a un salto cualitativo: ahora la imitación concierne al poema entendido como un todo. Este procedimiento, a decir verdad, ya lo había practicado Sicilia en su recopilación La presencia desierta, que publicó en 2004 el Fondo de Cultura Económica. Ahí Sicilia acarreaba entero, sin cortes, un poema de Celan titulado “Tenebrae”. Debo hacer notar, sin embargo, que aunque no constan los créditos del autor, al menos su poema está dispuesto en cursivas, lo que de algún modo da a entender que se trata de un préstamo o de una cita textual. No ocurre así en Tríptico del desierto. Aquí Sicilia entra a saco en otro de los más famosos poemas de Celan, “Fuga de muerte”, y se lo apropia sin más, acaso agregando dos o tres sensibles modificaciones. No argumento. Me limito a copiar la primera estrofa del poema de Celan, que dice así (Véase Paul Celan, Obras completas. Madrid, Editorial Trotta, 1999, pp. 63 y 64):
Negra leche del alba la bebemos de tarde
la bebemos a mediodía de mañana la bebemos
[de noche
bebemos y bebemos
cavamos una fosa en el aire no se yace allí estrecho
Vive un hombre en la casa que juega con las
[serpientes que escribe
que escribe al oscurecer a Alemania tu pelo de oro
[Margarete
lo escribe y sale de la casa y brillan las estrellas
[silba a sus mastines
silba a sus judíos hace cavar una fosa en la tierra
nos ordena tocad a danzar
En efecto, se trata del conocido texto (asimilado a canción por Ute Lemper en su City of Strangers) en el que Celan sostiene como en un ritornello que “la muerte es un maestro Alemán”. Todos saben que este poema es una amarga, desolada y hasta vitriólica protesta contra el asesinato en masa realizado por los nazis contra el pueblo judío en los campos de concentración durante la pasada Guerra Mundial. “Silba a sus judíos” y les ordena bailar, asienta el sarcasmo de la letra. Sin mayor precaución interpretativa, Javier Sicilia “blanquea” esta denuncia específica (cristianizándola y banalizándola, de paso) en su texto de Tríptico del desierto, del que por razones de espacio sólo transcribo la estrofa inicial:
Te masticamos noche
todo el día bebemos y masticamos noche
como la negra leche del alba en Alemania bebemos
[masticamos
y no cavamos fosas en el aire donde no hay
[estreches (sic)
sino noche y más noche cavamos sin saberlo
la muerte que no duele
la muerte que maestra de Alemania ya es de todos
bebemos y bebemos
te masticamos noche
¿Se trata meramente de una paráfrasis? ¿O más bien de un pastiche? ¿Desde cuándo es válido tomar un poema de Celan, o de cualquier otro poeta conocido o por conocer, cambiar algunas palabras, introducir cambios al gusto y adobar pasajes, y firmarlo tan campante como si fuera propio? Lo que me toca decir es que me extraña que un tribunal poético formado por escritores todos ellos muy respetables haya decidido premiar un libro como éste en el que las citas textuales borradas en su calidad de citas son tan importantes o más que las supuestas aportaciones originales del autor. ¿Quiere acaso esto decir que una vez que se inventó la intertextualidad ha dejado de haber plagios? ¿Estamos en un mundo en el que “todo se vale”? De todo corazón, yo esperaría que no.
FUENTE: Suplemento Laberinto, Milenio (AQUÍ)Respuesta a un pequeño burgués - JAVIER SICILIA
Milenio, 23 de mayo de 2009
Querido Evodio:
Cuando apareció tu artículo “Sicilia: la apropiación como recurso poético”, me había prohibido responderte. Las razones son simples: un autor nunca debe responder a un crítico, sobre todo si su argumentación es tan banal que no aporta nada ni a la obra del autor ni a la literatura. Sin embargo, rompiendo mi promesa, lo hago. Las razones son también simples. Primero, no me gusta ningunear, esa otra plaga mexicana que acompaña a la mezquindad y que ha hecho más daño a la cultura que toda la barbarie de los tecnócratas; segundo, tu artículo, en un mundo donde la mezquindad es la temperatura, daña a la poesía, a un premio que, desde que el año pasado se declaró absurdamente desierto, entró en crisis y a un jurado de espléndidos poetas que tu texto, al acusarme de plagio, califica de imbéciles. Así es que te respondo por higiene.
Me acusas de plagio, una acusación grave que compromete no sólo una sanción judicial, sino algo más interesante: la discusión sobre el concepto de autor que tu artículo, empecinado en denunciar, apenas si toca. Pero aceptemos ese concepto histórico que nació con la burguesía y la idea de individuo, y que hoy es un triste hábito de los pequeños burgueses que lavan sus conciencias delante de los noticieros y las telenovelas buscando la maldad del otro. ¿Soy realmente un plagiario? Un verdadero plagio sería, por ejemplo, que yo hubiera tomado los poemas de un oscuro u olvidado poeta y con él hubiera ganado un premio. Con ese acto estaría usurpando algo que a ese poeta, que nadie conoce, le pertenecía. Yo, en cambio, tomé poetas conocidísimos, algunos de ellos premios Nobel, tan conocidos, que tú mismo, Evodio, lo notaste. No se necesita ser un hombre de cultura superior —sino un buen lector de poesía, son los únicos que existen en esta rama de la literatura— para saber que cuando escribo “No sólo el río es un dios, sino la carne […]” o cuando digo “Agosto no es abril, es el verano […]” o bien “Hueco, hueco, hueco” (“Dark, dark, dark”, escribe el poeta norteamericano) o cuando me refiero a lo Abierto, o cuando escribo la paráfrasis de “Fuga de la muerte”, estoy haciendo una referencia clara a Eliot, a Rilke y a Celan. Evidenciarlo con cursivas y notas a pie de página habría sido no sólo redundante, sino suponer, como tú lo haces, que el lector es imbécil y que por lo tanto hay que darle de manera digerida lo que a la Tradición, con mayúscula, le pertenece. Así es que creyendo que sólo tú —un hombre de cultura superior— y el plagiario —un hombre semejante a ti, pero con fines aviesos— conocen lo que nadie conoce, sales a gritarle al mundo que descubriste el hilo negro, que Sicilia se chamaqueó a un jurado de ignorantes (Francisco Hernández, María Baranda y Luis Vicente de Aguinaga) e hizo pasar los poemas de grandes poetas como suyos. Si antes de escribir el artículo te hubieras tomado la molestia de leer el acta del premio, si, como el investigador que te precias ser, hubieras leído el artículo que Luis Vicente de Aguinaga escribió para Crítica (núm. 132, mayo-junio 2009) “Pronto llegará la noche. Tríptico del desierto” (y que puedes consultar en su blog), te habrías dado cuenta de que todos sabían que el hilo es negro, que lo que tú gritas como un descubrimiento genial para exhibir al delincuente, lo habían visto ellos con toda claridad. Sólo que a ellos les interesaba —atendiendo a una noción de autor que no sólo es anterior a las construcciones del liberalismo burgués sino que Eliot y Pound pusieron en crisis— lo que con ese hilo se tejió. Ellos vieron lo que tú viste y más: vieron el diálogo que ahí se teje con la Tradición —en mayúscula—, con la filosofía de Simone Weil, que retoma su sentido de la descreación —y nadie la ha acusado de plagio— del concepto de tsintsum de la tradición hispano hebrea, postulada por el cabalista Isaac Luria y con la tradición del budismo zen; vieron mi diálogo con los teólogos y fenomenólogos de la encarnación, como Iván Illich y Michel Henri; vieron mis relecturas de san Juan de la Cruz —ese güey que se chingó el Cantar de los cantares y para quien no hubo un Evodio que lo desenmascarara a tiempo— y la tradición mística epitalámica, mis referencias a la Biblia, en particular a los profetas y al libro de la Sabiduría; mis diálogos con el más reciente Bob Dylan —otro güey al que hay que cobrarle la factura por su deuda con el blues negro—; vieron cómo eso se tejió para explorar el misterio de Dios en un mundo que en su interpretación técnica lo ha velado. Pero eso a ti, que descubriste el hilo negro, te pasó desapercibido. Me extraña que el hombre formado en el marxismo, que se precia de haber leído a Deleuze y Guatari, en lugar de ponerse a explorar la construcción histórica del concepto de autor a través, no de mí, sino de la Tradición, se dedique a escandalizarse como una señora que repentinamente vio a su amiga que dejó de usar una crema que no estaba en su catálogo de belleza.
Desde que escribí Permanencia en los puertos y a lo largo de toda mi obra ese recurso ha estado presente. Los críticos que se han interesado en ella, han hablado de palimpsesto, de una reescritura sobre otras grafías. Yo mismo, a lo largo del tiempo, he declarado públicamente que pertenezco a una tradición muy antigua y a la vez muy moderna para la que la noción de autor no existe y a través de la cual el poeta, “la voz de la tribu”, decía Mallarmé, dialoga con la Tradición y la reactualiza para otros. Recuerda, sigamos con el descubrimiento del hilo negro, que Homero, al fijar la Iliada, hizo pasar las voces de muchos poetas en ella —eso sí, no conocidos—, que Virgilio dialogaba con él y lo retomaba al escribir la Eneida, que Dante hizo lo mismo no sólo con uno y otro sino con toda la tradición cristiana de Occidente cuando escribió la Comedia, que los poetas del Siglo de Oro estaban imitando a los clásicos, que san Juan de la Cruz tomó frases enteras del Cantar de los cantares y Santa Teresa de las canciones populares de su momento, que Rubén Darío fundó el Modernismo imitando en español los versos de Verlaine, que, después del burguesísimo sentido de autor, Eliot retomó de alguna manera esa tradición y tomó de todos lados para hacer sus dos grandes obras, Tierra baldía y los Cuatro cuartetos —las escasas notas que agregó a Tierra baldía fueron a instancias de su editor; él mismo escribe en Cuatro cuartetos, “In my beginning is my end”, que yo parafraseo en el canto II del “Tercer panel” de Tríptico del desierto así: “En el silencio está el principio” y que Eliot, que nunca lo entrecomilla, tomó de María Estuardo; lo mismo hace en ese mismo libro con una larga estrofa tomada de san Juan de la Cruz—; que Pound, para componer sus Cantos y dialogar e iluminar la Cultura, tomó versos, frases, dichos, que en ningún momento están anotados a pie de página. Podría seguir, la Tradición es larga, una Tradición para la que el poema, voz de la tribu, es, digámoslo en términos de Luis Vicente de Aguinaga, un dispositivo de actualización de los diferentes pasados literarios. Sin embargo, siguiendo tu criterio pequeño burgués, no sólo habría que tirar a la basura los Cantos de Pound, una buena parte de la mejor obra de Eliot, de Séferis, de Cavafis, de José Emilio Pacheco, etc., sino que yo, desde mi primer libro, debería estar en la cárcel. Pero tú sabes bien que ése no es el problema, el problema —que después de tantos años de conocerme y de conocer mi obra poética formulas hasta hoy— es que el libro que desató tu “erudita” ira ganó un premio y eso, en el país de la mezquindad, de la carrilla, del resentimiento, de la igualación, de la imbecilidad, no se perdona. Es lamentable, no sólo por ti, sino porque a partir de tus pequeñeces un lumpen que nada sabe de mí, que en su vida ha leído una línea mía, no ha dejado de insultarme: una tal Roberta Garza, en el propio Milenio del 19 de mayo, me califica de “deshonesto y corrupto”; otro, en el Círculo de Poetas, me trata de “Rata de sacristía”; enumerar la lista sería cansado. Tu tarea, querido Evodio, lamento tener que ser yo quien te lo recuerde, es iluminar la cultura. Si quieres desacreditar mi obra, intenta hacerlo, pero, para que la tradición poética gane, intenta hacerlo bien: tómala en conjunto, confróntala con esa Cultura, mide su ritmo, trata de ver si lo que digo a través de esa misma Cultura y de mi diálogo con otros poetas que retomo, ilumina nuestra época, historiza el concepto de autor, pero, por Dios, no incurras en la banalidad de acusarme de plagio y de desacreditar a un jurado respetabilísimo calificándolo de ignorante e imbécil. Los pequeños escándalos de la pequeña burguesía son el alimento del lumpen. Hace tiempo, enfrentado con un crítico semejante a ti le decía que habría que tomar en su sentido literal las palabras de Jesús de no tirar margaritas a los cerdos. Entonces creía que
ellos estaban en los partidos políticos, en las mafias, en los resentidos y en las periferias de la Cultura. Después de leerte, ya no creo lo mismo: los cerdos han colonizado ese territorio y se hacen pasar por descubridores del hilo negro y maestros de literatura. Cuando esto sucede, quizá sea tiempo de callar. Alguna vez Hölderlin se preguntaba en un poema —te lo cito entrecomillado para no herir tu susceptibilidad—: “¿Para qué sirven los poetas en tiempos de miseria?” Después de leerte habría que concluir que ya no sirven para nada, que la poesía deberá callar para dejar paso a los egos, a las autopoiesis y a la banalidad de una época que perdió el sentido y sólo tiene sitio para quienes pretenden ser más plenos que los otros rebajándolos y acusándolos de lo que nunca han sido. En un mundo técnico, donde la disolución de todas las formas tradicionales del sujeto —las del cuerpo social, las de las costumbres, las de la familia, las de la ciudad, las de la Tradición y la memoria— dejan al individuo desamparado y desnudo, sólo hay sitio para ese género de seres a quienes Sartre llamó, quizá haciéndose eco del Evangelio, “los cerdos” y que, para desgracia de la poesía en México y de la Tradición, has aprendido a representar bien.
FUENTE: Suplemento Laberinto, Milenio (AQUÍ)Una semana de bondad - LUIS VICENTE AGUINAGA
22 de mayo de 2009
El pasado sábado 16 de mayo, en las páginas de Laberinto, suplemento cultural del diario Milenio, el poeta y crítico literario Evodio Escalante publicó un artículo que suscitó una preocupante reacción en cuestión de horas. El artículo, me apresuro a decirlo, ya era desconcertante de por sí, dado que se trataba de una falsa reseña de
Tríptico del Desierto, poemario de Javier Sicilia que ganó este año el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes y acaba de ser publicado por Era. Falsa reseña, digo, porque no cumplía con las expectativas que despierta y que debiera satisfacer toda reseña, cosa que aparentaba ser dicho artículo: las de presentar, describir y, como mínimo, comentar en su conjunto la obra reseñada. El texto era más bien un artículo de opinión o, por mejor decir, un libelo encaminado a retratar a Sicilia como un plagiario y a su libro como una sucesión de citas encubiertas, literales en algunos casos, apenas modificadas en otros y condenables, por lo visto, en todos.
La mañana del mismo sábado, esto es: en sólo unas pocas horas, ya circulaba un mensaje de correo electrónico diligentemente preparado por el también poeta Mariano Flores Castro: mensaje dirigido a numerosos destinatarios “del medio”, como suele decirse. Flores Castro no dudaba en usar un imperativo: “Lean el texto de Evodio Escalante. Hace pensar”, y completaba su llamado a la reflexión con una copia electrónica del artículo de marras. Tantas ganas de hacer pensar a los colegas ya constituían por sí solas un espectáculo curioso. ¿Por qué Mariano Flores Castro no escribió, digamos: “Lean el
Ion de Platón; hace pensar”, o incluso, con mayor audacia: “Lean el
Tríptico del Desierto de Javier Sicilia, que por lo menos ya hizo pensar a Evodio Escalante”?
Al comenzar la nueva semana ya se había formado una pequeña bola de nieve. Mérito especial tuvieron los editores del blog llamado Círculo de Poesía ―donde la charla con argumentos y más o menos informada suele desfondarse bajo el peso del sensacionalismo y el insulto― y la columnista Roberta Garza, reconocible para quienes frecuenten los diarios del grupo Milenio. Los visitantes del Círculo de Poesía culparon a Sicilia de plagio y a los miembros del jurado que lo premió ―entre los cuales tengo el orgullo de contarme― de bochornosa ignorancia o de inaceptable complicidad, ratificando con ello una sospecha que ya deslizara Escalante al final de su artículo. Por su parte, Roberta Garza (que tampoco había leído el poemario de Sicilia) daba grandes pruebas de imparcialidad enalteciendo la “madriza” que le habían puesto al autor del Tríptico del Desierto y afirmando que los organizadores del premio deberían retirárselo al poeta ganador.
A estas alturas de la crónica, más de algún entusiasta se preguntará qué decía el artículo publicado por Evodio Escalante. Nada que no supiéramos los miembros de aquel jurado: que Javier Sicilia incorpora en sus poemas un volumen importante de citas que muchas veces no son presentadas como tales, esto es: que no aparecen entrecomilladas ni en letra cursiva ni son acreditadas a pie de página. Esto, que puede sonarle criticable o francamente digno de castigo a más de un advenedizo, en realidad es práctica no sólo común, sino plausible y legítima en el orbe de la poesía contemporánea. Siguiendo a muchos de los mayores poetas de la modernidad, Sicilia concibe la escritura como una crítica del sujeto, como un desmontaje del mito del autor y como una indagación en el concepto de originalidad, indagación que, más allá de la neurótica y habitual celebración de las peculiaridades, deriva en una exploración del origen por la vía de la tradición, que no le pertenece a nadie y pertenece a todos.
Tres o cuatro exaltados han persistido en ignorar esta evidencia. Roberta Garza, por correo electrónico, desdeñó mis primeros argumentos ―que yo le había presentado con acopio de referencias y ejemplos aclarativos― y me dirigió un mensaje refrendando su posición, desde luego carente de toda familiaridad con la poesía moderna. En cuanto a Evodio Escalante, lo correcto ―por ahora― es que le responda Javier Sicilia, cosa que sucederá mañana en Laberinto, según me han dicho. Por lo que se refiere a mí, he preferido escribir el epigrama de ilusoria latinidad con el que ahora concluyo:
Lucilio: para no tomarte
la molestia de comprenderlo,
tachas a Nevio de plagiario.
Y apenas dos horas más tarde
Pomponio y Floro, tus alumnos,
repiten, ágiles, tus juicios,
fulminan con tu rayo,
señalan con tu índice,
maestros, como tú, en el arte
de no tomarse la molestia.
FUENTE: Blog de Luis Vicente Aguinaga (AQUÍ) Todos somos plagio - ROBERTA GARZA
19 de mayo de 2009
Qué madriza le puso Evodio Escalante a Javier Sicilia en el Laberinto de este pasado sábado. Escalante desmenuza sin piedad las páginas de Tríptico del desierto, libro que consiguió el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2009, demostrando que Sicilia maquilló párrafos de Elliot, Celan y Rilke para hacerlos pasar como propios. El descobije es tan irrefutable como el que Guillermo Sheridan le acomodó a Guadalupe Loaeza cuando la pescó con las manos en el plagio. En esa ocasión la articulista se justificó diciendo que estuvo enferma y que no pudo darle a la verdadera autora el crédito, evidenciando que es tan mala para plagiar como para excusarse. Falta ver qué ocurre con Sicilia y si, como debiera, Conaculta le retira el premio.
Falta ver. Porque México parece favorecer el cinismo y la deshonestidad: el corruptísimo amo de los señores de las ligas y de las fichas es para muchos un mártir del Estado; la guerrillera en ciernes es una pobre estudiante; el cardenal encubridor es un líder moral y cuando se le pide rigor y sustento a periodistas malhechos y voladores la respuesta habitual es un sentido grito de “censura”. Y a todos ellos, en vez de castigarles la falsedad, se les otorga una solidaridad utilitaria donde la crítica merece un linchamiento entre más virulento mejor, en aras de asumirnos todos como gente sensible y políticamente correcta.
Hace 26 años, en una escuela de un pequeño pueblo del sur de Alemania, entré al salón de clase para presentar el primer examen del año escolar que allí viví. El maestro repartió las preguntas, bostezó y dijo vengo, voy a comer; si necesitan algo estoy en el piso de arriba. Y salió del salón cerrando tras de sí la puerta. Asombrada miré a mi alrededor: mis compañeros todos se concentraron en sus reactivos y se acomodaron para el largo ejercicio. Nadie habló, nadie miró a los lados, nadie pidió que le pasaran el examen. Cuando todo acabó pregunté por qué nadie había copiado, y la respuesta fue unánime: ¿Estás loca? Me reviento la cabeza repasando el material, ¿crees que luego voy a regalárselo a algún huevón cuando a mí me costó tanto entenderlo? Si alguien me quiere copiar se la parto…
Pues sí. Cuando menos así es allá: acá, negarle el examen —o el moche, la coartada y la prebenda— al vecino zángano equivale a traición a la patria. Quizá por eso a Loaeza su diario no sólo le sigue pagando generosamente por hacer copy-paste sino que, encima, el PRD la postula para diputada federal. Sí… quizá por eso.
FUENTE: Suplemento Laberinto, Milenio (AQUÍ)
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Luis Vicente de Aguinaga, mensaje a Roberta Garza
19 de mayo de 2009
Roberta Garza:
Como lector y crítico de poesía, pero también como profesor de literatura y, no está de más decirlo, miembro del jurado del Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2009, quiero expresarle mi desagrado y franco repudio (una cosa o la otra, según el humor con que se mire) por el artículo que publicó usted el día de hoy en Milenio con el título de "Todos somos plagio".
Evodio Escalante, autor del artículo al que usted hace referencia, publicado el sábado pasado en Milenio, ciertamente manifestó un aspecto concreto de su lectura de Tríptico del Desierto, libro de Javier Sicilia que ganó el concurso arriba mencionado. Un único aspecto, quiero decir: el de la relación de algunos versos del Tríptico (versos, no "párrafos", como escribe usted) con otros de T. S. Eliot, Rainer Maria Rilke y Paul Celan. De forma un tanto extraña, ya que al parecer se trata de un poeta y crítico sensible a las diferentes modalidades de la poesía lírica, Escalante no señaló en su texto que la cita encubierta, la paráfrasis y el "saqueo" de materiales diversos forman parte del repertorio técnico del poeta contemporáneo, y esto desde hace décadas. Roberta: por extravagante que le parezca, en modo alguno puede hablarse de "plagio" tratándose del nuevo poemario de Javier Sicilia. Ni el collage ni la paráfrasis ni la cita encubierta son operaciones condenables desde la perspectiva de la poesía tal y como debe ser entendida hoy en día.
Tiene gracia que una de las presuntas víctimas de Javier Sicilia sea nada menos que T. S. Eliot, acaso el poeta del siglo XX que mayor inteligencia y empeño invirtió en estudiar, explicar y practicar eso que ahora y aquí se ha dado en llamar “plagio”. ¿Aparecen tipográficamente destacadas como citas las numerosísimas apropiaciones, absorciones, traducciones y hurtos de los Cuatro cuartetos? La respuesta es categórica: no. En los Cuatro cuartetos no hay comillas ni hay cursivas ni hay notas a pie de página. El poema, para Eliot -como para su maestro Pound-, es un dispositivo de actualización de los diferentes pasados literarios (no sólo del pasado de tal o cual idioma, no sólo del pasado de tal o cual género). Francamente da risa que a Evodio Escalante le dé por asegurar que aquello de “In my beginning is my end” sea original de T. S. Eliot y que Sicilia no haga sino copiarlo. En realidad se trata de la divisa de María Estuardo (María I de Escocia, para los íntimos): “En ma fin est mon commencement”. Es famoso este aforismo, Roberta: “Immature poets imitate; mature poets steal”. Traducción: “Los poetas inmaduros imitan; los maduros, roban”. ¿Quién lo dijo? Tal vez no me lo crea usted: ¡T. S. Eliot!
Hablando de traducción, tampoco estaría de más recordarle a Escalante y a usted misma que ni Rilke ni Eliot ni Celan escribieron poemas en castellano, de modo que los fragmentos “plagiados” por Sicilia primero tuvieron que ser traducidos al español. Y, como no se trata de poetas que hayan sido traducidos una única vez ni mucho menos, primero habría que determinar si el acusado reelaboró determinada traducción o si tradujo él mismo esos materiales, lo cual supondría problemas de interpretación divergentes.
Es preocupante que, fuera de un círculo restringidísimo de aficionados y especialistas, la poesía no interese a nadie, Roberta, como no sea precisamente a personas que, como usted, se forman ideas falsas a partir de juicios ajenos y no se toman la molestia de leer por su cuenta los poemarios hipotéticamente tramposos. Es obvio que presionar al CONACULTA sugiriendo que debe retirar el premio a Javier Sicilia es apenas un ademán de ignorante irresponsabilidad. Si usted, como tantos periodistas de nuestro tiempo, lo que busca es erigirse como fiscal en este caso, me temo que ha llegado tarde: su admirado Evodio Escalante ya lo hizo primero, y cometió un error al hacerlo.
Puede ser que le interese saberlo: yo mismo escribí para la revista Crítica (núm. 132, mayo-junio de 2009, pp. 3-7) un artículo sobre Tríptico del Desierto, y en él cito a Eliot y menciono a Rilke y a Celan. La revista, para mi fortuna, comenzó a circular a principios de mes, quince días antes de que apareciera el artículo del sábado pasado. (Puede usted consultar mi texto siguiendo esta dirección: http://aguinaga.blogspot.com/2009/05/pronto-llegara-la-noche-triptico-del.html.) Se lo digo para subrayar que los miembros del jurado que premió a Javier Sicilia tuvimos perfectamente claro desde un principio que Tríptico del Desierto era un libro rico en alusiones, referencias, montajes textuales y citas explícitas y encubiertas. Percibir en ello un delito equivale a declararse incompetente, sin más, en materia de poesía y de literatura en general.
En algo estamos de acuerdo, Roberta: Evodio Escalante "le puso" a Javier Sicilia una "madriza", como dice usted. Fue una madriza de callejón, artera y cobarde. Una madriza en regla y una incitación al más crudo linchamiento, que ya está sucediendo. La diferencia estriba, sin duda, en que yo no celebro ese tipo de conductas y usted sí.
Sin más por ahora,
Luis Vicente de Aguinaga.
FUENTE: Blog de Luis Vicente Aguinaga (AQUÍ) .
Respuesta de Roberta Garza a Luis Vicente Aguinaga
20 de mayo de 2009
Si bien la paráfrasis, la emulación y el guiño hacia poetas o escritores admirados es costumbre perfectamente admisible, no lo es –y menos en un texto que va a ser enviado a concurso— el omitir especificar la transcripción o el tributo al rígido modo académico –es decir, con la cita correspondiente al calce o con comillas— o, de manera más libre, a través de la coherencia y tono interno del texto que no debe dejar duda que la propuesta es, justo, una alusión; en Tríptico pocos, fuera de ese círculo de jurados que apunta, detectaron una cosa o la otra. El apuntar que las discrepancias se debieron a diferentes traducciones me parece francamente desesperada –no, no hay tantas, me sorprendería que hubiera más de una por autor, aunque bastaría que se especificara quién usó cuál para dirimir el punto-, pero concedo que su carta me puso a dudar sobre la premura de mi juicio –y confieso mi error de prosista al nombrar párrafos a versos- hasta recibir la respuesta del propio Sicilia que me atribuye haberle endilgado dos adjetivos –deshonesto y corrupto— que jamás use para él; en mi texto su caso ocupa apenas la entrada y allí apunto meramente que el autor cambió los poemas originales para hacerlos pasar como propios. Los adjetivos citados por Sicilia –que, aquí sí, transcribe con claras comillas— como pertenecientes a mi artículo nacen únicamente de su imaginario, y apuntalan mi impresión de que las observaciones de Escalante fueron atinadas e inequívocas.
Saludos…
FUENTE: Blog de Luis Vicente Aguinaga (AQUÍ) .
Luis Vicente de Aguinaga, segundo mensaje a Roberta Garza
20 de mayo de 2009
Roberta:
En este segundo mensaje, permítame simplificar lo que intento decirle. Usted no sabe de lo que habla. Eso es todo. Yo no estoy refiriéndome a paráfrasis; mucho menos a guiños o emulaciones. Estoy hablándole de lo que hace T. S. Eliot cuando, en los Cuatro cuartetos, escribe (sin comillas ni tipografía cursiva ni aclaraciones a pie de página):
Y el camino que sube es el camino que baja,
copiando en esa línea, textualmente, a Heráclito y a San Juan de la Cruz. También estoy hablándole de lo que hace José Ángel Valente cuando, en Material memoria, concluye un poema con esta estrofa, dentro de la cual hay una cita encubierta de verso y medio (usted probablemente no la identificará) que procede, una vez más, de San Juan de la Cruz:
El aire abría
la latitud total de la mañana
y extendía la luz, y la caballería
a vista de las aguas descendía.
Estoy hablándole de un poeta que usted conoce y admira, el mexicano Evodio Escalante, que hace algunos años publicó un libro titulado Todo signo es contrario, y en él un poema ("Dominación de Nefertiti") cuyo primer verso es éste:
Piramidal, funesta...
¿Le suena? Es de Sor Juana Inés de la Cruz, y Escalante no se vale ni de comillas ni de cursivas para incorporarlo en su propio poema.
En cuanto a las traducciones de Rilke, Celan y Eliot, mucho me temo que su ignorancia es todavía mayor. Dice usted que "[le] sorprendería que hubiera más de una [traducción] por autor". Sorpréndase, pues. Como el tiempo concedido a los mortales no es eterno, me limitaré a mencionar de memoria tres de cada poeta, publicadas todas ellas en tiempos recientes. De los Cuatro cuartetos de T. S. Eliot han aparecido, tan sólo en México, las traducciones de Ángel Flores (Premià), José Emilio Pacheco (Fondo de Cultura Económica) y José Luis Rivas (UAM). Libros de Paul Celan que contengan el poema "Fuga de muerte" o "Fuga de la muerte", traído a colación por Escalante a propósito de un poema de Javier Sicilia, los hay en traducción de Jesús Munárriz (Hiperión), José Luis Reina Palazón (Trotta) y José María Pérez Gay (UAM). En cuanto a Rainer Maria Rilke, han traducido las Elegías de Duino Juan Carvajal y Lorenza Fernández del Valle (UNAM), Hanni Ossot (Monte Ávila) y Eustaquio Barjau (Cátedra). Y no sólo ellos; créame que hay muchas otras versiones publicadas.
En cuanto a los adjetivos que le aplique a usted Javier Sicilia, déjeme asentar que la correspondencia entre ustedes dos no me incumbe ni ha sido hecha de mi conocimiento, de modo que no puedo emitir ninguna opinión. Exactamente lo mismo que tendría que haber hecho usted: reservarse cualquier opinión a propósito de un asunto que desconoce, una tradición que ignora y un arte que no es de su dominio.
Sin más que añadir,
Luis Vicente de Aguinaga.
FUENTE: Blog de Luis Vicente Aguinaga (AQUÍ)Aportación de María Helena Noval
20 de mayo de 2009
1.
Conozco poco a Javier Sicilia y por lo tanto no voy a defenderlo por ser su cuata. Tampoco voy a ocuparme de su trabajo directamente porque no me dedico a la crítica literaria: voy, en cambio a recordar aquí, que la historia del arte como disciplina se basa en la noción de tradición y que la historiografía del arte incluye además otros conceptos con los que puede uno acercarse al trabajo de los creadores, si de comparar propuestas se trata.
Visitar el muy recomendable blogspot del poeta Luis Vicente de Aguinaga (uno de los miembros del jurado que le otorgó a Sicilia el máximo galardón en poesía, el Aguascalientes), resulta indispensable para enterarse de los pormenores del laberíntico asunto, por eso no repetiré detalles de la contienda, sólo destacaré que quienes acusan de plagio a Sicilia, operan a partir de una concepción romántica de la noción de autor. Para ellos, el mismo debe dar a luz un texto en el que la originalidad (entendida como peculiaridad) sea lo más importante; mientras que para quienes lo defienden –entre ellos el lúcido poeta y escritor Adolfo Echeverría--, el autor, cada autor, produce inserto en una tradición imborrable y riquísima a la cual se le puede añadir siempre algo más.
Es importante destacar que en Estética la tradición establece la unidad de estilo (diccionario especializado dixit), y que tal vez la intención de hacer un homenaje a otros autores vendría a complementar el quehacer de Sicilia: si se siente la presencia de Paul Celan, T. S. Elliot, Ezra Pound, San Juan de la Cruz y Góngora, todos ellos de “sabores insuperables”, es porque el hombre sabe leer, tiene buen gusto, es sensible y qué mejor para nosotros, lectores del siglo XXI, redescubrirlos a partir de la lectura de un morelense premiado. Yo creo que lo interesante es decir lo dicho de otra manera.
2.
¿Por qué no se ha resuelto el asunto por la vía de las nociones de influencia, tradición y homenaje? ¿Por qué se abocan a hablar de apropiaciones, citas, copias, paráfrasis y hasta plagio?
Resulta que la crítica del posmodernismo ha puesto de moda estos términos para reseñar trabajos en los cuales se comentan, de diversas maneras y con variadas intenciones, otras obras artísticas Y dado que se acepta que vivimos en una época historicista y de revisionismos (sobre esto se habló mucho en los años noventa), es muy fácil aplicar epítetos a las obras artísticas, dejando a un lado la noción de tradición de la cual aquí brevemente partimos.
Kirk Varnedoe (“A fine disregard”), crítico al que me gusta recurrir de vez en cuando, explica la historia del arte a partir de pequeñas diferencias de opinión con respecto a lo establecido con anterioridad (la traducción de disregard implicaría también la noción de “violación”), y quién no recuerda que grandes autores como Van Gogh y Picasso pasaron largas temporadas de su vida estudiando y aprendiendo –ellos sí citando “textualmente”-- de los grandes, sus antecesores, sin el menor asomo de vergüenza porque así se acostumbraba. Algunos teóricos dicen que la originalidad hoy en día reside en la elección que cada quien hace de otros autores y obras, en la mezcla final que resulta de haber seleccionado inspiraciones diversas.
Y he aquí otro término, el de inspiración, con el cual no me meteré ya, pero que valdría la pena analizar porque el contexto en el que nace --el religioso--, le cae muy bien a la poesía de orden místico, religioso de Javier Sicilia. Pero eso que lo hagan los expertos.
FUENTE: Blog de Luis Vicente Aguinaga (AQUÍ).